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bibliotecosas

Foucault en la biblioteca de todos los libros posibles

Recordábamos hace poco a Eco que recordaba a su vez cómo Paul Gudin, prefigurando a Borges en el XVII, calculó el número de libros posibles y el tamaño de la biblioteca que pudiera alojarlos. Si hemos de creer a Foucault, que se retrotrae a los relatos árabes medievales sobre el fin de la antigua Biblioteca de Alejandría, hay una solución más radical, tajante, de lógica inexorable e irreprochable, al dilema del tamaño de la hipotética biblioteca de todos los libros posibles: el procedimiento del tirano...

Hoy el espacio del lenguaje no está definido por la Retórica, sino por la biblioteca[...]
Las bibliotecas son el lugar hechizado de dos dificultades mayores. Los matemáticos y los tiranos, es sabido, las han resuelto (pero tal vez no del todo). Hay un dilema: o todos estos libros están ya en la Palabra, y hay que quemarlos; o le son contrarios, y también hay que quemarlos. La Retórica es el medio de conjurar por un instante el incendio de las bibliotecas (pero prometiéndolo para dentro de poco, es decir, para el fin de los tiempos). Y he aquí la paradoja: si se hace un libro que cuenta todos los demás libros, ¿él mismo es un libro, o no? ¿Debe contarse a sí mismo como si fuera un libro más entre los otros? Y si no se cuenta, ¿qué puede ser entonces, él, que tenía el proyecto de ser un libro, y por qué se omite en su relato, si pretendía hablar de todos los libros?[...]


FOUCAULT, Michel. "El lenguaje al infinito". En: Entre filosofía y literatura. Barcelona: Paidós, 1994. p. 191-192.

La elegante, mal que nos pese, tesis del tirano parece ser: la biblioteca de todos los libros posibles (bajo las condiciones de posibilidad impuestas por el tirano, claro) cabe en el espacio capaz de albergar el Corán...
¿Alguien da más con menos?

amor en la biblioteca

Una referencia pintiparada para los profesionales de las bibliotecas infantiles; y una pequeña delicia de poema con un encanto naif muy especial para el resto de nosotros.
Agradecidos estamos, de puro bien nacidos, a Jaime Humberto Medina, de la Universidad Libre Seccional Pereira, que nos puso sobre la pista desde Colombia, a Liliana Cinetto, la autora, que nos dio su amable permiso desde Argentina, así como a su editora, que no tuvo óbice en que lo reprodujéramos aquí.

CINETTO DE GONZÁLEZ, Liliana Cristina. Veinte poesías de amor y un cuento desesperado. Buenos Aires: Atlántida, 2003. 64 p. ISBN: 950-08-2765-4

AMOR EN LA BIBLIOTECA

Cuentan que cuentan que había
una vez una princesa
que vivía en un estante
de una vieja biblioteca.
Su casa era un cuento de hadas,
que casi nadie leía,
estaba entre un diccionario
y un libro de poesías.
Solamente algunos chicos
acariciaban sus páginas
y visitaban a veces
su palacio de palabras.
Desde la torre más alta,
suspiraba la princesa.
Lágrimas de tinta negra
deletreaban su tristeza.
Es que ella estaba aburrida
de vivir la misma historia
que de tanto repetir
se sabía de memoria:
una bruja la hechizaba
por envidiar su belleza
y el príncipe la salvaba
para casarse con ella.
Cuentan que cuentan que un día,
justo en el último estante,
alguien encontró otro libro
que no había visto antes.
Al abrir con suavidad,
sus hojas amarillentas
salió un capitán pirata
que estaba en esa novela.
Asomada entre las páginas
la princesa lo miraba.
Él dibujó un sonrisa
sólo para saludarla.
Y tarareó la canción
que el mar le canta a la luna
y le regaló un collar
hecho de algas y espuma.
Sentado sobre un renglón,
el pirata, cada noche,
la esperaba en una esquina
del capítulo catorce.
Y la princesa subía
una escalera de sílabas
para encontrar al pirata
en la última repisa.
Así se quedaban juntos
hasta que salía el sol,
oyendo el murmullo tibio
del mar, en un caracol.
Cuentan que cuentan que en mayo
los dos se fueron un día
y dejaron en sus libros
varias páginas vacías.
Los personajes del libro
ofendidos protestaban:
"Las princesas de los cuentos
no se van con los piratas".
Pero ellos ya estaban lejos,
muy lejos, en alta mar
y escribían otra historia
conjugando el verbo amar.
El pirata y la princesa
aferrada al brazo de él
navegan por siete mares
en un barco de papel.

