en donde bruce wayne visita la biblioteca de uno que pasaba...
¿Qué hacía anoche el mismísimo Bruce Wayne en la biblioteca de uno que pasaba?
Mi tesis: elemental, de dormida con batgirl, que, sépase, es colega :O)
¿Qué hacía anoche el mismísimo Bruce Wayne en la biblioteca de uno que pasaba?
Mi tesis: elemental, de dormida con batgirl, que, sépase, es colega :O)
Otra deliciosa ramoniana.
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EL QUEJIDO DE LA BIBLIOTECA
Precisamente entre los numerosos tomos que abrigaban las paredes de la biblioteca era enjugado todo ruido como si le hubieran aplicado una densa pared de papel secante.
Tan extraño era el fenómeno de aquel «¡ay!» que conmovía a veces la nave atestada, que el lector impenitente se había achacado a sí mismo aquel suspiro al que encapirotaba la flor de un «¡ay!».
Pero lo evidente, lo último, lo acabado de desglosar era aquel ¡ay! insistente, escape enfisemático de los pulmones de las hojas.
¿Quizás el reloj? Pero el reloj estaba parado como un almanaque de hacía años.
Las rendijas de las ventanas también suelen hablar, lanzando sutiles cosas a través de sus labios semicerrados. Las observé, pero sólo emitían hojas de papel de viento sin ningún ruido.
El ¡ay! fantasmal y verdadero era un suspirar de lechuza escondida.
¿Quizás en la lámpara, como escape de la luz que espera la noche con ansia de que llegue cuanto antes? Observé la dirección de la lámpara para poder apreciar si salía de su globo el suspiro y el ¡ay!
Al poco rato comprobé que no, que el ¡ay! suspirado brotaba de detrás de mí de entre los propios libros.
Repasé los títulos por si encontraba alguno tan sentimental que fuesen sus páginas las sensibleras, pero todos eran libros históricos y de heraldía.
El ¡ay! a intervalos desiguales y largos reaparecía como si contase las treguas de un aburrimiento o una tristeza muy humana.
No podía trabajar con aquella espera del ¡ay! al filo de cuya próxima exhalación se sentía siempre otro ¡ay! Ya me dediqué a vigilar aquel ¡ay!, a apostar que volvía.
No pudiendo más, me levanté y salí en busca del bibliotecario.
El bibliotecario escuchó mis observaciones, y, atraído por el misterio, se dirigió conmigo hacia la biblioteca. Él no había podido oír aquel ¡ay!, porque nunca hacía estancias largas en aquel sitio enrarecido del palacio.
Los dos guardamos silencio, y a poco surgió el ¡ay! entonado, que parecía escapar, aplastado como un pensamiento, de entre las páginas de un libro.
-Sale de aquí-dije.
El bibliotecario se acercó a aquel plúteo y tomando en sus manos un libro con algo de devocionario para la primera comunión, me dijo:
-Aquí está el secreto... Este libro está encuadernado con el descote de una dama a la que quiso mucho el viejo marqués...
El suspiro estuvo desaparecido mientras miramos el libro, acariciando la tersura de la encuadernación con algo de mano muerta. El ¡ay! se había replegado al sentir la indiscreción.
GÓMEZ DE LA SERNA, Ramón. Caprichos. Madrid. Espasa-Calpe, 1962. 229 p.
Para un futuro Glosario Bibliotecoso y Documentaloide. Se admiten colaboraciones :O)
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ARCHIPERO: Dícese del archivero renuente que a cada demanda informativa del usuario responde con la misma conjunción adversativa.
INFUMABLE: Novela de Vizcaíno Casas impresa antes del año 1500.
FATALOGADOR: Fam. Profesional de la catalogación que acostumbra a encabezar sus asientos por el nombre del cuñado del traductor.
¿Continuará?...
¿Un buen anagrama para biblioteca? ...cable tibio
¿otra manera de decir bibliotecario -los mejores anagramas son los que descubren una verdad oculta :O)-? ...bebió licor, tía
¿uno para bibliotecosas? ...basilisco, bote :O); aunque casi estoy más de acuerdo con éste: colitis boba es
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Muchos más (en realidad todos) aquí.
Aún no se me ha quitado la sonrisa de la boca. No os perdáis el peculiar afán del bibliotecario :O)
Recogido de esta página que asevera compilar poemas de juventud de Herman Hesse.
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ENSUEÑO
Érase un monasterio entre montañas.
Yo estaba allí invitado. Cuando todos
se fueron a rezar sus oraciones,
entré en la biblioteca. Al brillo del ocaso
vi refulgir mil lomos de pergamino ácrono
con inscripciones raras. Mis anhelos de ciencia
me llevaron al lado de los libros;
tomé uno al azar con entusiasmo y leí:
"El último paso para la cuadratura del circulo".
"¡Este libro -pensé al punto- lo he de llevar conmigo!"
Vi luego otro volumen en cuarto, piel y oro,
con el titulo en letra menuda, que decía:
"De cómo Adán comió también fruta de otro árbol"...
¿De otro árbol? ¡De cuál había de ser: del de la Vida!
Luego Adán es inmortal... "Mi estancia aquí -me dije-
no es en vano." Proseguí mi escrutinio
y percibí un infolio, que en lomo, canto y ángulos
ostentaba lucientes los colores del iris.
En él, pintado a mano, un rótulo rezaba:
"Correlación entre el sentido de los colores
y el de los sonidos. Aquí se demuestra
cómo cada tono musical es una réplica
a cada color, a cada refracción de los colores."
¡Oh, cómo coruscaban a mis ojos
los coros de los colores, colmados de promesas!
Me vino un presentimiento, confirmado
a cada nuevo tomo que cogía:
¡era la biblioteca del Paraíso!
Cuantas preguntas y problemas me acosaban
podrían encontrar allí respuesta;
calmaría la sed de saber que me abrasaba;
cualquier hambre seria satisfecha
con aquellas reservas de pan espiritual,
pues siempre que ponía los ojos en un libro
con rápida mirada interrogante,
su tejuelo me daba respuesta promisoria:
para todo apetito
existía allí el fruto que había de saciarlo;
el que, temblando, buscan estudiantes curiosos,
el que llena las ansias del maestro atrevido.
Allí estaba el sentido intimo y puro
de todo saber y ciencia, de toda poesía.
Allí estaba la virtud hechicera,
que sabe el modo exacto de plantear los problemas,
con sus claves y su vocabulario;
sutilísima esencia del espíritu
guardada en esotéricos libros magistrales:
aquel a quien ella concede el favor
de un momento de magia, conviértese en dueño
de las claves que sirven para todo linaje
de cuestiones y de misterios.
Entonces coloqué con mano trémula
sobre el atril uno de aquellos códices
y descifré la magia de su ideografía,
como cuando se intenta comprender en un sueño,
medio jugando, cosas antes nunca aprendidas,
y felizmente se acierta. Pronto yo, alado,
estaba de camino por sidéreos espacios del espíritu:
quedé inserto en el zodíaco, y en éste, ¡oh maravilla!,
todo lo que la intuición de los pueblos -heredera
de milenaria experiencia cósmica- ha percibido
alegóricamente como revelación,
concordaba con perfecta armonía,
y una y otra vez se correspondía
y tornaba a corresponderse en vínculos siempre renovados:
siempre alguna pregunta nueva y trascendental,
recién surgida alzaba el vuelo
hasta los antiguos saberes, símbolos y hallazgos;
así que, leyendo por espacio de minutos o quizá de horas,
rehice el largo camino de la Humanidad,
y dentro de mi alma acogí de consuno
el íntimo sentido de su ciencia más vieja y de su ciencia más nueva.
