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bibliotecosas

el embrujo de las palabras de concha

Aún a riesgo de ponerme estupendo, me pueden las ganas de abrir este post con otra taxonomía bibliotecoide a saber:

Modos (que son grados) de empleo de las bibliotecas en la literatura

- Incidental: la biblioteca aparece sin más en algún texto o contexto literario, sin intencionalidad aparente.
- Ambiental: con afán de ambientación narrativa o poética.
- Argumental: la trama gira en alguna medida en torno a bibliotecas o bibliotecarios.
- Conceptual: el más escaso y el que más nos interesa aquí en bibliotecosas; la condición "bibliotecosa" es el verdadero motor narrativo o poético; el trabajo bibliotecario o la condición bibliotecaria de un personaje están profundamente, estructuralmente, imbricados con la obra literaria.

Como nos relamemos cada vez que, como hoy, podemos aportar un buen ejemplo de este último uso.

El estupendo relato que transcribo es obra de Concha Gómez Cadenas, que además de brindar su anuencia (gracias, Concha) promete "leer con interés vuestros comentarios" (ya estáis aprovechando la ocasión): para mayor amabilidad habrá que rebuscar en las hagiografías :O).
Muchas Gracias también a Juan José, en cuya página (del todo recomendable) hice el hallazgo: accedió al préstamo cordialmente e incluso hizo la gentil gestión de contacto.
Que ustedes lo pasen bien.

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EL EMBRUJO DE LAS PALABRAS


Empecé el libro por la noche. Pensaba leer poco, sólo una aproximación que dejara la ilusión preparada para el siguiente encuentro. Todavía me quedaban restos de la novela anterior. Esa sensación de no haber terminado del todo con ella que hace que me sienta por unos momentos como un amante infiel. Abrí por ello el libro nuevo con cierta condescendencia, perdonándole antes de empezar el que posiblemente no lograra entusiasmarme.

Estaba hojeando las primeras páginas cuando lo vi: en el sobre de la biblioteca, había una cartulina amarilla. Contenía el nombre de una chica, Eugenia Lázaro seguido de una serie de números e iniciales, códigos de títulos, supuse, para controlar los préstamos. Me entretuve mirándolos, curioseando si existía alguna periodicidad en las fechas, intentando averiguar qué representaban aquellos datos. En definitiva dándole forma a la pereza de empezar el libro. Por fin deje la ficha en su sitio y arranqué la lectura.

Olvidé la ficha con rapidez. La novela me arrastró y me vi de pronto envuelto en su trama. El libro era bueno, de lo mejor que había leído hasta entonces. Me lancé encantado a vivir su historia, entré sin notarlo en ese estado de comunión con las letras en el que pierdes la noción de todo tiempo distinto al narrado. Amanecía cuando obligado por la necesidad de cerrar un rato los ojos lo guardé en el maletín que uso para el trabajo. No me resignaba a separarme de él. Lo terminé durante el almuerzo al día siguiente, mientras el resto de compañeros salen a comer y repiten una y otra vez las mismas conversaciones. Volví a leerlo más detenidamente en lo que quedaba de semana. ¿Cómo podía haberme resistido tanto tiempo al encanto de Lolita? No era la primera vez que tenía en mis manos la obra de Nabokof, pero siempre por un motivo u otro había postergado su lectura, y ahora me resultaba fascinante. Cuando el lunes decidí, con gran esfuerzo, separarme de él y devolverlo, me acorde de la ficha. Se la entregue a la bibliotecaria excusándome por no haberla llevado antes.

Creo que ese día fue la primera vez que desvié la vista de los papeles y me fijé en ella. Detrás de las gafas que parecía usar para estar a tono con el lugar, había una chica que me observaba descaradamente, como creyéndose resguardada por esa armadura de concha marrón. Yo, como siempre, pretendía perder poco tiempo y llevarme otra fantástica novela. Pero en ese momento no se me ocurría ninguna. Me sentía aún atrapado por la historia que acababa de dejar y no podía concentrarme. Además la manera de actuar de aquella chica me tenía intrigado, diría más, me intrigaba y fastidiaba ante todo que manejara ese libro, ¡Mi libro!, con tanta familiaridad. Primero describiendo con los dedos círculos sobre sus tapas, cualquiera pensaría que cosquillas en el lomo de su mejor mascota y después entreteniéndose en pasar las páginas lentamente, como saludándolas con gestos cifrados, quizá algún guiño extrañamente deformado por las lentes.