Liliana Cinetto

¿¿¿Física y bibliotecas??? Entropía, Perec, Catorze y véaseademás

Nos participa Catorze desde véaseademás que, conforme a la ultimísima astrofísica, va a ser que los agujeros negros son bibliotecas...
Ganas me dan de postular un nuevo tema aquí en bibliotecosas: Física y bibliotecas o quizá Bibliotecas en la Física... Buscando avales para tal empresa, hallo sólo un literato:

"Una biblioteca que no se ordena se desordena: es el ejemplo que me dieron para explicarme qué era la entropía y varias veces lo he verificado experimentalmente".

PEREC, Georges. Pensar/Clasificar. Barcelona: Gedisa, 1986. 128 p. ISBN: 84-7432-255-3

(Seguiremos dando la gaita con Perec, escritor bibliotecoso donde los haya)

el ramón erudito

el ramón erudito

Al talento poliédrico y bienhumorado del gran Ramón casi ningún asunto le fue ajeno. Valga como muestra este jocundo relatín bibliotecoso (hoy algún pedantón al paño hablaría de "microrrelato" o algo así, género del que Ramón bien pudiera reclamarles la autoría).

EL LADRÓN ERUDITO

El ladrón se había dado cuenta de que el dinero estaba disimulado en algún libro de la biblioteca. ¡Pero había tantos!
Comenzó por los más altos y le fue ganando la apetencia de leer, la ansiedad de adivinar.
La casa era una casa de campo y estaba abandonada. Tenía tiempo para sus pesquisas.
Se adentró en las páginas escritas por los que prefieren escribir a robar y gastan en eso sus largas noches.
Él notaba que la realidad resultaba así más robada que por él mismo.
Hubo un momento en que sin haber encontrado los billetes estaba ya en los libros de las estanterías bajas, y entonces se sintió tan preparado que hizo unas oposiciones.


Ramón Gómez de la Serna

(Aquí debería ir la fuente: un ejemplar añoso y amarillo de la Colección austral que permanece, como el grueso del monto de mis librejos, en el domicilio paterno... Prometo actualizar este post con la referencia en cuanto la tenga)

P. S. (1/8/2004): lo prometido es deuda,
GÓMEZ DE LA SERNA, Ramón. Caprichos. Madrid. Espasa-Calpe, 1962. 229 p.

biblioficciones: la biblioteca del capitán Nemo

biblioficciones: la biblioteca del capitán Nemo

Puestos a hacer taxonomía, cabe quizá discriminar dos tipos de “Bibliotecas en la literatura” (o en la filosofía): bibliotecas “reales” que sirven de motivo, lugar o pretexto al texto literario (cf. la Biblioteca Pública de Los Ángeles añorada por Bukowski) y bibliotecas de ficción pura, invenciones dentro de la invención (cf. la Biblioteca de la Universidad Invisible de Ankh-Morpork en las astracanadas de Terry Prattchet): biblioficciones.
Una de las “biblioficciones” más inquietantes que conozco es la biblioteca del Nautilus: una colección cerrada, predeterminada en cuanto a número de volúmenes (12.000), unánimes estos en cuanto a encuadernación... ¿de qué es signo esta biblioteca? ¿de la inquebrantable determinación de su dueño y señor? ¿de sus inflexibles convicciones? ¿de su inexorable desarraigo de misántropo o, por el contrario, de su añoranza de exiliado?
Una biblioteca tan insondable como la personalidad del propio Nemo...