Leí y vi las figuras ideográficas,
ora apareadas, ora desplegadas,
ya formando corro, ya a la desbandada
o desembocando en nuevas formaciones,
cual imágenes simbólicas de caleidoscopio
incesantemente enriquecidas con nuevas significaciones.
Y como de mirar tan atento sintiese fatiga en los ojos,
hube de alzarlos por darles descanso;
entonces vi que no me hallaba salo:
en el mismo salón, cara a los libros,
se encontraba un anciano, quizá el archivero,
atareado y grave, rodeado de tomos;
¿qué sentido, qué objeto tenían sus afanes?
;En qué consistiría su acucioso trabajo?
Quise saberlo al punto: para mí ciertamente
era de entidad suma saberlo. Le observé:
con delicados dedos seniles requería
un volumen tras otro volumen, y leía
los rótulos obrantes en los lomos; soplaba
con sus pálidos labios sobre el titulo -¡un título
lleno de seducciones, garantía segura
de horas y más horas de exquisita lectura!-;
lo borraba con suaves presiones de su dedo,
y escribía riendo otro título nuevo;
daba unos pasos luego; cogía un nuevo libro
de este o de aquel estante, v asimismo
le cambiaba su título por otro diferente,
y así incansablemente.
Le contemplé, confuso, largo tiempo
con la mente reacia a comprender;
me volví a mi tratado, del que sólo leyera
unos pocos renglones; pero ya no encontré
la procesión de símbolos, portadora de dichas:
aquel mundo de signos, en el que apenas habíame adentrado,
parecía haber huido de mí, haberse disuelto
apenas revelada la rica significación del universo.
Sí; por un instante creí ver todavía
cómo perdía fuerzas, giraba, se nublaba
y se desvanecía sin dejar otro rastro
que los reflejos grises del nudo pergamino.
Sentí una mano que se apoyaba en mi hombro;
volvíme: el solícito anciano se hallaba a mi lado.
Me puse en pie, El, sonriendo, cogió mi libro
(un estremecimiento -helado escalofrío-
se adueñó de mi alma),
y, aplicándole al lomo la esponja de su dedo,
el titulo borróle; incontinenti,
con pluma concienzuda de calígrafo,
en el lugar del viejo escribió un nuevo titulo,
grávido de problemas y promesas
-flamantes, novísimas refracciones
de las más rancios problemas-.
Y luego, silencioso,
partióse con su pluma y con mi libro.
Herman Hesse
Singular extravagancia: puedes leerlo exactamente igual si lo giras 180º... es el ambigrama de bibliotecosas generado aquí.
Escuchado ayer en un programa de televisión nocturno:
Entra Bush en una biblioteca, se acerca al mostrador y dice en voz alta:
- UNA HAMBURGUESA DOBLE CON QUESO Y UNAS PATATAS...
El bibliotecario le contesta:
- Oiga, que está usted en una biblioteca...
Respuesta de Bush (en voz muy muy bajita):
- Aaaah, perdone... una hamburguesa doble con queso y unas patatas...
Aún a riesgo de ponerme estupendo, me pueden las ganas de abrir este post con otra taxonomía bibliotecoide a saber:
Modos (que son grados) de empleo de las bibliotecas en la literatura
- Incidental: la biblioteca aparece sin más en algún texto o contexto literario, sin intencionalidad aparente.
- Ambiental: con afán de ambientación narrativa o poética.
- Argumental: la trama gira en alguna medida en torno a bibliotecas o bibliotecarios.
- Conceptual: el más escaso y el que más nos interesa aquí en bibliotecosas; la condición "bibliotecosa" es el verdadero motor narrativo o poético; el trabajo bibliotecario o la condición bibliotecaria de un personaje están profundamente, estructuralmente, imbricados con la obra literaria.
Como nos relamemos cada vez que, como hoy, podemos aportar un buen ejemplo de este último uso.
El estupendo relato que transcribo es obra de Concha Gómez Cadenas, que además de brindar su anuencia (gracias, Concha) promete "leer con interés vuestros comentarios" (ya estáis aprovechando la ocasión): para mayor amabilidad habrá que rebuscar en las hagiografías :O).
Muchas Gracias también a Juan José, en cuya página (del todo recomendable) hice el hallazgo: accedió al préstamo cordialmente e incluso hizo la gentil gestión de contacto.
Que ustedes lo pasen bien.
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EL EMBRUJO DE LAS PALABRAS
Empecé el libro por la noche. Pensaba leer poco, sólo una aproximación que dejara la ilusión preparada para el siguiente encuentro. Todavía me quedaban restos de la novela anterior. Esa sensación de no haber terminado del todo con ella que hace que me sienta por unos momentos como un amante infiel. Abrí por ello el libro nuevo con cierta condescendencia, perdonándole antes de empezar el que posiblemente no lograra entusiasmarme.
Estaba hojeando las primeras páginas cuando lo vi: en el sobre de la biblioteca, había una cartulina amarilla. Contenía el nombre de una chica, Eugenia Lázaro seguido de una serie de números e iniciales, códigos de títulos, supuse, para controlar los préstamos. Me entretuve mirándolos, curioseando si existía alguna periodicidad en las fechas, intentando averiguar qué representaban aquellos datos. En definitiva dándole forma a la pereza de empezar el libro. Por fin deje la ficha en su sitio y arranqué la lectura.
Olvidé la ficha con rapidez. La novela me arrastró y me vi de pronto envuelto en su trama. El libro era bueno, de lo mejor que había leído hasta entonces. Me lancé encantado a vivir su historia, entré sin notarlo en ese estado de comunión con las letras en el que pierdes la noción de todo tiempo distinto al narrado. Amanecía cuando obligado por la necesidad de cerrar un rato los ojos lo guardé en el maletín que uso para el trabajo. No me resignaba a separarme de él. Lo terminé durante el almuerzo al día siguiente, mientras el resto de compañeros salen a comer y repiten una y otra vez las mismas conversaciones. Volví a leerlo más detenidamente en lo que quedaba de semana. ¿Cómo podía haberme resistido tanto tiempo al encanto de Lolita? No era la primera vez que tenía en mis manos la obra de Nabokof, pero siempre por un motivo u otro había postergado su lectura, y ahora me resultaba fascinante. Cuando el lunes decidí, con gran esfuerzo, separarme de él y devolverlo, me acorde de la ficha. Se la entregue a la bibliotecaria excusándome por no haberla llevado antes.
Creo que ese día fue la primera vez que desvié la vista de los papeles y me fijé en ella. Detrás de las gafas que parecía usar para estar a tono con el lugar, había una chica que me observaba descaradamente, como creyéndose resguardada por esa armadura de concha marrón. Yo, como siempre, pretendía perder poco tiempo y llevarme otra fantástica novela. Pero en ese momento no se me ocurría ninguna. Me sentía aún atrapado por la historia que acababa de dejar y no podía concentrarme. Además la manera de actuar de aquella chica me tenía intrigado, diría más, me intrigaba y fastidiaba ante todo que manejara ese libro, ¡Mi libro!, con tanta familiaridad. Primero describiendo con los dedos círculos sobre sus tapas, cualquiera pensaría que cosquillas en el lomo de su mejor mascota y después entreteniéndose en pasar las páginas lentamente, como saludándolas con gestos cifrados, quizá algún guiño extrañamente deformado por las lentes.