Me dirigí, todavía molesto, a las estanterías donde se exponen las novedades. Nada me resultaba atractivo. A falta de mejor criterio estaba casi decidido a coger otro ejemplar del mismo autor, cuando pensé que pudiera ser que la persona a quien se nombraba en aquel trozo de cartón poseyera un gusto especial. Se me ocurrió como de broma que quizá fuese mi alma gemela y por tanto yo compartiría seguro sus apetencias. Por mantener un poco esa ilusión, busqué otro título de los que estaban incluidos en su lista. Únicamente recordaba algo como: Sal guar 444. Tras un rato de frustrados intentos rastreando entre los anaqueles decidí pedir ayuda a la bibliotecaria. Por un momento barajé la posibilidad de darle alguna explicación que justificara mi demanda, pero lo descarté rápidamente. No se me ocurría nada coherente. De cualquier forma por la manera de mirarme entendí que sabía de donde había obtenido yo esos datos. Cuando me entregó “el guardián entre el centeno” de Salinger, sonreía de una forma cómplice.

En el mismo momento en que este volumen pasó de sus manos a las mías me invadió una gran ansiedad. Necesitaba inspeccionar su contenido. No podía esperar. Me senté en el primer banco que encontré, enfrente del mostrador de revistas muy próximo a la mesa donde ella trabajaba, y empecé a leer. No me gusta hacer esto, normalmente prefiero separar aquello que llevo a casa de lo que consulto allí. La lectura de una novela me parece un gesto más íntimo. Acababa de pasar la primera página cuando me vi obligado a dejarlo. Sentía todo el rato la mirada de la bibliotecaria siguiendo mi lectura, cerré el libro y me fui de allí. Confieso que me abrumaba pensar que pudiera interesar a una mujer. No soy una persona muy popular y acostumbraba a hacer una vida solitaria. Mis amigos o mejor dicho, mis compañeros habían optado por tratarme como a un lunático, una especie de monje al que deben obligan a trabajar de oficinista y que dedica sus horas libres a leer o a estudiar temas que nunca son de actualidad Yo me había acomodado a esta imagen y mis relaciones personales eran escasas, sin tener en cuenta las relaciones imaginadas que me hacían vivir algunos narraciones.

Terminé el segundo tomo esa misma noche. Aún no sé como pude contenerme para no ir inmediatamente a devolverlo y recuperar, de la forma que fuera, la ficha de Eugenia. Tan entusiasmado estaba que a duras penas esperé dos días saboreando de nuevo alguno de sus capítulos antes de volver a la biblioteca. Me atendió de nuevo la chica de las gafas. Armándome de valor le dije que los últimos prestamos me habían gustado mucho, que hacía tiempo que no leía nada tan de mi agrado y le pedí por favor que me dejara hojear la ficha de Eugenia. Hasta aquí todo resulto sorprendentemente fácil, demasiado fácil, pensé. La bibliotecaria no me dio las excusas que yo esperaba –Imposible, se trata de material de uso reservado, comprenda que es de carácter personal– para las que tenía preparados argumentos que intentaran convencerla. Curiosamente se mostró dispuesta a complacerme con la misma sonrisa del día anterior. Pero para aumentar mi perplejidad la ficha no estaba en su sitio. “Ni el más mínimo indicio de su paradero.” Recuerdo que dijo y esa frase me pareció sacada de un diálogo literario. De no recordar perfectamente como se la había entregado apenas unos días antes, hubiera dudado de su existencia y de la realidad de la escena que estaba viviendo. “Puede que se haya vuelto a quedar en alguna solapa.” Dijo y se ofreció a ayudarme a buscar algo bueno que llevarme. Me confesó que cuando le entregué la ficha, había estado un buen rato curioseando en ella y que recordaba varios títulos

Esta vez me llevé tres libros que tarde muy poco en leer. Reconozco que entonces estaba ya obsesionado, tanto por la lectura, que no dejaba de sorprenderme, como por la persona que la había seleccionado.

