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bibliotecosas

curiosa bibliothecaria

...¿bibliotecarios en el Rock&Roll?....

Acabo de recibir la imagen por e-mail (gracias, Manuel, el post es tuyo) y no quepo en mí de gozo: por fin, bibliotecarios en el rock circus :OD

En concreto de la hornada de 1965 (buena cosecha aquélla) -no se pierdan la "signatura" de la portada del vinilo-, aunque por lo visto ya habían empezado a causar furor (¿uterino? juzguen ustedes mismos por la foto) entre las nenas del Macalester College de Minnesota allá por el año 1963...

Damas y caballeros, con todos ustedes, desde Minnesota y en riguroso directo... DEWEY DECIMAL AND THE LIBRARIANS :OD


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(El que me consiga un mp3 tiene premio de... bueno, tiene premio)
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participa...


Pulsa, no te reprimas, si lo estás deseando... pulsa sin miedo, vamos, dame ese ruidito que suena "click"...

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Ánimo chicos, Yav, Eli y todos los demás: todo va a salir de perlas :O)

arcoiris libroso

Comenta hoy Yusef que Paco Naranjo organiza su biblioteca personal por colores (en realidad por materias y dentro de cada una por colores), por razones de memotecnia...

La cosa me ha traído a la memoria un post que revisé hace tiempo y que igual ha sido ya archicomentado en este biblioblogomundo hispano, pero que no puedo sustraerme a recuperar... La librería Adobe, de San Francisco, accedió a colaborar con el artista local Chris Cobb en la realización de su proyecto... de una instalación peculiar: toda la librería (veinte mil volúmenes nada menos) organizada por colores, un verdadero arcoiris libroso. Me hubiera encantado deambular un ratillo in situ, durante la semana que duró el evento, pero al menos tenemos fotografía / s del acontecimiento, y me ha apetecido adornar Bibliotecosas con una de ellas :O)



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P.S.: está bien, confesaré lo inconfesable: lo que de verdad me encantaría sería coger por banda una biblioteca de veinte mil volúmenes con alguna que otra colega, ponerla patas arriba (a la biblioteca, a la biblioteca, no a la colega), y volverla a organizar por colorines... qué deleite :OD

la patología de González Iglesias, que es asimismo la propia

Hallé la primera referencia sobre este poema en el Biblioclasmo de Fernando R. de la Flor, obra de la que a no tardar daré razón. Me consuela (mal de muchos...) ver tan justamente descrita la patología de un trauma que también es el mío... ¿algún afectado más?

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SÍNDROME DE LA FNAC

"Vértigo de los libros, combinado
de agorafobia y claustrofobia, que
- por visión simultánea de tantos universos
históricos o íntimos, provisionalmente comprimidos
y a punto de estallar hacia otro caos -
se da en algunas macrolibrerías,
bibliotecas y ferias. Solamente
afecta a los amantes de los libros."

J. A. González Iglesias

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GONZÁLEZ IGLESIAS, Juan Antonio. Esto es mi cuerpo. Madrid: Visor, 1997. ISBN: 84-7522-380-X. 64 p.

La novela de un exlibris (y VI)

...