Me dirigí, todavía molesto, a las estanterías donde se exponen las novedades. Nada me resultaba atractivo. A falta de mejor criterio estaba casi decidido a coger otro ejemplar del mismo autor, cuando pensé que pudiera ser que la persona a quien se nombraba en aquel trozo de cartón poseyera un gusto especial. Se me ocurrió como de broma que quizá fuese mi alma gemela y por tanto yo compartiría seguro sus apetencias. Por mantener un poco esa ilusión, busqué otro título de los que estaban incluidos en su lista. Únicamente recordaba algo como: Sal guar 444. Tras un rato de frustrados intentos rastreando entre los anaqueles decidí pedir ayuda a la bibliotecaria. Por un momento barajé la posibilidad de darle alguna explicación que justificara mi demanda, pero lo descarté rápidamente. No se me ocurría nada coherente. De cualquier forma por la manera de mirarme entendí que sabía de donde había obtenido yo esos datos. Cuando me entregó el guardián entre el centeno de Salinger, sonreía de una forma cómplice.
En el mismo momento en que este volumen pasó de sus manos a las mías me invadió una gran ansiedad. Necesitaba inspeccionar su contenido. No podía esperar. Me senté en el primer banco que encontré, enfrente del mostrador de revistas muy próximo a la mesa donde ella trabajaba, y empecé a leer. No me gusta hacer esto, normalmente prefiero separar aquello que llevo a casa de lo que consulto allí. La lectura de una novela me parece un gesto más íntimo. Acababa de pasar la primera página cuando me vi obligado a dejarlo. Sentía todo el rato la mirada de la bibliotecaria siguiendo mi lectura, cerré el libro y me fui de allí. Confieso que me abrumaba pensar que pudiera interesar a una mujer. No soy una persona muy popular y acostumbraba a hacer una vida solitaria. Mis amigos o mejor dicho, mis compañeros habían optado por tratarme como a un lunático, una especie de monje al que deben obligan a trabajar de oficinista y que dedica sus horas libres a leer o a estudiar temas que nunca son de actualidad Yo me había acomodado a esta imagen y mis relaciones personales eran escasas, sin tener en cuenta las relaciones imaginadas que me hacían vivir algunos narraciones.
Terminé el segundo tomo esa misma noche. Aún no sé como pude contenerme para no ir inmediatamente a devolverlo y recuperar, de la forma que fuera, la ficha de Eugenia. Tan entusiasmado estaba que a duras penas esperé dos días saboreando de nuevo alguno de sus capítulos antes de volver a la biblioteca. Me atendió de nuevo la chica de las gafas. Armándome de valor le dije que los últimos prestamos me habían gustado mucho, que hacía tiempo que no leía nada tan de mi agrado y le pedí por favor que me dejara hojear la ficha de Eugenia. Hasta aquí todo resulto sorprendentemente fácil, demasiado fácil, pensé. La bibliotecaria no me dio las excusas que yo esperaba Imposible, se trata de material de uso reservado, comprenda que es de carácter personal para las que tenía preparados argumentos que intentaran convencerla. Curiosamente se mostró dispuesta a complacerme con la misma sonrisa del día anterior. Pero para aumentar mi perplejidad la ficha no estaba en su sitio. Ni el más mínimo indicio de su paradero. Recuerdo que dijo y esa frase me pareció sacada de un diálogo literario. De no recordar perfectamente como se la había entregado apenas unos días antes, hubiera dudado de su existencia y de la realidad de la escena que estaba viviendo. Puede que se haya vuelto a quedar en alguna solapa. Dijo y se ofreció a ayudarme a buscar algo bueno que llevarme. Me confesó que cuando le entregué la ficha, había estado un buen rato curioseando en ella y que recordaba varios títulos
Esta vez me llevé tres libros que tarde muy poco en leer. Reconozco que entonces estaba ya obsesionado, tanto por la lectura, que no dejaba de sorprenderme, como por la persona que la había seleccionado.
Llevaba varios días en los que apenas dormía, pasaba prácticamente la noche entera leyendo. Muchas mañanas el despertador me rescataba de una situación de semi-letargo, en la que ya no era capaz de reconocer las letras, pero tampoco dejaba de mirarlas. Si alguna de aquellas narraciones hubiera tratado sobre pócimas o embrujos, hubiese creído que me habían afectado por el mero hecho de leerlo. No, no eran cuentos de brujas. Eran relatos que variaban en su temática, en su estilo, en todo. Sólo coincidían en la capacidad de embrujarme. Decidí devolver los últimos ejemplares cuando esta situación empezó a ser preocupante por las consecuencias que tenía en el resto de mi vida. Cuando por ejemplo me dormí por tercer día consecutivo y mis tropiezos con el mobiliario de la oficina ya eran demasiados. Mis compañeros empezaban a murmurar o incluso a recomendarme unos días de descanso.
Tomé la decisión de volver a mi aburrida existencia y olvidar otras vidas que de alguna forma me habían poseído. Si era necesario abandonaría la narrativa y me dedicaría solamente a temas científicos, o sociales, o incluso políticos, cualquier cosa que me retornara al mundo normal, donde yo controlara mis pulsiones que serían mediocres y adaptadas al ritmo monótono y tedioso de mis días.
Por tercera vez en menos de un mes volví a la biblioteca.
Siempre estaba la misma bibliotecaria.
¡Cuánto tiempo! ¿Has estado enfermo?
No... Vale, sí... Estoy algo cansado. Tengo que cuidarme Respondí turbado.
Bueno, perdona, Oye que si no te encuentras bien no te preocupes si no puedes devolver a tiempo algún...
Ya ya No la dejé terminar.Yo hoy solo quería retornar estos Le dije sintiéndome molesto por lo que para mí era demasiada intromisión.
Lo siento, pensaba que aún estarías interesado por aquella serie...
¿Ha aparecido la ficha? De nuevo le interrumpí bruscamente.
No, pero yo, perdona, no sé, pensaba que podía ayudarte.
¿Ayudarme? De pronto me volvía a parecer que aquella situación era irreal. Mi
confusión aumentaba por momentos. Dudaba entre el enfado o el agradecimiento.
Te había preparado unos títulos de aquella lista... hice memoria... lo siento, no quería meterme donde no me llaman.
Ya no pude resistir. Necesitaba desahogarme con alguien. Descubrir algo sobre Eugenia.
No, perdóname tú dije haciendo un esfuerzo. Agradezco tu interés. ¿Podemos quedar cuando termines y hablamos más tranquilamente. Necesitaba salir y respirar aire fresco
No dudó al responderme.
Vale, termino el turno dentro de dos horas.
Muy cerca de la biblioteca hay una cafetería tranquila. Esther Así me dijo que se llamaba me llevo allí. Yo había pasado un buen rato caminando y en ese tiempo había preparado la conversación, imaginando que llevaría la voz cantante. Sin embargo desde el primer momento fue ella quien tomó la iniciativa. Eligió sin dudar donde sentarnos y se ofreció a pedir las consumiciones. Por mi parte olvidé mi preparada actuación nada más verla salir de la biblioteca. Se había recogido el pelo de una forma distinta a la coleta estirada que usaba en el trabajo. Sujeto descuidadamente con una pinza en la nuca dejaba escapar casi media melena dándole un aspecto más informal y atractivo. Pero lo más llamativo era que se había cambiado las gafas sustituyendo las serias de montura marrón por un extraño modelo de dos colores, un ojo vestía de blanco y el otro de negro.