Llevaba varios días en los que apenas dormía, pasaba prácticamente la noche entera leyendo. Muchas mañanas el despertador me rescataba de una situación de semi-letargo, en la que ya no era capaz de reconocer las letras, pero tampoco dejaba de mirarlas. Si alguna de aquellas narraciones hubiera tratado sobre pócimas o embrujos, hubiese creído que me habían afectado por el mero hecho de leerlo. No, no eran cuentos de brujas. Eran relatos que variaban en su temática, en su estilo, en todo. Sólo coincidían en la capacidad de embrujarme. Decidí devolver los últimos ejemplares cuando esta situación empezó a ser preocupante por las consecuencias que tenía en el resto de mi vida. Cuando por ejemplo me dormí por tercer día consecutivo y mis tropiezos con el mobiliario de la oficina ya eran demasiados. Mis compañeros empezaban a murmurar o incluso a recomendarme unos días de descanso.

Tomé la decisión de volver a mi aburrida existencia y olvidar otras vidas que de alguna forma me habían poseído. Si era necesario abandonaría la narrativa y me dedicaría solamente a temas científicos, o sociales, o incluso políticos, cualquier cosa que me retornara al mundo normal, donde yo controlara mis pulsiones que serían mediocres y adaptadas al ritmo monótono y tedioso de mis días.

Por tercera vez en menos de un mes volví a la biblioteca.

Siempre estaba la misma bibliotecaria.

— ¡Cuánto tiempo! ¿Has estado enfermo?

— No... Vale, sí... Estoy algo cansado. Tengo que cuidarme –Respondí turbado.

— Bueno, perdona, Oye que si no te encuentras bien no te preocupes si no puedes devolver a tiempo algún...

— Ya ya –No la dejé terminar–.Yo hoy solo quería retornar estos –Le dije sintiéndome molesto por lo que para mí era demasiada intromisión.

— Lo siento, pensaba que aún estarías interesado por aquella serie...

— ¿Ha aparecido la ficha? –De nuevo le interrumpí bruscamente.

— No, pero yo, perdona, no sé, pensaba que podía ayudarte.

— ¿Ayudarme? –De pronto me volvía a parecer que aquella situación era irreal. Mi

confusión aumentaba por momentos. Dudaba entre el enfado o el agradecimiento.

— Te había preparado unos títulos de aquella lista... hice memoria... lo siento, no quería meterme donde no me llaman.

Ya no pude resistir. Necesitaba desahogarme con alguien. Descubrir algo sobre Eugenia.

— No, perdóname tú –dije haciendo un esfuerzo–. Agradezco tu interés. ¿Podemos quedar cuando termines y hablamos más tranquilamente. –Necesitaba salir y respirar aire fresco

No dudó al responderme.

— Vale, termino el turno dentro de dos horas.

Muy cerca de la biblioteca hay una cafetería tranquila. Esther –Así me dijo que se llamaba– me llevo allí. Yo había pasado un buen rato caminando y en ese tiempo había preparado la conversación, imaginando que llevaría la voz cantante. Sin embargo desde el primer momento fue ella quien tomó la iniciativa. Eligió sin dudar donde sentarnos y se ofreció a pedir las consumiciones. Por mi parte olvidé mi preparada actuación nada más verla salir de la biblioteca. Se había recogido el pelo de una forma distinta a la coleta estirada que usaba en el trabajo. Sujeto descuidadamente con una pinza en la nuca dejaba escapar casi media melena dándole un aspecto más informal y atractivo. Pero lo más llamativo era que se había cambiado las gafas sustituyendo las serias de montura marrón por un extraño modelo de dos colores, un ojo vestía de blanco y el otro de negro.

Había preparado dos nuevos tomos para mí. Se rió cuando le confesé mis temores. No le pareció nada extraño mi comportamiento, aunque cuando le conté mis fantasías sobre embrujos cambió bruscamente de tema.

— He estado investigando sobre Eugenia. ¿Sabes? Solo he encontrado dos personas que coinciden con los datos que me diste. Una de ellas es una niña de seis años, que es imposible que sea la que buscas. La otra no visita habitualmente la biblioteca, en cinco años sólo se ha llevado dos libros, y ninguno coincide con los de la lista.

— ¿Y tú por qué te has interesado tanto?

— Bueno, leí por primera vez a Nabokof cuando lo devolviste. Por la forma de dejarlo me pareció que te costaba desprenderte de él y sentí curiosidad. Me gustó mucho. Luego aquello que me contaste de la ficha y esa querencia por extraviarse. Demasiado intrigante, ¿No crees?. ¡Como para no intentar saber algo más de todo esto!.

