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el quejido de la biblioteca

Otra deliciosa ramoniana.

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EL QUEJIDO DE LA BIBLIOTECA

Precisamente entre los numerosos tomos que abrigaban las paredes de la biblioteca era enjugado todo ruido como si le hubieran aplicado una densa pared de papel secante.
Tan extraño era el fenómeno de aquel «¡ay!» que conmovía a veces la nave atestada, que el lector impenitente se había achacado a sí mismo aquel suspiro al que encapirotaba la flor de un «¡ay!».
Pero lo evidente, lo último, lo acabado de desglosar era aquel ¡ay! insistente, escape enfisemático de los pulmones de las hojas.
¿Quizás el reloj? Pero el reloj estaba parado como un almanaque de hacía años.
Las rendijas de las ventanas también suelen hablar, lanzando sutiles cosas a través de sus labios semicerrados. Las observé, pero sólo emitían hojas de papel de viento sin ningún ruido.

El ¡ay! fantasmal y verdadero era un suspirar de lechuza escondida.

¿Quizás en la lámpara, como escape de la luz que espera la noche con ansia de que llegue cuanto antes? Observé la dirección de la lámpara para poder apreciar si salía de su globo el suspiro y el ¡ay!
Al poco rato comprobé que no, que el ¡ay! suspirado brotaba de detrás de mí de entre los propios libros.

Repasé los títulos por si encontraba alguno tan sentimental que fuesen sus páginas las sensibleras, pero todos eran libros históricos y de heraldía.
El ¡ay! a intervalos desiguales y largos reaparecía como si contase las treguas de un aburrimiento o una tristeza muy humana.
No podía trabajar con aquella espera del ¡ay! al filo de cuya próxima exhalación se sentía siempre otro ¡ay! Ya me dediqué a vigilar aquel ¡ay!, a apostar que volvía.

No pudiendo más, me levanté y salí en busca del bibliotecario.
El bibliotecario escuchó mis observaciones, y, atraído por el misterio, se dirigió conmigo hacia la biblioteca. Él no había podido oír aquel ¡ay!, porque nunca hacía estancias largas en aquel sitio enrarecido del palacio.
Los dos guardamos silencio, y a poco surgió el ¡ay! entonado, que parecía escapar, aplastado como un pensamiento, de entre las páginas de un libro.
-Sale de aquí-dije.
El bibliotecario se acercó a aquel plúteo y tomando en sus manos un libro con algo de devocionario para la primera comunión, me dijo:
-Aquí está el secreto... Este libro está encuadernado con el descote de una dama a la que quiso mucho el viejo marqués...
El suspiro estuvo desaparecido mientras miramos el libro, acariciando la tersura de la encuadernación con algo de mano muerta. El ¡ay! se había replegado al sentir la indiscreción.


GÓMEZ DE LA SERNA, Ramón. Caprichos. Madrid. Espasa-Calpe, 1962. 229 p.
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2 comentarios

catuxa -

"Repasé los títulos por si encontraba alguno tan sentimental que fuesen sus páginas las sensibleras, pero todos eran libros históricos y de heraldía"... acaso los libros no sienten y padecen?

Buenisimo, ay!,

Yavannna -

No está mal libros que sienten y padecen... interesante
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