Había preparado dos nuevos tomos para mí. Se rió cuando le confesé mis temores. No le pareció nada extraño mi comportamiento, aunque cuando le conté mis fantasías sobre embrujos cambió bruscamente de tema.
He estado investigando sobre Eugenia. ¿Sabes? Solo he encontrado dos personas que coinciden con los datos que me diste. Una de ellas es una niña de seis años, que es imposible que sea la que buscas. La otra no visita habitualmente la biblioteca, en cinco años sólo se ha llevado dos libros, y ninguno coincide con los de la lista.
¿Y tú por qué te has interesado tanto?
Bueno, leí por primera vez a Nabokof cuando lo devolviste. Por la forma de dejarlo me pareció que te costaba desprenderte de él y sentí curiosidad. Me gustó mucho. Luego aquello que me contaste de la ficha y esa querencia por extraviarse. Demasiado intrigante, ¿No crees?. ¡Como para no intentar saber algo más de todo esto!.
¿Tienes entonces la ficha? dije impaciente.
No, y mira que la he buscado, lo único que he encontrado es las de esas otras dos Eugenias, la nuestra es como si no hubiese pasado nunca por la biblioteca.
¿Y esos de donde los has sacado? Le dije señalando los nuevos ejemplares.
Ya te lo expliqué dijo, esta vez de manera cortante. No pude evitar echar un vistazo en la ficha, curiosear... y estoy acostumbrada a retener estos códigos. Creo que sabría decirte todos los que hay en ella. Hoy he terminado de leer este. Señaló un tomo que me había preparado.
Aún así no entiendo...¿Cómo es que no los habías leído antes? Son libros magistrales.
Supongo que como tú, porque nadie los había puesto en mi camino. O porque todavía me falta por conocer muchas de las mejores cosas que me esperan en la vida. Dijo evitando mirarme a los ojos.
Esther solo tenía entonces 24 años, llevaba poco tiempo trabajando en la Biblioteca. Me contó que ella había pasado también muchas horas devorando aquellas historias y pensando en la relación que tenían con Eugenia y conmigo. Quise entender que me hacía responsable de trasmitirle aquella fiebre.
A esas alturas de la conversación yo me sentía totalmente confundido, por una parte Esther se mostraba segura, incluso desafiante cuando nombraba o señalaba los libros que llevaba y por otra, cuando me hablaba de su vida parecía una chica diferente, más bien recatada a pesar de su llamativo aspecto. Durante un rato me perdí pensando que aquellas gafas marrones que usaba en el trabajo parecían más acordes con la muchacha que en ese momento se justificaba por haberme abordado y por sentirse tímidamente ligada a Eugenia y a mí.
Volvimos a vernos muchas tardes más. Normalmente, yo la esperaba y nos quedábamos hablando hasta muy tarde. No dejaba de llamarme la atención su transformación. Nunca olvidaba cambiarse las gafas. Un día me atreví a insinuarle que no necesitaba resaltar su cara con esa armadura tan estrafalaria.
¿De verdad? En ese caso llévatelas, ya no me hacen falta Y me pidió que se las guardara, que intentaría prescindir de ellas. Realmente puede que no las necesite.
No entendí que quería decir, supuse que solo las necesitaba para leer.
¿Por qué quieres que te las guarde? ¿Tienen algún poder que hacer irresistible su uso? Le dije bromeando.
Bueno, es solo que me gustaría que las tuvieras tú.
No Insistí. Pensé que no me importaba realmente llevarme algo suyo, las pondría cerca del último libro que me acababa de proporcionar. De repente me agradaba la idea.
Desde ese día Esther sólo usaba las gafas marrones mientras estaba en la biblioteca, luego acudía a nuestra cita sin ellas, pero no por ello dejó de sorprenderme: Una tarde vino con los ojos pintados. Nunca la había visto maquillada. Se había trazado una gruesa línea negra enmarcando sus pestañas. Esta vez no hice ningún comentario, me sentía hipnotizado por aquella mirada.
Al principio seguíamos viéndonos en la cafetería, poco después nos trasladamos a mi casa. Para entonces ya había comprado todos aquellos títulos, eran uno de mis tesoros, como las colecciones que hacía cuando era niño. Esther lo enriquecía constantemente con sus opiniones. Pasábamos tardes y noches leyendo y comentando nuestros libros. El hecho de que Esther compartiera conmigo aquella obsesión me sirvió para retomarla de una forma menos acuciante. Incluso la fascinación que había sentido por Eugenia empezó a difuminarse, como cuando después de enamorarte de la protagonista de una novela, vas al cine y te quedas prendado de los ojos de la chica, y los mezclas con tu anterior sueño.
Seguramente el influjo de Esther empezó a notarse en mi comportamiento. Me seguía resistiendo a mantener largas conversaciones con las pocas personas que me rodeaban, pero empezaba a interesarme por ellas. Así me descubrí una mañana preguntando a mi compañera por sus hijos y mirando unas fotos que hasta hacía muy poco me habían parecido ridículas encima de su mesa. Me animaba incluso a participar en algún almuerzo y ese día tuve que contenerme cuando la compañera de las fotos me preguntó cordialmente si tenía alguna amiga (matizando la a final, de forma sugerente). Eludí darle una respuesta clara. Esta vez no pretendía mostrarme distante, pero no sabía como catalogar mi situación con Esther.
Mis sentimientos no tardarían mucho en aclararse: Una noche, Esther me pidió que la invitara. De nuevo ella tomaba la iniciativa. Yo, como siempre, había soñado y preparado mil formas de hacer avanzar aquella relación, pero nunca encontraba el momento adecuado. Supongo que temía que cualquier modificación en mi comportamiento la hiciera salir huyendo. Ese día como un estúpido no podía dejar de mirarla. No sólo me había dejado perplejo su propuesta, además su maravilloso aspecto me mantenía encandilado. La raya negra de los ojos perfectamente delineada, el pelo suelto, brillante y liso perdiéndose en su espalda y para mayor turbación los labios pintados como nunca, rojo intenso. Desde luego, vamos primero a cenar Atiné a decir y reaccioné a tiempo para sugerir el mejor restaurante que conocía. Ella lo corroboró encantada. De esta forma me encontré compartiendo una mesa en un rincón habitualmente reservado para otras parejas, donde yo nunca pensé que me sentaría. A pesar del magnífico escenario cenamos muy poco, pero eso si, bebimos más de la cuenta. Esther quiso brindar por algo mágico que nos unía, y yo la seguía atontado sin atender a aquellos misteriosos motivos de celebración. Solo pensaba en volver a casa y beberme esa boca que hablaba envolviendo las palabras en rojo y negro, rojo y negro... De la misma forma casi inconsciente que me había trasladado hasta allí volví a dejarme llevar para descubrirme como por arte de magia en el salón de mi casa. Esther inició la conversación tomando uno de aquellos libros. Se lo quité sin darle opción a continuar. Puede que fuera el alcohol, o la forma en que ella había estado apartándose una y otra vez el pelo de la nuca lo que hizo que por una vez me sintiera seguro y no la dejara hablar más.