Caso, como puede verse, interesante entre todos, sobre todo por el carácter verdaderamente extraño y singular del protagonista, que podría ser excelente tema de estudio para el Doctor Lombroso; caso tan curioso que hay lugar a preguntarse si realmente el bibliotecario bibliómano y ladrón fue impelido a robar por algún otro motivo. Pero no, no hay lugar a duda. Después del robo, Roberto, metódico y meticuloso como siempre, había anotado en su carnet una especie de balance preventivo de las 500 pesetas mal adquiridas; era una lista de las compras en que quería invertirlas: Una pequeña caja de imprenta, una máquina fotográfica,; gastos de encuadernación en pergamino; Petzholdt: “Biblioteca Bibliográphica”; Brunet: “Manuel du libraire et de l’amateur de livres”; Krafft-Ebing: “Lehrbuch der Psychiatrie”; Kraepelin: “Psychiatrie”; Schopenhauer: “Le monde comme volonté et comme représentation”.
Se encontraron en su casa cantidad de libros robados de la casa editorial en que había estado antes empleado, del Círculo Filológico, de amigos y conocidos que se los habían dejado en préstamo, libros de las materias más variadas, desde la esgrima a la teología, lo que prueba el eclecticismo del novísmo coleccionista. Por fin, había también cierto ”Manual de Química” de mi propiedad, cuya desaparición noté un día en el colegio. En este libro como en infinidad de otros, se encontró debajo de la marca del ladrón, el exlibris del robado.
¡Infeliz Roberto! Ahora más que nunca me explico el símbolo de tu atrevido exlibris, cuyo lema quitaste a Proudhon (menos mal, en cuanto a esto) y cuyo dibujo, que firmaste Robille, robaste a Roubille.
Más que nunca comprendo como las “Memorias del príncipe de los ladrones” pudieran ayudarte en tu innoble empresa y entiendo maravillosamente el sentido recóndito de tu egoísta lema: ”No presto libros a nadie”. Tú mejor que nadie, podías conocer la verdad del axioma: ”Quien presta libros, pierde libros”, y enseñar a Carlos Lamb que existe otra clase de individuos que piden libros prestados: los que no los devuelven.
Así quedará probado, mal que pese a Desbarreaux-Bernard, que les livres sont desamis qui trompent quel que fois, y que sí puede ser verdad la sentencia: celui-là meurt à bon droit deshonoré qui n’aime pas les livres, no es menos cierto que el amor hacia el libro no salva del deshonor; así se habrá comprobado una vez más la profunda exactitud del aforismo holandés: no todos los que estudian libros aprenden y se podrá añadir a la frase de Geyler, los libros han atontado a unos, alocado a otros, otra oración: y convertido a otros en ladrones.
Quizás esperabas que la retórica de los abogados y peritos defensores consiguiese, sino absolverte, obtener una ligera pena, mientras que te han encerrado, quizá para siempre, oh desgraciado bibliocleptómano, en tétrico manicomio, donde pueden darte, para sosegar tu insaciable obsesión, el cargo de bibliotecario, esta vez sin ningún peligro.
¡Pobre Roberto! Multae te literae ad insaniam convertunt.

Carlos Boselli
Trad. Del original italiano inédito por Víctor Oliva

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Bueno, c’est fini, espero que os haya gustado... tenéis una reproducción facsímil en la Cervantes Virtual (enlace retirado). Si preferís leerlo al completo aquí, ahí van los enlaces de las entregas:

los libros de Marzal

LOS LIBROS

In memoriam José Navarro Bernia

Incluso los desafortunados acompañan,
pues la sola tarea de evitarlos, de alejar su lectura
y aprender el error entre sus páginas,
puede convertirse, a nuestros ojos,
en la razón de ser de muchos libros.
(Hay libros, hay autores,
hechos a la medida del desdén).

Los íntimos, los que ya son nosotros sin remedio
(y que no son, por tanto, los mejores)
se contienen en una breve cifra.
Los elige el azar, están en ocasiones
unidos a la anécdota (y no siempre dichosa),
a sus palabras añadimos nuestras insuficiencias,
nuestro rencor, que no los contaminan,
y somos codiciosos de su brillo, tan similar,
tan ajeno a los brillos del mundo.

Su ley, su centro reside en hacernos capaces
de habitar la emoción cuando lo deseamos.
Son dueños de un rasgo todos ellos
que no sé descifrar: y es que tras conocerlos
uno ya nunca puede volver a ser el mismo.

Carlos Marzal

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MARZAL, Carlos. Sin porqué ni adónde. Sevilla: Renacimiento, 2003. ISBN: 84-8472-114-0. 258 p.

en Deventer con Álvaro Valverde

QUÉ mejor paraíso
para alguien que escribe
que una ciudad entera
consagrada a los libros.

Bajo la lluvia torrencial,
esta ciudad murada
parece un barco ebrio
que flota a la deriva.

Aquí,
a orillas del río Ijssel,
donde firme subsiste
la vivienda de piedra
más antigua de Holanda;
donde quedó asentada
la primera biblioteca científica
del oeste de Europa;
a esta tierra plana
donde de niño vivió Erasmo,
llegó la imprenta
a mediados del XV.