Era la biblioteca. Altos muebles de palisandro negro, con incrustraciones de cobre, soportaban en sus anchos estantes un gran número de libros encuadernados con uniformidad. Las estanterías se adaptaban al contorno de la sala, y terminaban en su parte inferior en unos amplios divanes tapizados con cuero marrón y extraordinariamente cómodos. Unos ligeros pupitres móviles, que podían acercarse o separarse a voluntad, servían de soporte a los libros en curso de lectura o de consulta. En el centro había una gran mesa cubierta de publicaciones, entre las que aparecían algunos periódicos ya viejos. La luz eléctrica que emanaba de cuatro globos deslustrados, semiencajados en las volutas del techo, inundaba tan armonioso conjunto. Yo contemplaba con una real admiración aquella sala tan ingeniosamente amueblada y apenas podía dar crédito a mis ojos.
-Capitán Nemo -dije a mi huésped, que acababa de sentarse en un diván-, he aquí una biblioteca que honraría a más de un palacio de los continentes. Y es una maravilla que esta biblioteca pueda seguirle hasta lo más profundo de los mares.
-¿Dónde podría hallarse mayor soledad, mayor silencio, señor profesor? ¿Puede usted hallar tanta calma en su gabinete de trabajo del museo?
-No, señor, y debo confesar que al lado del suyo es muy pobre. Hay aquí por lo menos seis o siete mil volúmenes, ¿no?
-Doce mil, señor Aronnax. Son los únicos lazos que me ligan a la tierra. Pero el mundo se acabó para mí el día en que mi Nautilus se sumergió por vez primera bajo las aguas. Aquel día compré mis últimos libros y mis últimos periódicos, y desde entonces quiero creer que la humanidad ha cesado de pensar y de escribir. Señor profesor, esos libros están a su disposición y puede utilizarlos con toda libertad.
Di las gracias al capitán Nemo, y me acerqué a los estantes de la biblioteca. Abundaban en ella los libros de ciencia, de moral y de literatura, escritos en numerosos idiomas, pero no vi ni una sola obra de economía política, disciplina que al parecer estaba allí severamente proscrita. Detalle curioso era el hecho de que todos aquellos libros, cualquiera que fuese la lengua en que estaban escritos, se hallaran clasificados indistintamente. Tal mezcla probaba que el capitán del Nautilus debía leer corrientemente los volúmenes que su mano tomaba al azar.
Entre tantos libros, vi las obras maestras de los más grandes escritores antiguos y modernos, es decir, todo lo que la humanidad ha producido de más bello en la historia, la poesía, la novela y la ciencia, desde Homero hasta Victor Hugo desde Jenofonte hasta Michelet, desde Rabelais hasta la señora Sand. Pero los principales fondos de la biblioteca estaban integrados por obras científicas; los libros de mecánica, de balística, de hidrografía, de meteorología, de geografía, de geología, etc., ocupaban en ella un lugar no menos amplio que las obras de Historia Natural, y comprendí que constituían el principal estudio del capitán. Vi allí todas las obras de Humboldt, de Arago, los trabajos de Foucault, de Henri Sainte-Claire Deville, de Chasles, de Milne-Edwards, de Quatrefages, de Tyndall, de Faraday, de Berthelot, del abate Secchi, de Petermann, del comandante Maury, de Agassiz, etc.; las memorias de la Academia de Ciencias, los boletines de diferentes sociedades de Geografía, etcétera. Y también, y en buen lugar, los dos volúmenes que me habían valido probablemente esa acogida, relativamente caritativa, del capitán Nemo. Entre las obras que allí vi de Joseph Bertrand, la titulada Los fundadores de la Astronomía me dio incluso una fecha de referencia; como yo sabía que dicha obra databa de 1865, pude inferir que la instalación del Nautilus no se remontaba a una época anterior. Así, pues, la existencia submarina del capitán Nemo no pasaba de tres años como máximo. Tal vez -me dije-; hallara obras más recientes que me permitieran fijar con exactitud la época, pero tenía mucho tiempo ante mí para proceder a tal investigación, y no quise retrasar más nuestro paseo por las maravillas del Nautilus.