Por la mañana me pidió que le devolviera sus gafas. Me hizo gracia su comentario Ahora me tienes a mí no hubiera podido pensar en nada más que en darle la razón. Esas gafas habían mantenido siempre su presencia junto a mi cama.
Desde ese día nuestras reuniones dejaron de ser tan literarias, bien es cierto que para entonces ya habíamos comentado varias veces la serie completa, y que empezábamos a creer que todo aquel asunto de la misteriosa Eugenia, había sido un buen motor de arranque, una romántica forma de reconocernos. Poco a poco fuimos dejando en un segundo, tercer, o cuarto término aquellas obras para centrarnos más en nosotros. Todos los días Esther acudía a mi casa cuando terminaba su jornada. Me encantaba encontrar los rastros de su presencia. Empezó dejando un poco de ropa. Enseguida el cuarto de baño se pobló de objetos femeninos y de un nuevo olor. La cocina fue tomada en una siguiente fase, cuando decidió de nuevo sorprenderme y me mostró llena de entusiasmo varias recetas dignas de la mejor celebración. Después empezamos a planear vacaciones en conjunto y ya por fin, a la vuelta de un viaje, nos pareció absolutamente normal que ella se mudara definitivamente. Si alguien me hubiese contado unos meses atrás que mi arraigada vida de soltero iba a convertirse sin ninguna resistencia en una estupenda convivencia me habría parecido una broma, o mejor un sueño. Ahora mi existencia se llenaba de razones para comportarme con la cordialidad que hasta entonces me había sido tan difícil mostrar, de hecho estaba deseando que aquella compañera que sembrada la mesa de fotos y que ahora ya incluía entre mis amigas, me preguntara algo sobre Esther para contarle detalles de su persona que a mí me parecían únicos y geniales. Como la forma de llegar a casa, llamándome nada más cruzar la puerta, con una alegría en la voz que me hacía creer siempre que entraba cantando. Fue fantástico el día que Esther apareció inesperadamente por mi oficina para concretar unos detalles del viaje que estábamos planeando. Me resultó tan sencillo y agradable presentarle a mis compañeros y en particular a Luisa, mi confidente, que me reproché no haberlo hecho antes. Recuerdo que me sentí como una persona verdaderamente importante, tan orgulloso estaba de ella.
Pero volviendo a Eugenia y sus títulos. No era un tema olvidado, hablábamos a menudo de aquellas narraciones, y aunque nuestra colección de novelas favoritas se había ampliada ostensiblemente aquellas que formaban parte de la ficha amarilla eran algo especial, diríase que éramos sus fieles cuidadores.
Habíamos reunido un total de nueve libros, algunos en ediciones especiales, estudios que desmenuzaban su contenido. Nosotros nos atrevíamos a enfrentarnos con especialistas para reparar cualquier daño que nos parecía que le pudieran hacer esas opiniones. Nos reíamos al darnos cuenta de las defensas tan emotivas que hacíamos Déjalo ya Esther, que ni Nabokof, ni Lolita, ni Eugenia van a tener que sufrir estas críticas Yo siempre incluía a Eugenia en la lista de agraviados, me sentía en deuda con ella. No la buscaba ya con aquella antigua obsesión, pero no podía resignarme a dudar de su existencia.
Me sorprendió cuando Esther se enfadó ese día y me acusó de pensar en Eugenia como en un ser mitológico.
Si Eugenia apareciese no esperes que sea con forma de diosa, y ojalá que tenga más de cuarenta años, muchos más.
¿Celos? ¿Desde cuándo? Si Eugenia había sido como una hada madrina en nuestro encuentro. No entendía nada, aún así desde ese momento intenté no nombrarla ni incluirla en la conversación. Pero, literario o real, el personaje de Eugenia seguía allí. Habíamos asociado aquellos libros a esa persona y a su ficha extraviada.
Sin embargo poco después algo despertó de nuevo el interés por Eugenia. Esther logró descifrar el código de un último libro que completaría mi colección. En la relación que Esther había conseguido, aparecían unos datos que no coincidían con ningún ejemplar existente en la biblioteca y que después de buscar inútilmente abandonamos pensando que se trataba de un error, algo que seguramente ella no recordaba correctamente.
Esther localizó por casualidad un título que coincidía con aquel al actualizar los datos en el ordenador. Había un fichero viejo, que alguien había olvidado informatizar y entre unos pocos libros no devueltos apareció claramente la referencia de este. Consiguió así descubrir a su autor, que sorprendentemente era Eugenia Lázaro. Parecía imposible contactar con la editorial pero nada iba ahora a detenernos. Retomamos la búsqueda más excitados que nunca. Desempolvamos catálogos y listados, llamamos por teléfono o visitamos de nuevo comercios, librerías y hasta imprentas. Por fin dimos con ella.
Era una editorial que se dedicaba a facilitar la autopublicación de autores que no encontraban quien lanzara sus creaciones. El editor nos contó que hacían tiradas muy cortas de cien o doscientos ejemplares y que él intentaba ayudar en la distribución, aunque nos confesó que en este caso, no había puesto mucho empeño porque no le pareció que aquel libro mereciera la pena, y ciertamente apenas se vendió. No conocía personalmente a Eugenia porque toda la operación la habían hecho utilizando medios informáticos y ella había preferido mantener el anonimato. Nos facilitó un ejemplar y nosotros evitamos decirle que creíamos que había cometido un terrible error, que a nuestro juicio aquel libro sería una obra maestra, la culminación de una lista mágica.
El editor no se equivocaba. Nos defraudó terriblemente, aunque Esther al principio lo defendía, movida pensaba yo por la ilusión, o la esperanza de poner un broche final en mi tesoro, o para demostrarme que era capaz de defender a Eugenia a pesar de sus celos. De cualquier forma aquel fiasco hizo que Eugenia desapareciera definitivamente de mi vida. Siempre sospeché que en el fondo Esther se sintió ganadora en una guerra privada, había luchado honestamente y no por ello mostró ningún tipo de alegría ante la supuesta victoria.
Ese mismo año nos casamos, era algo que ya estaba planeado y que, al menos para mi, corría al margen y de forma preferente ante cualquier otro asunto. Y este mismo carácter ha seguido teniendo nuestra vida en común hasta el día de hoy.
Pero la historia no termina aquí. Muchos años después, una tarde en la que Esther no estaba en casa mientras ordenaba papeles y carpetas encontré un manuscrito con la letra redonda y clara de Esther sólo que firmado con el nombre de Eugenia. Era ni más ni menos que la pésima ultima novela de aquella lista.
Nunca supe de la afición de mi mujer por la creación literaria, ni se me ocurría que esto para ella fuera algo que le causara vergüenza y por tanto debiera de ocultar. Entendía todavía menos su relación con la historia que he contado, ni porqué incluía entre unas obras geniales uno supuestamente suyo y que podría salir mal parado en la comparación. Si lo que quería era que lo leyese hubiese sido más fácil pedírmelo de una forma más normal. Y ¿Por qué todo aquél enredo sí además ya había sido un fracaso en su intento de publicación?. Y lo que más roía mi cerebro era el por qué no me lo había contado después de tanto tiempo. No reconocía en estas imágenes a la mujer que vivía conmigo. Todo lo anteriormente relatado había ocurrido al menos diez años atrás de ese momento, y desde luego nos unían muchas más cosas que una lista de libros.
