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La novela de un exlibris (II)

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Hijo de un humilde portero, Roberto, siempre enfermizo, de constitución endeble, pero vigoroso de inteligencia, trabajador y perseverante, había cursado asiduamente conmigo los estudios ordinarios, con laudable provecho. Había conseguido después una colocación de escribiente en las oficinas de un editor famoso, y, viviendo en la librería, había contraído la primera pasión de su vida: los libros. Habiendo mejorado de posición con su empleo de bibliotecario en el Círculo Filológico, conservó su manía por los libros, y, en general, por los estudios; hasta el punto de que por las noches, en su casa, robaba las horas al descanso para tomar los libros y aprender algo. Ni bebía, ni jugaba; no frecuentaba malas compañías; no se le conocían vicios. Sin ganar mucho, era muy ordenado, sabía vivir parcamente y aun ahorrar; así se había podido suscribir a periódicos y revistas, había adquirido toda clase de libros y estudiaba de continuo. Su pasión era tal, que había llegado, en algunas ocasiones, a privarse hasta de lo necesario, con tal de adquirir ciertas obras literarias o científicas; su sed de saber era tan inextinguible como la codicia de la loba de dantesca memoria: de la paleografía había pasado a la arqueología y a las ciencias naturales, enamorándose en último término perdidamente de la psiquiatría y de la sociología. Decía él que tenía el cerebro cuadrado, frío, calculador, de sabio que no ve más allá de sus libros y de su ciencia, y que está dispuesto a sacrificárselo todo.
Su única pena era el precio de los libros: los libros son caros, y, a pesar del ahorro, un empleado a 200 pesetas de sueldo no puede permitirse el lujo de reunir grandes bibliotecas; y no podía menos de consumirse de rabia cada vez que, al pasar por delante de una librería, contemplaba obras científicas de precio inaccesible a sus medios de fortuna.
A medida que mi compañero bibliómano iba confesándome su idea fija, su psicopatía, me entraba una gran curiosidad hacia este tipo inofensivo de mattoide que me recordaba las historias de hombres insignes explicadas en la escuela para estímulo de los muchachos. Sentí la comezón de ver su casa, su biblioteca, y no pude menos de manifestarle mi deseo. Consintió sin gran entusiasmo y poco después tomábamos la calle de Roma, hacia su casa.

La librería de Roberto Garrama, mucho más rica y hermosa de lo que sus palabras me habían permitido suponer, ocupaba todas las paredes alrededor de su escritorio. Encima de cada uno de los cuatro grandes armarios había unos cartelones, con cuya lectura me esparcí no poco: "Un livre est un ami qui ne trompe jamais" el conocido verso de Desbarreaux-Bernard, que el dramaturgo Guilbert hizo estampar en su exlibris; después una sentencia francesa: "Celui-là meurt à bon droit desnonoré qui n'aime pas les livres"; a continuación un proverbio alemán: "Quien presta libros, pierde libros"; por fin, sobre el armario más alto, leí: "No presto libros a nadie", que me recordó la no menos egoísta advertencia de Leclercq a la puerta de su biblioteca: "Tel est le sort fâcheux de tout livre prêté, -Souvent il est perdu, toujours il est gâté". -Admiro,(dije en broma a mi compañero), tu gran franqueza. Puedes estar seguro de que no te pediré nunca ningún libro. -Mira, he imaginado estas inscripciones porque la experiencia me ha convencido de que el humorista inglés Carlos Lamb tenía mil veces razón cuando decía: De los que te piden libros prestados, algunos los leen con todo aprovechamiento, muchos tienen intención de leerlos pero no encuentran nunca ocasión propicia, los más ni leen ni siquiera tienen intención de hacerlo, sino que te piden libros para que les creas estudiosos y sabios. Por esto, culpa de unos y otros, sucede con frecuencia que quien presta libros, pierde libros, según la aforística tudesca.

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Continuará (Dios mediante)...
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1 comentario

Iulius -

¿Alguien se anima a traducirnos del francés los aforismos que aparecen?
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