Desde entonces los libros
son los reyes de Deventer.

Lo pudo uno apreciar
en una de las calles
comerciales del centro.
Un librero de viejo
fatigaba volúmenes
en las estanterías.
La luz del interior era dorada.
En ese instante,
hubiera cambiado mi destino
por el suyo: el de alguien
que concibe este mundo
como una biblioteca
que se ordena.

(Deventer)


Álvaro Valverde

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Álvaro Valverde [en línea]. Madrid: Fundación Juan March, 2004. http://www.march.es/conferencias/poetica/editados/pdf/AlvaroValverde.pdf [Consulta: 14 de febrero de 2005]

La novela de un exlibris (V)

...

Iba a internarse en los meandros de una disquisición sociológica, cuando, afortunadamente, dieron las doce. Era demasiado tarde; me despedí de Roberto, no sin haberle pedido un ejemplar de su exlibris, que reproduzco a continuación, pues que circunstancias desgraciadamente bastante públicas me relevan de toda reserva y me permiten presentar esta rareza bibliográfica a los lectores de la Revista Ibérica de Exlibris.



Algunas semanas después, leyendo la crónica de un periódico, quedéme atónito al ver anunciada la prisión sensacional del bibliotecario del Círculo Filológico, acusado de hurto en perjuicio del mismo círculo y de varios particulares.
El detalle que le había hecho traición era una de aquellas ingenuas imprudencias en que suelen caer un día u otro aun los ladrones más diestros. Había vendido por 500 pesetas a un anticuario de la ciudad unos antiguos grabados arrancados de libros del círculo. Tal debía ser el valor de los ejemplares, que el anticuario creyó de su deber hacer partícipe a la autoridad judicial de sus sospechas.
Es fácil imaginar mi dolorosa sorpresa: ¡Roberto Garrama ladrón! Pero ladrón no por deseo de riquezas ni por locura. Había robado tranquilamente, como un frío calculador, con perfecta lucidez de espíritu, sin vacilar ni conmoverse ni cuidarse de lo demás, por un móvil preciso y práctico, como confesó él mismo cándidamente: ¡comprar libros!

...

(Recontinuará...)

...si me nombran ciudadano honorífico de algún sitio, que sea de éste...

Marguerite Yourcenar hizo decir a Adriano aquello de "Mi patria son los libros"... pero resulta que tal enunciado, en su estricta literalidad, va a ser prerrogativa de los de aquí :O), según se desprende del último supercalifragilístico descubrimiento de Vanesa en Deakiallí.



Genial sorpresa la de Vanesa esta sobremesa :O)

La novela de un exlibris (IV)

[...]



Entre tanto, hojeando algunos libros esparcidos por la mesa, mis ojos cayeron curiosamente sobre el exlibris pegado a cada volumen, admirando su negro dibujo y más aún la singularidad del lema: "La propiété c’est le vol". - ¡Extraña inscripción has escogido! - No tal, (repuso Roberto), dadas las ideas que profeso. Si es verdad que la esclavitud es un asesinato, ¿por qué no debe serlo también que la propiedad es un robo? Seamos lógicos. ¿La segunda, no es la misma primera frase, transformada? - Así, para ti, no bastaría demoler reinos y religiones; para ti la salvaje frase de Proudhon es el evangelio... Recuerda, sin embargo, que este célebre socialista recibió un bofetón tremendo de Felix Pyat; pero éste no le dio tan gran disgusto como la frase con que Pyat lo acompañó: Je vous le donne, en toute propiété; a la que añadió un testigo presencial: Il ne l’a pourtant pas volé. Así al menos lo cuenta D’Estournel en sus "Derniers Souvenirs". - No está mal. ¡Se non è vero, è ben trovato!... Pero debo advertirte que nunca hago ostentación de mis ideas; dado el cargo que desempeño, esto podría atraerme antipatías. - Esta diabólica figura representada en la marca de tu biblioteca le hace más propio, a mi ver, de Roberto el diablo, que de un pacífico y tranquilo Roberto Gamarra... Y ahora, sin bromear, temo que revele demasiado tus doctrinas. - ¡No lo hace; nadie lo ha visto ni lo ha de ver nunca! No presto libros, y mi librería está herméticamente cerrada a curiosos y a estudiosos. En tu favor, en concepto de antiguo compañero, he hecho una excepción. - Te lo agradezco mucho. Debo decirte que admiro en ti más bien al hombre culto que al socialista. - Las teorías socialistas se han abierto paso en nuestro país, han dejado de ser patrimonio exclusivo de los exaltados y hoy son defendidas por honrados y doctos pensadores, en cuyo campo aumenta de día en día el número de prosélitos. El estado social vigente reclama una transformación profunda y radical...