Decidí pedirle explicaciones cuando volviese y continué ordenando. El motivo por el que todavía no lo he hecho es por que después de este descubrimiento hice otro. Era un tomo que parecía infantil, con un título gracioso. El embrujo de las letras, y en cuya portada se veía a una bruja clásica de cuento con el pelo enmarañado y ropajes negros consultando algo entre volúmenes llenos de polvo y con una olla hirviente cerca, de donde salían entre bocanadas de vapor letras de caracteres antiguos. Era un dibujo que parecía hecho para niños, con un fondo muy colorista, y unas formas poco agresivas. Lo ojeé movido por esta portada tan sugerente, y descubrí que lejos de ser literatura infantil, se trataba de un ensayo que parecía serio y metódico sobre formas de seducción. Desde trucos sobre como escribir cartas al amado, hasta otros encantamientos y conjuros más complicados, usando para ello herramientas como las palabras, las letras, la tinta, y diferentes objetos relacionados con la literatura. No me sorprendió encontrar también las gafas bicolores ocultas detrás del libro.
Escondí todo lejos de donde lo había encontrado, y ahora terminaré de escribir y ocultaré también estos folios en otro sitio distinto pero donde pueda recuperarlos, por si algún día pierdo la memoria y confundo a Esther con Eugenia o necesito reponer el embrujo de las palabras.
Concha Gómez Cadenas
CAMPOS, Javier. "La biblioteca de Alejandría". Revista virtual de cultura iberoamericana. http://www.qcc.cuny.edu/ForeignLanguages/RVCI/jcamposlabiblioteca.html
LA BIBLIOTECA DE ALEJANDRÍA
En estas bibliotecas
tan infinitas como hace milenios lo fue la de Alejandría,
adorada Alba
¿dónde quedarán estos versos?
es decir,
¿En qué diminuto estante
de una más diminuta sección
de la biblioteca más extensa del universo
mi único libro de poemas que escribí para ti?
Y mi nombre ¿quién acaso lo recordará
cuando a la velocidad de la luz
en un archivo igualmente sólo de luces
alguien pase sin siquiera teclear nunca
el título de este poema
quedar iluminado o indiferente
por alguna línea pasajera?
¿Y quién será por casualidad
-dentro de una millonésima de probabilidades-
el pasajero virtual
que hojeará al azar en una pantalla de un computador
alguna vez
en el año 3492
aquel perdido libro mío
y mire (pero no lo leerá) despreocupado quizás
lo que escribí pensando en ti?
[...]
Javier Campos
Otra, extractada (copia-pega, vamos) de: La página de Charles Bukowski de Sergi Puertas[1]
DÍAS COMO NAVAJAS, NOCHES LLENAS DE RATAS
Siendo muchacho dividí en partes iguales el Tiempo
Entre los bares y las bibliotecas;
cómo me las
Arreglaba para proveerme de
Mis otras necesidades es un rompecabezas; bueno,
Simplemente no
Me preocupaba demasiado por eso-
Si tenía un libro o un trago entonces no pensaba demasiado
En otras cosas- los tontos crean su propio
Paraíso.
En los bares, pensaba que era rudo, quebraba
Cosas, peleaba
Con otros hombres, etc...
En las bibliotecas era otra cosa: estaba callado,
Iba de sala en sala, no leía tantos libros enteros
Sino partes de ellos: medicina, geología,
Literatura y Filosofía.
Psicología, matemáticas, historia,
Otras cosas me aburrían.
[...]
Mis hermanos, los filósofos, me hablaban como
Nadie
Venido de las calles o alguna otra parte; llenaban
Un inmenso vacío.
Qué buenos muchachos, ah, ¡qué buenos
Muchachos!
Sí las bibliotecas ayudaron; en mi otro templo,
Los bares,
Era otra cosa, más simplista, el
Lenguaje y el camino era diferente...
Días de bibliotecas, noches de bares.
[...]
Charles Bukowski
[1] Nota para los estudiosos de la navegabilidad, usabilidad, accesibilidad y adláteres: la página de Charles Bukowski de Sergi Puertas "se lee mejor navegando con vino barato en el cuerpo" o así lo asegura el susodicho... ¿alguien se anima a hacer un análisis al respecto? :O)
Absolutamente insoslayable: un "must have" como se dice ahora. Simpatiquísimo de puro ripioso (a mí mslgr, que dirían por ahí).
Me da que figuraría esplendoroso como admonición impreso en marcapáginas de regalo bibliotecoso, o, mejor aún, en los bolsillos de hojas de préstamo donde todavía existan.
No lo he visto referenciado en ninguno de los sitios al uso, y me chincha porque no recuerdo de dónde lo tomé: lo conservo copiado con la autora como único dato (igual algún compinche bitacorista me lo dilucida).
{_por_lo_bajini}Ah, como nadie comente este post yo me retiro a la paz de esos desiertos y allá se las compongan.
He dicho.{/_por_lo_bajini}
Es el libro prestado
casi objeto sagrado;
y aunque parezca engorro,
le debes poner forro,
pues el que te lo envía,
si no lo puso, fue por cortesía.
Ábrase con esmero,
léase muy ligero,
y luego, empaquetado,
con bien escrito sobre y bien dictado,
haz la devolución,
pues por falta de buena dirección
un criado aturdido
deja un libro perdido.
Pero es lo preferente,
y te lo recomiendo eficazmente,
que aun siendo in folio, como puede ser,
no se eternice el libro en tu poder
Marquesa de Pardo de Figueroa
¿Biblioficciones por partida doble, metabibliografía fantástica...? Ahora mismo estoy espesito y no sé qué nombre asignarle a esto que acabo de encontrar gracias a élla.
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P.S. (5/9/04): catorze lo vio primero y Andrea le dio el mot juste: "investigación bibliográfica creativa". Sí que estabas espesito, Iulius, sí que sí...
"Todas las taxonomías son, en esencia, filosóficas. Cualquier sistema bibliotecario, ya sea por tamaño o el sistema Dewey, representa una visión formalizada de cómo se estructura el mundo, de cuáles son los puntos de vista óptimos entre la mente humana y la totalidad fenomenológica."
STEINER, George. "Después del libro, ¿qué?" En: Sobre la dificultad y otros ensayos. México: Fondo de Cultura Económica, 2001. 307 p. ISBN: 968-16-6116-8
CRESPI, Giuseppe Maria (1665 - 1747)
"Estanterías con libros de música"
COMENTARIO BIBLIOTECOSO
El pintor: Crespi, Giusseppe Maria. Bolonia, 1665 1747. Pintor e ilustrador boloñés. Llamado Lo Spagnuolo, es el artista boloñés más original de su época: autor de obras religiosas, mitológicas y de género, en ellas reacciona y rompe con la tradición académica en la que se había formado al introducir violentos efectos de claroscuro, sobre todo en sus pinturas de género. Sus obras se caracterizan por unos atrevidos efectos de luz, así como por unas figuras poderosas en sus movimientos.
El cuadro: Esta pintura es una de las más exquisitas naturalezas muertas de la pintura italiana del siglo XVIII. Los dos anaqueles están repletos de volúmenes sobre música y partituras con aspecto de ser consultados frecuentemente. Esta pintura fue probablemente un encargo de Giovanni Battista Martini, un famoso musicólogo boloñés (como boloñés era el propio pintor) reputado en toda Europa como crítico musical.