(No dispongo ahora mismo de mi ejemplar de Veinte mil leguas de viaje submarino, un volumen de bolsillo de Bruguera al que le llueven las hojitas del uso, para la cita he utilizado la edición digital de librodot.com)

P.S.: alguien se ha dado un "paseo por las maravillas del Nautilus" y le ha sacado una fotito a la biblioteca de marras. Cortesía de librarianschic`s Fotolog :O)

Russell, filósofo bibliotecoso: la pesadilla del teólogo

Y seguimos vindicando a Russell como filósofo bibliotecoide de referencia.

No me corresponde el descubrimiento: hay varias direcciones en la web que recogen el relato, pero ninguna que yo sepa relacionada con la cosa bibliotecosa.
El trasunto no es en puridad bibliotecario, se trata más bien de un apólogo filosófico sobre la insignificancia humana a escala universal, o, como le gustaba decir a Borges demostrando familiaridad con Spinoza, sub specie aeternitatis.
Pero no podíamos obviar esta referencia: ¿dónde podemos encontrar si no una organización bibliotecaria a escala CÓSMICA? (ni en los mejores sueños de Otlet), ¿dónde podemos encontrar un bibliotecario globular con mil ojos y una boca, otro que es un dodecaedro, otro un octaedro con un ojo en cada superficie y una boca en una de ellas...?
En fin, sin más dilación, que ahí va con la fuente por delante para que no se me espante:

RUSSELL, Bertrand. Realidad y ficción. Madrid: Aguilar, 1967. 342 p.