— ¿Tienes entonces la ficha? –dije impaciente.

— No, y mira que la he buscado, lo único que he encontrado es las de esas otras dos Eugenias, la nuestra es como si no hubiese pasado nunca por la biblioteca.

— ¿Y esos de donde los has sacado? –Le dije señalando los nuevos ejemplares.

— Ya te lo expliqué –dijo, esta vez de manera cortante–. No pude evitar echar un vistazo en la ficha, curiosear... y estoy acostumbrada a retener estos códigos. Creo que sabría decirte todos los que hay en ella. Hoy he terminado de leer este. –Señaló un tomo que me había preparado.

— Aún así no entiendo...¿Cómo es que no los habías leído antes? Son libros magistrales.

— Supongo que como tú, porque nadie los había puesto en mi camino. O porque todavía me falta por conocer muchas de las mejores cosas que me esperan en la vida. –Dijo evitando mirarme a los ojos.

Esther solo tenía entonces 24 años, llevaba poco tiempo trabajando en la Biblioteca. Me contó que ella había pasado también muchas horas devorando aquellas historias y pensando en la relación que tenían con Eugenia y conmigo. Quise entender que me hacía responsable de trasmitirle aquella fiebre.

A esas alturas de la conversación yo me sentía totalmente confundido, por una parte Esther se mostraba segura, incluso desafiante cuando nombraba o señalaba los libros que llevaba y por otra, cuando me hablaba de su vida parecía una chica diferente, más bien recatada a pesar de su llamativo aspecto. Durante un rato me perdí pensando que aquellas gafas marrones que usaba en el trabajo parecían más acordes con la muchacha que en ese momento se justificaba por haberme abordado y por sentirse tímidamente ligada a Eugenia y a mí.

Volvimos a vernos muchas tardes más. Normalmente, yo la esperaba y nos quedábamos hablando hasta muy tarde. No dejaba de llamarme la atención su transformación. Nunca olvidaba cambiarse las gafas. Un día me atreví a insinuarle que no necesitaba resaltar su cara con esa armadura tan estrafalaria.

— ¿De verdad? En ese caso llévatelas, ya no me hacen falta –Y me pidió que se las guardara, que intentaría prescindir de ellas–. Realmente puede que no las necesite.

No entendí que quería decir, supuse que solo las necesitaba para leer.

— ¿Por qué quieres que te las guarde? ¿Tienen algún poder que hacer irresistible su uso? –Le dije bromeando.

— Bueno, es solo que me gustaría que las tuvieras tú.

No Insistí. Pensé que no me importaba realmente llevarme algo suyo, las pondría cerca del último libro que me acababa de proporcionar. De repente me agradaba la idea.

Desde ese día Esther sólo usaba las gafas marrones mientras estaba en la biblioteca, luego acudía a nuestra cita sin ellas, pero no por ello dejó de sorprenderme: Una tarde vino con los ojos pintados. Nunca la había visto maquillada. Se había trazado una gruesa línea negra enmarcando sus pestañas. Esta vez no hice ningún comentario, me sentía hipnotizado por aquella mirada.

Al principio seguíamos viéndonos en la cafetería, poco después nos trasladamos a mi casa. Para entonces ya había comprado todos aquellos títulos, eran uno de mis tesoros, como las colecciones que hacía cuando era niño. Esther lo enriquecía constantemente con sus opiniones. Pasábamos tardes y noches leyendo y comentando nuestros libros. El hecho de que Esther compartiera conmigo aquella obsesión me sirvió para retomarla de una forma menos acuciante. Incluso la fascinación que había sentido por Eugenia empezó a difuminarse, como cuando después de enamorarte de la protagonista de una novela, vas al cine y te quedas prendado de los ojos de la chica, y los mezclas con tu anterior sueño.

Seguramente el influjo de Esther empezó a notarse en mi comportamiento. Me seguía resistiendo a mantener largas conversaciones con las pocas personas que me rodeaban, pero empezaba a interesarme por ellas. Así me descubrí una mañana preguntando a mi compañera por sus hijos y mirando unas fotos que hasta hacía muy poco me habían parecido ridículas encima de su mesa. Me animaba incluso a participar en algún almuerzo y ese día tuve que contenerme cuando la compañera de las fotos me preguntó cordialmente si tenía alguna amiga (matizando la a final, de forma sugerente). Eludí darle una respuesta clara. Esta vez no pretendía mostrarme distante, pero no sabía como catalogar mi situación con Esther.