El género pictórico: Además de una naturaleza muerta, este cuadro es representativo de un género pictórico curioso: el trampantojo (o trompe l'oeil): cuando la pintura engaña al ojo creando una ilusión de tridimensionalidad: el cuadro está pintado con una técnica muy realista, y sus dimensiones son las que tendría una estantería real, así que, a primera vista al menos, no podrá menos que confundir nuestra vista pareciéndonos que lo que hay en la pared es una estantería real con libros reales.
La encuadernación: Todos los volúmenes retratados sin excepción están encuadernados en pergamino: esta encuadernación era la más modesta para la época, la común (como hoy la encuadernación en rústica), frente a las encuadernaciones en pieles nobles, en "pasta" o "badana". Esto nos habla también de que nos encontramos ante libros de uso, de consulta profesional, y no ante una colección de prestigio o de bibliófilo.
Disposición de los libros: La disposición de los libros ya no difiere de la habitual hoy día: los libros colocados verticalmente en estantes y con el lomo hacia fuera. Como hemos visto, aunque hoy nos parezca de lógica, tal manera de colocar los volúmenes y tal mobiliario son más modernos de lo que nos pudiera parecer.
Títulos en los lomos: En el caso de encuadernaciones más cuidadas, el título del lomo lo ponía el encuadernador con dorados, utilizando hierros para cada letra y pan de oro, pero en el caso de las encuadernaciones en pergamino, los títulos de los libros eran caligrafiados a mano, como estos que vemos en el cuadro.
La ordenación de los libros: La ordenación de los libros (todos ellos reales y de los cuales podemos leer los títulos), responde a consideraciones de uso de su dueño y no a ninguna clasificación: vemos que los libros de los estantes superiores están cuidadosamente ordenados y colman la capacidad del estante: al ser los más altos, de más difícil acceso, debían ser quizá los menos consultados por su dueño (aunque son los más gruesos, quizá fueran libros de referencia que el dueño apreciaba y gustaba de tener bien colocados). Según bajamos estantes los libros aparecen más desordenados, colocados como al azar (debían de ser de consulta muy frecuente) y aparecen anotaciones del dueño de la librería (papeles pautados con música manuscrita). En el estante inferior vemos incluso objetos de uso cotidiano para el dueño, como la pluma y el tintero o un cuaderno de notas abierto aún por la última anotación o consulta.
Carl Spitzweg (Munich, 1808-1885)
"El ratón de biblioteca"
COMENTARIO BIBLIOTECOSO:
Bibliotecas para eruditos: aunque el siglo XIX representa en el mundo anglosajón el inicio de las bibliotecas públicas tal y como entendemos hoy este concepto, la imagen de las bibliotecas que predomina en esta época es la de un lugar dedicado sólo a los eruditos como nuestro "ratón de biblioteca", y con libros sólo a ellos destinados.
Los libros: los libros que podemos ver en esta estantería están encuadernados en rústica: en el siglo XIX es cuando el proceso de fabricación de los libros (papel, impresión, encuadernación), se industrializa y pierde su carácter artesanal.
Las clasificaciones temáticas: da la impresión de que los libros de esta biblioteca están ordenados según un criterio temático. Así en la cartela superior de esta estantería parece leerse Metafísica. El siglo XIX es la época en que surgen las grandes clasificaciones temáticas (aunque haya numerosos precedentes), como la de Cutter, la de Dewey... Aún hoy empleamos estas y otras clasificaciones temáticas para ordenar los libros en las bibliotecas públicas y universitarias.
El mobiliario: En las bibliotecas decimonónicas primaba el aspecto "de prestigio" que debían tener sobre la comodidad de los usuarios que las consultaran: en esta biblioteca podemos ver un globo terráqueo y probablemente haya más artefactos de este estilo, así como librerías de madera tallada, pero no parece que haya siquiera una mesa de consulta apropiada, y al "ratón de biblioteca" ya le están faltando brazos...
La decoración: Desde el siglo XVII, la sala de la biblioteca se acostumbraba a amueblar con instrumentos científicos y técnicos (como el globo terráqueo que podemos observar en la imagen), con colecciones de curiosidades o numismáticas... La biblioteca es el lugar del saber y la erudición. Los techos solían estar decorados con pinturas al fresco, alegorías de las artes y las ciencias (si nos fijamos, el techo de la biblioteca de la imagen parece estar pintado).
Las estanterías: en esta época, la disposición de las estanterías es invariablemente la que podemos apreciar en el cuadro: arrimadas a la pared cubriendo cada metro de la sala. Esta disposición empieza a hacerse habitual sólo en el siglo XVII, siendo la biblioteca de El Escorial una de las pioneras. Parece en principio una disposición lógica y aún se usa en bibliotecas para las salas de lectura, aunque para el grueso de la colección, ya sea abierta al público o no, se usan otro tipo de disposiciones (las estanterías perpendiculares a la pared y dispuestas en paralelo dejando pasillos en medio para las colecciones de libre acceso) y de estanterías (tipo "compacto" para los almacenes) que permiten un mejor aprovechamiento del espacio y nos permiten un acceso más sencillo que al pobre erudito de la imagen, en visibles apuros.
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Me han animado y asesorado en deakiallí para publicar imágenes en bibliotecosas que conformen una nueva sección: bibliotecas en el arte... así que ya no me valían alivíes. Éllas tienen la culpa.
Para empezar he aprovechado una imagen que ya tenía comentada con otros fines y en otros lares; respetaré mis comentarios, pero conste que no fueron perpetrados para un público bibliotecoso... ni siquiera bibliotecoide.
Ah, si gustan habrá más: luego no digáis que no avisé...
Que Barbol es un estilista del blog supongo que es un secreto a voces que no descubro a nadie a estas alturas y del que he sido el penúltimo en enterarse. Me encanta la forma en que, para orgullo mío y envidia ajena, ha citado un par de veces los textos que reseño aquí, enlazando al artículo completo de la forma más lógica y sintética posible: en los puntos suspensivos... ¿es posible mayor economía de medios?
Menos es más...
Un post en véaseademás, de esos que dan que pensar, me ha hecho revolver librejos para recuperar una referencia que viene a demostrar lo fino que hilaba Andrea.
Melvil Dewey, el insigne prócer bibliotecoso, va a resultar que tiene, a lo que parece, su reverso tenebroso (cf. este artículo mismamente: explotación laboral, negocios dudosos, racismo, abuso sexual...). Hay una novela que se hace eco de estas flaquezas non-sanctas del personaje. Probablemente encontraremos ocasión de hablar de ella aquí, por hoy baste decir que el protagonista es bibliotecario de una biblioteca pública estadounidense y que dedicó su juventud de estudiante a investigar la biografía de Dewey. Hemos entresacado el siguiente diálogo:
[...]
- El artículo que escribí trataba de la apropiación por parte de Dewey del sistema de taquigrafía de Lindsley. Al profesor Sharansky le gustó suficiente como para presentarlo a un premio y, lo crea o no, gané. Conseguí una pequeña beca de viaje para asistir a una conferencia nacional sobre biblioteconomía, donde me dieron unos gemelos como los que usaba Dewey. Cada uno tenía grabada una R sans serif en negrita, que significaba Reforma.