LA PESADILLA DEL TEÓLOGO

El eminente teólogo doctor Thaddeus soñó que estaba muerto y se dirigía al cielo. Sus estudios le habían preparado y no tuvo ninguna dificultad para encontrar el camino. Llamó a la puerta del cielo y se encontró con un escrutinio más meticuloso de lo que esperaba.
Solicito la admisión- explicó- porque he sido un hombre de bien y he dedicado mi vida a la Gloria de Dios.
- ¿Hombre?- dijo el portero-. ¿Qué es eso? ¿Y cómo es posible que una criatura tan ridícula como tú haga algo para promover la Gloria de Dios?
El doctor Thaddeus se quedó perplejo. - No es posible que desconozcas al hombre. Debes saber que el hombre es la obra suprema del Creador.
- Lamento herir tus sentimientos- dijo el portero-, pero lo que dices es nuevo para mi. Dudo que nadie de los que estamos aquí haya oído jamás hablar de esa cosa que llamas "hombre". Sin embargo, puesto que pareces afligido, tendrás la oportunidad de consultar a nuestro bibliotecario.
El bibliotecario, un ser globular con mil ojos y una boca, bajó algunos de sus ojos hacia el doctor Thaddeus.
- ¿Qué es esto?- le preguntó al portero.
- Esto dice ser miembro de una especie llamada "hombre" que vive en un lugar de nombre "Tierra". Tiene la curiosa idea de que el Creador se interesa especialmente por ese lugar y esta especie. Pensé que quizá podrías ilustrarle.
- Bueno- dijo amablemente el bibliotecario al teólogo-, tal vez puedas decirme dónde está ese sitio que llamas "Tierra".
- Forma parte del Sistema Solar.
- ¿Y qué es el Sistema Solar?- preguntó el bibliotecario.
- Pues…- replicó el teólogo- mi campo era el conocimiento sagrado y lo que preguntas pertenece al conocimiento profano. No obstante, he aprendido lo suficiente de mis amigos astrónomos para poder decirte que el Sistema Solar forma parte de la Vía Láctea.
- ¿Y qué es la Vía Láctea?- preguntó el bibliotecario.
- Es una de las galaxias, de las que, según me han dicho, existen unos cien millones.
- Bueno, bueno - dijo el bibliotecario-. No esperarás que recuerde una entre un número tan elevado. Pero sí recuerdo haber oído antes la palabra "galaxia". De hecho, creo que uno de nuestros bibliotecarios auxiliares está especializado en galaxias. Llamémosle y veamos si puede ayudarnos.
Poco después se presentó el bibliotecario auxiliar galáctico, que tenía la forma de un dodecaedro. Era evidente que en otro tiempo su superficie había sido brillante, pero el polvo de los estantes le había vuelto mortecino y opaco. El bibliotecario le dijo que el doctor Thaddeus, al esforzarse por explicar su origen, había mencionado las galaxias, y confiaban en que sería posible obtener información al respecto en la sección galáctica de la biblioteca.
- Bueno…- dijo el bibliotecario auxiliar-, supongo que sería posible con el tiempo, pero como hay cien millones de galaxias y a cada una le corresponde un volumen, se tarda un poco en encontrar cualquier volumen determinado. ¿Cuál desea esta extraña molécula?
- Es la galaxia llamada Vía Láctea- dijo titubeante el doctor Thaddeus.
- De acuerdo- concluyó el bibliotecario auxiliar-. Lo encontraré si puedo.
Unas tres semanas después regresó y dijo que el fichero extraordinariamente eficaz de la sección galáctica le había permitido localizar la galaxia como la número QX 321.762.
- Hemos empleado a los cinco mil funcionarios de la sección galáctica en esta investigación. ¿Desea ver al funcionario encargado especialmente de la galaxia en cuestión?
Llamaron al funcionario, que resultó ser un octaedro con un ojo en cada superficie y una boca en una de ellas. Estaba sorprendido y deslumbrado al verse en una región tan brillante, lejos del umbrío limbo de sus estanterías. Se sobrepuso y preguntó con timidez: - ¿Qué desean saber acerca de una galaxia? El doctor Thaddeus se lo explicó:
- Quiero informarme sobre el Sistema Solar, una serie de cuerpos celestes que giran alrededor de una de las estrellas de su galaxia. La estrella en cuestión se llama "Sol".
- Hum- dijo el bibliotecario de la Vía Láctea-. Ha sido bastante difícil encontrar la galaxia precisa, pero encontrar la estrella precisa en la galaxia es mucho más difícil. Sé que hay unos trescientos mil millones de estrellas en la galaxia, pero mis conocimientos no me permiten distinguir una de otra. Creo, sin embargo, que cierta vez la Administración pidió la lista completa de los trescientos mil millones de estrellas y sigue guardada en el sótano. Si cree que merece la pena, emplearé a un grupo especial del Otro Lugar para que busquen esa estrella en particular.
Convinieron que, como la cuestión se había planteado y era evidente que el doctor Thaddeus estaba angustiado, eso sería lo mejor que podían hacer. Varios años después, un tetraedro muy cansado y desalentado se presentó ante el bibliotecario auxiliar galáctico y le dijo:
- Por fin he localizado esa estrella particular sobre la que se han pedido informes, pero no entiendo por qué ha despertado el menor interés. Tiene un gran parecido con muchas otras estrellas de la misma galaxia. Es de tamaño y temperatura medios y está rodeada por otros cuerpos mucho más pequeños llamados "planetas". Tras una minuciosa investigación, he descubierto que por lo menos algunos de esos planetas tienen parásitos, y creo que esta cosa que ha solicitado los informes debe ser uno de ellos.
Al llegar a este punto, el doctor Thaddeus rompió en un apasionado e indignado lamento: - ¿Por qué, decidme, por qué el Creador nos ocultó a los pobres habitantes de la Tierra que no fuimos nosotros quienes le incitaron a crear los Cielos? Durante mi larga vida le he servido con diligencia, creyendo que se fijaría en mis servicios y me recompensaría con la dicha eternal. Y ahora parece que ni siquiera tenía conocimiento de mi existencia. Me decís que soy un animalículo infinitesimal en un pequeño cuerpo que gira alrededor de un miembro insignificante de un grupo formado por trescientos mil millones de estrellas, que solo es uno entre muchos millones de tales grupos. No puedo soportarlo y ya no me es posible adorar a mi Creador.
- Muy bien- dijo el portero-. Entonces puedes ir al Otro Lugar.
En aquel momento se despertó el teólogo.
- El poder de Satán sobre nuestra imaginación durante el sueño es aterrador- musitó.