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Y continuará siguiendo...

La imagen del exlibris está tomada de la edición facsímil de la Revista en la Biblioteca virtual Cervantes (enlace retirado).
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...en donde imploro que se me deslicen las menos posibles... (II)

Seguimos formándo cáfila de sonetos bibliotecosos y libroides. El que nos ocupa será el segundo dedicado a la errata, depredadora natural del juntaletras de pro (vid. ...en donde imploro que se me deslicen las menos posibles...). Para los taxonomistas, este es estrambótico. Salve y que usté lo pase bien :O)

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Escritores dolientes, padecemos
esta grave epidemia de la errata.
La que no nos malhiere es que nos mata
y a veces lo que vemos no creemos.
Tontos del culo todos parecemos
ante el culto lector que nos maldice:
"Este escritor no sabe lo que dice",
y nos trata de gilis o de memos.
Los reyes de Rubén se hicieron rayos.
Subrayé, más no vino la cursiva.
Donde pido mejores van mujeres.
Padecemos, leyéndonos, desmayos.
El alma queda muerta, más que viva
pues de erratas te matan o te mueres.


Estrambote:

Con sólo cinco erratas y un desliz
en mi soneto, sería yo feliz.


Alfonso Sastre

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ESTEBAN, José. Vituperio (y algún elogio) de la errata. Sevilla: Renacimiento, 2002. ISBN: 84-8472-065-9. 84 p.

La novela de un exlibris (III)

[...]

- ¿Una nueva adquisición? pregunté cogiendo un volumen aún intonso, seguramente de edición reciente, que brillaba en medio de la mesa. - ¡Ah, sí!... No lo he leído, pero tiene que ser muy interesante. Es la última novedad de Langenscheidt, el editor berlinés. ¡Los alemanes, qué bien editan! El título, traducido, suena: "Memorias del príncipe de los ladrones". Su autor: el mismo "príncipe" Jorge Manolescu, un rumano que, después de mil fechorías, se mete a periodista; se dice de él... - Tan interesante como quieras, (dije interrumpiéndole), pero permíteme decirte que no le veo la utilidad. Acuérdate del antiguo proverbio italiano "Non v'è maggior ladro..." - Eh..!? - "...di un cattivo libro". Y de aquel otro adagio alemán: "Muchos libros y poco dinero en los bolsillos". - ¿A qué tales citas? - No lo tomes a mal, querido; me las ha sugerido este libro, desconocido para mí, y que puede ser excelente. Además, perdona la rudeza, me asusta un poco, para un joven en tu situación, una biblioteca tan rica... y sentiría que acumulases un capital en comida para las polillas, sin pensar en tu porvenir... - No hay miedo. Recuerdo siempre la prescripción de Geyler, un alemán del 1500, "Los libros han atontado a unos y alocado a otros". Yo, en cambio, estoy en perfecto equilibrio mental, y así espero seguir siempre. Mis padres han muerto, estoy solo en el mundo y sin intención de crearme una familia. Soy malthusiano. Gasto en libros lo que ahorro, procurándome medios de estudiar, abriéndome quizás la senda que ha de llevarme a producir obras útiles a la humanidad. Porque has de saber que si me conociste en los bancos del colegio católico y monárquico, me vuelves a ver ahora ateo y socialista... socialista revolucionario y aún diré, en teoría, anarquista... - ¿Anarquista?... ¡Me asustas con tu carita tímida de conservador!