Mis sentimientos no tardarían mucho en aclararse: Una noche, Esther me pidió que la invitara. De nuevo ella tomaba la iniciativa. Yo, como siempre, había soñado y preparado mil formas de hacer avanzar aquella relación, pero nunca encontraba el momento adecuado. Supongo que temía que cualquier modificación en mi comportamiento la hiciera salir huyendo. Ese día como un estúpido no podía dejar de mirarla. No sólo me había dejado perplejo su propuesta, además su maravilloso aspecto me mantenía encandilado. La raya negra de los ojos perfectamente delineada, el pelo suelto, brillante y liso perdiéndose en su espalda y para mayor turbación los labios pintados como nunca, rojo intenso. –Desde luego, vamos primero a cenar –Atiné a decir y reaccioné a tiempo para sugerir el mejor restaurante que conocía. Ella lo corroboró encantada. De esta forma me encontré compartiendo una mesa en un rincón habitualmente reservado para otras parejas, donde yo nunca pensé que me sentaría. A pesar del magnífico escenario cenamos muy poco, pero eso si, bebimos más de la cuenta. Esther quiso brindar por algo mágico que nos unía, y yo la seguía atontado sin atender a aquellos misteriosos motivos de celebración. Solo pensaba en volver a casa y beberme esa boca que hablaba envolviendo las palabras en rojo y negro, rojo y negro... De la misma forma casi inconsciente que me había trasladado hasta allí volví a dejarme llevar para descubrirme como por arte de magia en el salón de mi casa. Esther inició la conversación tomando uno de aquellos libros. Se lo quité sin darle opción a continuar. Puede que fuera el alcohol, o la forma en que ella había estado apartándose una y otra vez el pelo de la nuca lo que hizo que por una vez me sintiera seguro y no la dejara hablar más.

Por la mañana me pidió que le devolviera sus gafas. Me hizo gracia su comentario –Ahora me tienes a mí –no hubiera podido pensar en nada más que en darle la razón. Esas gafas habían mantenido siempre su presencia junto a mi cama.

Desde ese día nuestras reuniones dejaron de ser tan literarias, bien es cierto que para entonces ya habíamos comentado varias veces la serie completa, y que empezábamos a creer que todo aquel asunto de la misteriosa Eugenia, había sido un buen motor de arranque, una romántica forma de reconocernos. Poco a poco fuimos dejando en un segundo, tercer, o cuarto término aquellas obras para centrarnos más en nosotros. Todos los días Esther acudía a mi casa cuando terminaba su jornada. Me encantaba encontrar los rastros de su presencia. Empezó dejando un poco de ropa. Enseguida el cuarto de baño se pobló de objetos femeninos y de un nuevo olor. La cocina fue tomada en una siguiente fase, cuando decidió de nuevo sorprenderme y me mostró llena de entusiasmo varias recetas dignas de la mejor celebración. Después empezamos a planear vacaciones en conjunto y ya por fin, a la vuelta de un viaje, nos pareció absolutamente normal que ella se mudara definitivamente. Si alguien me hubiese contado unos meses atrás que mi arraigada vida de soltero iba a convertirse sin ninguna resistencia en una estupenda convivencia me habría parecido una broma, o mejor un sueño. Ahora mi existencia se llenaba de razones para comportarme con la cordialidad que hasta entonces me había sido tan difícil mostrar, de hecho estaba deseando que aquella compañera que sembrada la mesa de fotos y que ahora ya incluía entre mis amigas, me preguntara algo sobre Esther para contarle detalles de su persona que a mí me parecían únicos y geniales. Como la forma de llegar a casa, llamándome nada más cruzar la puerta, con una alegría en la voz que me hacía creer siempre que entraba cantando. Fue fantástico el día que Esther apareció inesperadamente por mi oficina para concretar unos detalles del viaje que estábamos planeando. Me resultó tan sencillo y agradable presentarle a mis compañeros y en particular a Luisa, mi confidente, que me reproché no haberlo hecho antes. Recuerdo que me sentí como una persona verdaderamente importante, tan orgulloso estaba de ella.