La biblioteca de todos los libros posibles... ...mmm... ...pues va a haber que trasladarla a otro planeta

La biblioteca de todos los libros posibles... ...mmm... ...pues va a haber que trasladarla a otro planeta

(En la imagen, Paul Guldin)
Pues eso nos cabe concluir a la vista de tamaño volumen.
Al parecer, llegó a ser casi un pasatiempo para los filósofos y protosemiólogos del XVII: el cálculo de la superficie necesaria para albergar una biblioteca de todos los libros posibles (previamente habían resuelto el problema del número de libros posibles, que no plausibles, claro). La cita es de Umberto Eco citando a Paul Guldin (en la misma obra se ofrece algún ejemplo más de estos cálculos de biblio-ficción, aún más vertiginoso):

En 1622, Paul Guldin había escrito una obra titulada Problema arithmeticum de rerum combinationibus (cf. Fichant, 1991, pp. 136-138), en la que había calculado todos los términos que se pueden generar con 23 letras, independientemente del hecho de que estuviesen dotados de sentido y fuesen pronunciables, pero sin calcular las repeticiones; el resultado era que el número de palabras (de longitud variable entre dos y veintitrés letras) superaba los setenta mil tallones (para escribirlas se necesitaría más de un cuatrillón de letras). Para podernos hacer una idea de este número imaginemos que todas estas palabras se escriben en libros de actas de mil páginas, de 100 líneas por página y 60 caracteres por línea: se necesitarían 257.000 billones de libros de registro de este formato; si hubiera que colocarlos en una biblioteca, cuya disposición, tamaño y condiciones de circulabilidad estudia Guldin por separado, y se dispusiera de construcciones cúbicas de unos 132 metros de lado, capaz de albergar cada una 32 millones de volúmenes, se necesitarían 8.052.122.350 bibliotecas de estas características. Pero, ¿qué reino podría contener tantos edificios? Calculando la superficie disponible en todo el planeta, ¡sólo podríamos colocar 7.575.213.799!

ECO, Umberto. La búsqueda de la lengua perfecta. Barcelona: Grijalbo, 1998. ISBN 84-7423-652-5

giacomo, colinas y waldstein

giacomo, colinas y waldstein

¿Cuántos bibliotecarios pueden preciarse de rebasar la centena de amantes?
Nuestro colectivo puede presumir al menos de uno -bien alto el pabellón bibliotecoso :O)-. Nos avala nada menos que el celebérrimo Giacomo Girolamo Casanova (1725-1798), que pasó los últimos años de su vida apasionada/apasionante como bibliotecario del Conde de Waldstein, redactando sus gloriosas Memorias entre registro y registro.
La anécdota la glosa el poeta Antonio Colinas en un poema exquisito y delicado. Los interesados tenéis una buena edición digital del poeta a cargo de la Fundación Juan March.
Ahí va el poema (ganas me daban de abrir un tema nuevo sobre "bibliotecas en el erotismo", no lo descarto...):