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Y seguirá continuando...

la canción del librero Yánover

Donde dice "librero", bien pudiera decir "bibliotecario" (si nunca te has sentido así, dime en qué biblioteca trabajas, privilegiado).

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CANCIÓN DEL LIBRERO

Soy el eslabón entre aquellos que fueron
y estos, que no los recuerdan.
Pretendo ponerlos en antecedentes,
pero no les interesa.
Soy el que trae la memoria,
digo, pero no me oyen.
¿Y qué hago con los recuerdos de aquel mundo,
de esos muertos que son abuelos de estos distraídos?

YÁNOVER, Héctor. El regreso del Librero Establecido. Madrid: Taller de Mario Muchnik, 2003. ISBN: 84-95303-39-6. 191 p.

La novela de un exlibris (II)

[...]

Hijo de un humilde portero, Roberto, siempre enfermizo, de constitución endeble, pero vigoroso de inteligencia, trabajador y perseverante, había cursado asiduamente conmigo los estudios ordinarios, con laudable provecho. Había conseguido después una colocación de escribiente en las oficinas de un editor famoso, y, viviendo en la librería, había contraído la primera pasión de su vida: los libros. Habiendo mejorado de posición con su empleo de bibliotecario en el Círculo Filológico, conservó su manía por los libros, y, en general, por los estudios; hasta el punto de que por las noches, en su casa, robaba las horas al descanso para tomar los libros y aprender algo. Ni bebía, ni jugaba; no frecuentaba malas compañías; no se le conocían vicios. Sin ganar mucho, era muy ordenado, sabía vivir parcamente y aun ahorrar; así se había podido suscribir a periódicos y revistas, había adquirido toda clase de libros y estudiaba de continuo. Su pasión era tal, que había llegado, en algunas ocasiones, a privarse hasta de lo necesario, con tal de adquirir ciertas obras literarias o científicas; su sed de saber era tan inextinguible como la codicia de la loba de dantesca memoria: de la paleografía había pasado a la arqueología y a las ciencias naturales, enamorándose en último término perdidamente de la psiquiatría y de la sociología. Decía él que tenía el cerebro cuadrado, frío, calculador, de sabio que no ve más allá de sus libros y de su ciencia, y que está dispuesto a sacrificárselo todo.
Su única pena era el precio de los libros: los libros son caros, y, a pesar del ahorro, un empleado a 200 pesetas de sueldo no puede permitirse el lujo de reunir grandes bibliotecas; y no podía menos de consumirse de rabia cada vez que, al pasar por delante de una librería, contemplaba obras científicas de precio inaccesible a sus medios de fortuna.
A medida que mi compañero bibliómano iba confesándome su idea fija, su psicopatía, me entraba una gran curiosidad hacia este tipo inofensivo de mattoide que me recordaba las historias de hombres insignes explicadas en la escuela para estímulo de los muchachos. Sentí la comezón de ver su casa, su biblioteca, y no pude menos de manifestarle mi deseo. Consintió sin gran entusiasmo y poco después tomábamos la calle de Roma, hacia su casa.

La librería de Roberto Garrama, mucho más rica y hermosa de lo que sus palabras me habían permitido suponer, ocupaba todas las paredes alrededor de su escritorio. Encima de cada uno de los cuatro grandes armarios había unos cartelones, con cuya lectura me esparcí no poco: "Un livre est un ami qui ne trompe jamais" el conocido verso de Desbarreaux-Bernard, que el dramaturgo Guilbert hizo estampar en su exlibris; después una sentencia francesa: "Celui-là meurt à bon droit desnonoré qui n'aime pas les livres"; a continuación un proverbio alemán: "Quien presta libros, pierde libros"; por fin, sobre el armario más alto, leí: "No presto libros a nadie", que me recordó la no menos egoísta advertencia de Leclercq a la puerta de su biblioteca: "Tel est le sort fâcheux de tout livre prêté, -Souvent il est perdu, toujours il est gâté". -Admiro,(dije en broma a mi compañero), tu gran franqueza. Puedes estar seguro de que no te pediré nunca ningún libro. -Mira, he imaginado estas inscripciones porque la experiencia me ha convencido de que el humorista inglés Carlos Lamb tenía mil veces razón cuando decía: De los que te piden libros prestados, algunos los leen con todo aprovechamiento, muchos tienen intención de leerlos pero no encuentran nunca ocasión propicia, los más ni leen ni siquiera tienen intención de hacerlo, sino que te piden libros para que les creas estudiosos y sabios. Por esto, culpa de unos y otros, sucede con frecuencia que quien presta libros, pierde libros, según la aforística tudesca.