Pero volviendo a Eugenia y sus títulos. No era un tema olvidado, hablábamos a menudo de aquellas narraciones, y aunque nuestra colección de novelas favoritas se había ampliada ostensiblemente aquellas que formaban parte de la ficha amarilla eran algo especial, diríase que éramos sus fieles cuidadores.

Habíamos reunido un total de nueve libros, algunos en ediciones especiales, estudios que desmenuzaban su contenido. Nosotros nos atrevíamos a enfrentarnos con especialistas para reparar cualquier daño que nos parecía que le pudieran hacer esas opiniones. Nos reíamos al darnos cuenta de las defensas tan emotivas que hacíamos –Déjalo ya Esther, que ni Nabokof, ni Lolita, ni Eugenia van a tener que sufrir estas críticas –Yo siempre incluía a Eugenia en la lista de agraviados, me sentía en deuda con ella. No la buscaba ya con aquella antigua obsesión, pero no podía resignarme a dudar de su existencia.

Me sorprendió cuando Esther se enfadó ese día y me acusó de pensar en Eugenia como en un ser mitológico.

— Si Eugenia apareciese no esperes que sea con forma de diosa, y ojalá que tenga más de cuarenta años, muchos más.

¿Celos? ¿Desde cuándo? Si Eugenia había sido como una hada madrina en nuestro encuentro. No entendía nada, aún así desde ese momento intenté no nombrarla ni incluirla en la conversación. Pero, literario o real, el personaje de Eugenia seguía allí. Habíamos asociado aquellos libros a esa persona y a su ficha extraviada.

Sin embargo poco después algo despertó de nuevo el interés por Eugenia. Esther logró descifrar el código de un último libro que completaría mi colección. En la relación que Esther había conseguido, aparecían unos datos que no coincidían con ningún ejemplar existente en la biblioteca y que después de buscar inútilmente abandonamos pensando que se trataba de un error, algo que seguramente ella no recordaba correctamente.

Esther localizó por casualidad un título que coincidía con aquel al actualizar los datos en el ordenador. Había un fichero viejo, que alguien había olvidado informatizar y entre unos pocos libros no devueltos apareció claramente la referencia de este. Consiguió así descubrir a su autor, que sorprendentemente era Eugenia Lázaro. Parecía imposible contactar con la editorial pero nada iba ahora a detenernos. Retomamos la búsqueda más excitados que nunca. Desempolvamos catálogos y listados, llamamos por teléfono o visitamos de nuevo comercios, librerías y hasta imprentas. Por fin dimos con ella.

Era una editorial que se dedicaba a facilitar la autopublicación de autores que no encontraban quien lanzara sus creaciones. El editor nos contó que hacían tiradas muy cortas de cien o doscientos ejemplares y que él intentaba ayudar en la distribución, aunque nos confesó que en este caso, no había puesto mucho empeño porque no le pareció que aquel libro mereciera la pena, y ciertamente apenas se vendió. No conocía personalmente a Eugenia porque toda la operación la habían hecho utilizando medios informáticos y ella había preferido mantener el anonimato. Nos facilitó un ejemplar y nosotros evitamos decirle que creíamos que había cometido un terrible error, que a nuestro juicio aquel libro sería una obra maestra, la culminación de una lista mágica.

El editor no se equivocaba. Nos defraudó terriblemente, aunque Esther al principio lo defendía, movida –pensaba yo– por la ilusión, o la esperanza de poner un broche final en mi tesoro, o para demostrarme que era capaz de defender a Eugenia a pesar de sus celos. De cualquier forma aquel fiasco hizo que Eugenia desapareciera definitivamente de mi vida. Siempre sospeché que en el fondo Esther se sintió ganadora en una guerra privada, había luchado honestamente y no por ello mostró ningún tipo de alegría ante la supuesta victoria.

Ese mismo año nos casamos, era algo que ya estaba planeado y que, al menos para mi, corría al margen y de forma preferente ante cualquier otro asunto. Y este mismo carácter ha seguido teniendo nuestra vida en común hasta el día de hoy.

Pero la historia no termina aquí. Muchos años después, una tarde en la que Esther no estaba en casa mientras ordenaba papeles y carpetas encontré un manuscrito con la letra redonda y clara de Esther sólo que firmado con el nombre de Eugenia. Era ni más ni menos que la pésima ultima novela de aquella lista.