Jesson me miró las muñecas.
- No los llevo, no me los he puesto nunca.
- ¿Por qué?
- En una charla de la conferencia revelaron algunos detalles bastante desagradables sobre mi héroe. Yo ya conocía su chovinismo, por supuesto. En la facultad todo el mundo aprende que en sus esquemas de clasificación dedicó más espacio a asociaciones cristianas de jóvenes locales que a todo el budismo oriental. Lo que no sabía es que era un fanático. Resulta que creó un club privado y él mismo dictaba las normas de admisión: No se aceptarán bajo ningún concepto judíos o forasteros o tísicos o cualquier otra persona que pueda molestar a personas cultivadas.
- Parece como si el señor Dewey aplicara su patrón de clasificación a algo más que a los libros comentó Jesson.
- El conferenciante lo llamó el prejuicio DUI: Discriminación mediante el Uso de la Influencia. Por lo visto, Dewey, cuando no estaba persiguiendo a judíos o a negros, encontraba tiempo para fastidiar a sus colegas de sexo femenino. Incluso le demandaron por acoso, lo cual ya es decir, en 1906. El conferenciante distribuyó unas copias de los papeles del juicio e incluso proyectó una diapositiva del corsé de ballenas roto que una de las víctimas de Dewey aportó como prueba.
- Desde luego, su ídolo estaba muy ocupado.
- Ex ídolo. La conferencia me demostró que las erres de los gemelos significaban racista y raptor. No hace falta decir que yo me quedé deshecho. Había tomado a Dewey por algo que no era, un error que, según mi mujer, cometo a menudo. Opina que mis mayores fallos los tengo juzgando a la gente.
- ¿Aún los conserva?
- ¿Los fallos?
- Los gemelos
- No, los tiré. Los fallos son más difíciles de eliminar.
[...]
KURZWEIL, Allen. La gran complicación. Barcelona: Diagonal, 2001. 355 p. ISBN: 84-95808-23-4
¿Algún ámbito más propicio al flechazo que la biblioteca? Se admiten disensiones...
NEUMAN, Andrés. El tobogán. Madrid: Hiperión, 2002. 68 p. ISBN: 84-7517-727-1
CLAUDIA EN LA BIBLIOTECA
Rebuscas en los libros
con un extraño afán de jardinera.
Delicada y ansiosa, de perfil me pareces
distinta en ese modo de curvar las rodillas
y de tensar los muslos
debajo del vaquero;
muerte lenta
contemplar, sin tocarlo,
el pequeño tatuaje en tu cintura.
Será mejor sufrir que detallar los pechos:
¿quién se atreve a cruzar
los toboganes
que unen la palabra con su objeto?
Así que huyo
y finjo distracción;
si volvieras la vista a quien te escribe
desaparecerías, y es demasiado pronto.
Sigue leyendo, Claudia.
Haces bien en amarte.
Andrés Neuman
Un post en Bibliotekarios trae a colación a Cortázar y me obligo a buscarle hueco aquí al grandísimo cronopio.
Divagábamos hace bien poquito sobre bibliotecas de escala planetaria: la pura hipótesis se torna divertida y descabalada realidad ante la multiplicación de lo impreso en esta pequeña gran fábula.
FIN DEL MUNDO DEL FIN
Como los escribas continuarán, los pocos lectores que en el mundo había van a cambiar de oficio y se pondrán también de escribas. Cada vez más los países serán de escribas y de fábricas de papel y tinta, los escribas de día y las máquinas de noche para imprimir el trabajo de los escribas. Primero las bibliotecas desbordarán de las casas; entonces las municipalidades deciden (ya estamos en la cosa) sacrificar los terrenos de juegos infantiles para ampliar las bibliotecas. Después ceden los teatros, las maternidades, los mataderos, las cantinas, los hospitales. Los pobres aprovechan los libros como ladrillos, los pegan con cemento y hacen paredes de libros y viven en cabañas de libros. Entonces pasa que los libros rebasan las ciudades y entran en los campos, van aplastando los trigales y los campos de girasol, apenas si la dirección de vialidad consigue que las rutas queden despejadas entre dos altísimas paredes de libros. A veces una pared cede y hay espantosas catástrofes automovilísticas. Los escribas trabajan sin tregua porque la humanidad respeta las vocaciones y los impresos llegan ya a orillas del mar. El presidente de la República habla por teléfono con los presidentes de las repúblicas, y propone inteligentemente precipitar al mar el sobrante de libros, lo cual se cumple al mismo tiempo en todas las costas del mundo. Así los escribas siberianos ven sus impresos precipitados al mar glacial, y los escribas indonesios, etcétera. Esto permite a los escribas aumentar su producción, porque en la tierra vuelve a haber espacio para almacenar sus libros. No piensan que el mar tiene fondo y que en el fondo del mar empiezan a amontonarse los impresos, primero en forma de pasta aglutinante, después en forma de pasta consolidante, y por fin como un piso resistente, aunque viscoso, que sube diariamente algunos metros y que terminará por llegar a la superficie. Entonces muchas aguas invaden muchas tierras, se produce una nueva distribución de continentes y océanos, y presidentes de diversas repúblicas son sustituidos por lagos y penínsulas, presidentes de otras repúblicas ven abrirse inmensos territorios a sus ambiciones, etcétera. El agua marina, puesta con tanta violencia a expandirse, se evapora más que antes, o busca reposo mezclándose con los impresos para formar la pasta aglutinante, al punto que un día los capitanes de los barcos de las grandes rutas advierten que los barcos avanzan lentamente, de treinta nudos bajan a veinte, a quince, y los motores jadean y las hélices se deforman. Por fin todos los barcos se detienen en distintos puntos de los mares, atrapados por la pasta, y los escribas del mundo entero escriben millares de impresos explicando el fenómeno y llenos de una gran alegría. Los presidentes y los capitanes deciden convertir los barcos en islas y casinos, el público va a pie sobre los mares de cartón a las islas y casinos, donde orquestas típicas y características amenizan el ambiente climatizado y se baila hasta avanzadas horas de la madrugada. Nuevos impresos se amontonan a orillas del mar, pero es imposible meterlos en la pasta, y así crecen murallas de impresos y nacen montañas a orillas de los antiguos mares. Los escribas comprenden que las fábricas de papel y tinta van a quebrar, y escriben con letra cada vez más menuda, aprovechando hasta los rincones más imperceptibles de cada papel. Cuando se termina la tinta escriben con lápiz, etcétera; al terminarse el papel escriben en tablas y baldosas, etcétera. Empieza a difundirse la costumbre de intercalar un texto en otro para aprovechar las entrelineas, o se borra con hojas de afeitar las letras impresas para usar de nuevo el papel. Los escribas trabajan lentamente, pero su número es tan inmenso que los impresos separan ya por completo las tierras de los lechos de los antiguos mares. En la tierra vive precariamente la raza de los escribas, condenada a extinguirse, y en el mar están las islas y los casinos, o sea los transatlánticos, donde se han refugiado los presidentes de las repúblicas y donde se celebran grandes fiestas y se cambian mensajes de isla a isla, de presidente a presidente y de capitán a capitán.
CORTÁZAR, Julio. Historias de cronopios y de famas. Barcelona: Edhasa, 1998. 144 p. ISBN: 84-350-1512-2
Buenas salenas :O)