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Continuará (Dios mediante)...

La morada del bibliófilo



Vía librarian.net. A Bibliophiles Bedroom es la epatante instalación del colectivo "Building with books" que se exhibe ahora mismo en la Boston Public Library :O)

...bibliófagos más allá del lepisma...

En la edición de la obra completa de Canetti a cargo de Juan José del Solar, el volumen que recoge la novela Auto de fe (lectura bibliotecosa obligatoria) se completa con una curiosidad: El testigo de oído: cincuenta caracteres, una obra en la tradición de los caracteres de Teofrasto o de La Bruyère, aunque también con un algo de Bestiario. Entre estos retratos morales figura el del bibliófago, del que damos cuenta a continuación.

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EL BIBLIÓFAGO

El Bibliófago lee todos los libros sin distinción, siempre que sean difíciles. Los que se comentan no lo dejan satisfecho, han de ser raros y olvidados, difíciles de encontrar. A veces se pasa un año buscando un libro porque nadie lo conoce. Cuando al final lo encuentra, lo lee de un tirón, lo entiende, lo memoriza y puede citarlo siempre. A los diecisiete años tenía ya el mismo aspecto que ahora, a los cuarenta y siete. Cuanto más lee, menos se transforma. Todo intento de sorprenderlo con un nombre fracasa, es igualmente versado en cualquier campo. Como siempre hay cosas que ignora, no se ha aburrido nunca. Procura, eso sí, no citar algo que desconozca, no vaya a ser que otro se le adelante en la lectura.

El Bibliófago es como un arcón que nunca se ha abierto para no perder nada. Teme hablar de sus siete doctorados y sólo cita tres; muy fácil le resultaría sacar cada año uno nuevo. Es amable y le gusta hablar; para poder hablar también cede a otros la palabra. Cuando dice: "No lo sé", cabe esperar una conferencia detallada y erudita. Es rápido, porque siempre busca gente nueva que lo escuche. No olvida a nadie que lo haya escuchado, el mundo se compone, para él, de libros y de oyentes. Sabe apreciar debidamente el silencio ajeno, él mismo sólo calla unos instantes antes de iniciar un discurso. En realidad, nadie quiere aprender nada de él, pues sabe muchas otras cosas. Propaga incredulidad, no porque nunca llegue a repetirse, sino porque jamás se repite ante el mismo oyente. Sería entretenido si no abordara siempre algo distinto. Es justo con sus conocimientos, todo cuenta, ¡qué no daríamos por descubrir algo que le importe más que el resto! Pide excusas por el tiempo que, como la gente normal, dedica al sueño.

Con gran expectación y deseando pillarle al fin una patraña vuelve uno a verlo después de varios años. Inútil esperanza: aunque aborde temas totalmente distintos, sigue siendo el mismo hasta la última sílaba. Entretanto, a veces se ha casado o ha vuelto a divorciarse. Sus mujeres desaparecen, siempre han sido un error. Admira a quienes lo animan a superarlos, y en cuanto los supera, da con ellos al traste. Nunca ha ido a una ciudad sin antes leerlo todo sobre ella. Las ciudades se adaptan a sus conocimientos, corroboran lo que ha leído, no parece haber ciudades ilegibles.

Se ríe de lejos cuando se le acerca algún necio. La mujer que quiera ser su esposa deberá escribirle cartas pidiéndole información. Si le escribe con la suficiente frecuencia, él sucumbirá y querrá tener siempre a mano sus preguntas.


CANETTI, Elías. Auto de fe; El testigo de oído: cincuenta caracteres. Madrid: Anaya & Mario Muchnick, 1997. ISBN: 84.7979-404-6. 775 p.