Nunca supe de la afición de mi mujer por la creación literaria, ni se me ocurría que esto para ella fuera algo que le causara vergüenza y por tanto debiera de ocultar. Entendía todavía menos su relación con la historia que he contado, ni porqué incluía entre unas obras geniales uno supuestamente suyo y que podría salir mal parado en la comparación. Si lo que quería era que lo leyese hubiese sido más fácil pedírmelo de una forma más normal. Y ¿Por qué todo aquél enredo sí además ya había sido un fracaso en su intento de publicación?. Y lo que más roía mi cerebro era el por qué no me lo había contado después de tanto tiempo. No reconocía en estas imágenes a la mujer que vivía conmigo. Todo lo anteriormente relatado había ocurrido al menos diez años atrás de ese momento, y desde luego nos unían muchas más cosas que una lista de libros.

Decidí pedirle explicaciones cuando volviese y continué ordenando. El motivo por el que todavía no lo he hecho es por que después de este descubrimiento hice otro. Era un tomo que parecía infantil, con un título gracioso. “El embrujo de las letras”, y en cuya portada se veía a una bruja clásica de cuento con el pelo enmarañado y ropajes negros consultando algo entre volúmenes llenos de polvo y con una olla hirviente cerca, de donde salían entre bocanadas de vapor letras de caracteres antiguos. Era un dibujo que parecía hecho para niños, con un fondo muy colorista, y unas formas poco agresivas. Lo ojeé movido por esta portada tan sugerente, y descubrí que lejos de ser literatura infantil, se trataba de un ensayo que parecía serio y metódico sobre formas de seducción. Desde trucos sobre como escribir cartas al amado, hasta otros encantamientos y conjuros más complicados, usando para ello herramientas como las palabras, las letras, la tinta, y diferentes objetos relacionados con la literatura. No me sorprendió encontrar también las gafas bicolores ocultas detrás del libro.

Escondí todo lejos de donde lo había encontrado, y ahora terminaré de escribir y ocultaré también estos folios en otro sitio distinto pero donde pueda recuperarlos, por si algún día pierdo la memoria y confundo a Esther con Eugenia o necesito reponer el embrujo de las palabras.

Concha Gómez Cadenas
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7 comentarios

Iulius -

Gracias las que tú tienes, Concha :O)
No dejes de avisar cuando tengas más relatos (seguro que volverás a coger la pluma, seguro), aquí dejas algunos fans ;O)

Concha -

Muchas gracias por vuestros amables comentarios, ha sido un placer compartir este relato con vosotros. Mi relación con las bibliotecas-bibliotecari@s ha sido la normal, ir a menudo y pedir libros, siempre me ha parecido un espacio privilegiado, las personas que trabajan en estos sitios para mi tienen un misterio, como si de alguna manera participaran de la magía que yo al menos he encontrado en la lectura y un don, el de poder compartirla.
De nuevo, un placer y gracias.
Concha Gómez

Anónimo -

Muchas gracias por vuestros amables comentarios, ha sido un placer compartir este relato con vosotros. Mi relación con las bibliotecas-bibliotecari@s ha sido la normal, ir a menudo y pedir libros, siempre me ha parecido un espacio privilegiado, las personas que trabajan en estos sitios para mi tienen un misterio, como si de alguna manera participaran de la magía que yo al menos he encontrado en la lectura y un don, el de poder compartirla.
De nuevo, un placer y gracias.
Concha Gómez

Yavannna -

Maravilloso relato, sobre todo si lo lees pegada a la pantalla del ordenador detrás de un mostrador de biblioteca.
Fantástico!!!

Iulius -

me alegra que os haya gustado: el post es largo pero merecía la pena.
Gracias por vuestro feedback

Barbara -

Ha sido de estas historias que lees, que cuando te vienes a dar cuenta te encuentras a ti mismo con la boca abierta y los ojos pegados a la pantalla como si el hecho de estar así significara que no vas a termianr de leer nunca, como si no quisieras que se te escapasen ni una sola letra, ni una solo detalle.

JAIME -

Esther y Eugenia resultaron siendo la misma. Excelente relato que me transportó a los tiempos de Estudiante de la Escuela Interamericana de Bibliotecología de la Universidad de Antioquia. Allá quedó parte de mi historia. En la Biblioteca de la Escuela...con una bella bibliotecaria...LUZ AMPARO...
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