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¿quién no conoce alguno de estos especímenes?
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La novela de un exlibris (I)

Nos hacía graaaaande ilusión publicar nuestro propio post por entregas, como cualquier bitacorista que se precie, así que emprendemos desde hoy la recuperación de un textito extravagante: La novela de un exlibris (no se me asuste el amable lector, que la novela se queda en relatín), de Carlos Boselli, publicada originalmente en la Revista ibérica de exlibris, en fecha tan lejana -un siglo ha- como 1904. Y lo publicaremos por entregas, como cumple a su condición de folletín libroso.

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LA NOVELA DE UN EXLIBRIS

Pido venia al lector para servirle, con el título de novela, una historia verdadera y auténtica, de cuya veracidad puede convencerse consultando los documentos que encierra un austero palacio de la ciudad de M...
En estos tiempos caracterizados por la ardiente rebusca de la originalidad, mientras muchos se afanan, siguiendo trillada senda, en sacarla del libro ajeno, destilándola y alambicándola con sutil arte, yo espero poder conseguirla bebiendo en la sencilla fuente de lo verdadero porque no me siento con fuerzas para alcanzarla de otro modo. ¿No es cierto que las singulares concepciones imaginativas de novelistas y poetas son siempre sobrepujadas por las inverosímiles creaciones de la vida de todos los días? Y la mía es historia reciente: hace pocos meses, los periódicos de M... publicaron su epílogo, encerrado en cuatro frías líneas de un suelto de gacetilla.

Después de algunos años de ausencia, volvía en ferrocarril a mi ciudad natal una noche del pasado otoño, cuando, dos o tres estaciones antes de apearme, subió y se acomodó en mi departamento un caballero de atractivo aspecto, grave y distinguido, cuyo único equipaje era un gran paquete de libros.
No me parecieron desconocidas sus facciones y, mientras le estaba observando con disimulo haciendo al mismo tiempo memoria, me pareció que también él me dirigía frecuentes miradas interrogativas.
Poco tardé en reconocerle como antiguo compañero de colegio, uno de los más inteligentes y estudiosos, y su encuentro casual en aquella ocasión me pareció de buen agüero.
Contentos ambos de volvernos a ver, nos dolimos de que fuese tan corto el trayecto que teníamos que hacer juntos, y de que nos tuviésemos que separar al llegar a M..., ya que mi familia me aguardaba en la estación después de largos años de ausencia.
Antes de separarnos nos despedimos, cambiando la tarjeta de visita y la promesa de un próximo encuentro.
Pocos días después, sintiendo deseos de pasar algunas horas con mi antiguo condiscípulo, busqué su tarjeta, que me había metido en el bolsillo sin ni siquiera leerla. Decía: "Roberto Garrama, Bibliotecario del Círculo Filológico de M..., Calle de Roma, 3". Viendo que aún no habían dado las diez, supuse que podría encontrarle en pleno ejercicio de su cargo. Me presenté, pues, en el Círculo y allí le encontré, hojeando un gran incunable.
Me acogió afablemente, demostrando gran placer al poder pasar conmigo la noche; y quiso acompañarme al Gambrinus, en donde, entre bock y bock y a los dulces acordes de la orquesta de las damas vienesas, nos contamos algo de nuestra vida, evocando, de paso, recuerdo sobre recuerdo de la hermosa infancia y de la primera juventud.

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Continuará...

...en donde se demuestra que en la Venecia de 1499, eran posibles según qué cosas...

Leo en bibliobitácoras diversas algunas frases y citas de la reciente novela El enigma del cuatro, que confieso no he leído, pero cuya intriga al parecer gira sobre la singular extravagancia (albo corvo rarior, dijo Nodier de este libro) impresa por el príncipe de los impresores en la ciudad de los canales viendo morir el siglo XV: la hipnerotomachia poliphili. Otro día si hay interés podemos hablar largo y tendido sobre esta obra insigne; de momento decir, para los interesados, que pueden encontrar un ejemplar digitalizado en la web de la Universidad de Sevilla. Y, por lo que he podido comprobar, parece un ejemplar completo, pues no le falta la célebre plana mutilada en tantos otros por razones que comprenderéis al observarla aquí abajito ;O)

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