GIACOMO CASANOVA ACEPTA EL CARGO DE BIBLIOTECARIO QUE LE OFRECE, EN BOHEMIA, EL CONDE DE WALDSTEIN

Escuchadme, Señor, tengo los miembros tristes.
Con la Revolución Francesa van muriendo
mis escasos amigos. Miradme, he recorrido
los países del mundo, las cárceles del mundo,
los lechos, los jardines, los mares, los conventos,
y he visto que no aceptan mi buena voluntad.
Fui abad entre los muros de Roma y era hermoso
ser soldado en las noches ardientes de Corfú.
A veces, he sonado un poco el violín
y vos sabéis, Señor, cómo trema Venecia
con la música y arden las islas y las cúpulas.
Escuchadme, Señor, de Madrid a Moscú
he viajado en vano, me persiguen los lobos
del Santo Oficio, llevo un huracán de lenguas
detrás de mi persona, de lenguas venenosas.
Y yo sólo deseo salvar mi claridad,
sonreír a la luz de cada nuevo día,
mostrar mi firme horror a todo lo que muere.
Señor, aquí me quedo en vuestra biblioteca,
traduzco a Homero, escribo de mis días de entonces,
sueño con los serrallos azules de Estambul.

COLINAS, Antonio. Sepulcro en Tarquinia. Barcelona: Lumen, 1976.
68 p. ISBN: 84-264-2709-X

Bukowski en la biblioteca

Profundamente hermoso: profundamente humano. Conmueve más si cabe viniendo de quien viene: de una pluma bastante más vital que libresca. Debiera ser una referencia bibliotecaria principal sobre el tema, pero no veo que lo aludan por ahí. El poema es largo y no lo voy a citar in extenso, transcribo unos fragmentos para solaz y esparcimiento del que los lea. Por supuesto, la fuente por delante:

BUKOWSKI, Charles. 20 poemas. Ceriani, Cecilia (trad.), Santoro, Txaro (trad.). Madrid: Mondadori, 1998. 67 p. ISBN: 84-397-0204-3

EL INCENDIO DE UN SUEÑO

la vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles
ha sido destruida por las llamas
aquella biblioteca del centro.
con ella se fue
gran parte de mi
juventud.
…
la vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles
seguía siendo
mi hogar
y el hogar de muchos otros
vagabundos.
discretamente utilizábamos los
aseos
y a los únicos que
echaban de allí
era a los que
se quedaban dormidos en las
mesas
de la biblioteca; nadie ronca como un
vagabundo
a menos que sea alguien con quien estás
casado.

bueno, yo no era realmente un
vagabundo, yo tenía tarjeta de la biblioteca
y sacaba y devolvía
libros,
montones de libros,
siempre hasta el límite de lo permitido
…
siempre esperaba que la bibliotecaria
me dijera: “qué buen gusto tiene usted,
joven”.

pero la vieja
puta
ni siquiera sabía
quién era ella,
cómo iba a saber
quién era yo.
…
maravilloso lugar
la Biblioteca Pública de Los Ángeles
fue un hogar para alguien que había tenido
un
hogar
infernal
…
la vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles
muy probablemente evitó
que me convirtiera en un
suicida,
un ladrón
de bancos,
un tipo
que pega a su mujer,
un carnicero o
un motorista de la policía
y, aunque reconozco que
puede que alguno sea estupendo,
gracias
a mi buena suerte
y al camino que tenía que recorrer,
aquella biblioteca estaba
allí cuando yo era
joven y buscaba
algo
a lo que aferrarme
y no parecía que hubiera
mucho.

y cuando abrí el
periódico
y leí la noticia sobre el incendio
que había destruído
la biblioteca y la mayor parte de
lo que en ella había

le dije a mi
mujer: “yo solía pasar
horas y horas
all텔.
…

La paradoja del catálogo o del bibliotecario

La paradoja del catálogo o del bibliotecario

Debo confesar que la conocí en la versión del barbero, pero al parecer en la formulación original de Bertrand Russell (1872-1970), esta paradoja de gran influencia en el devenir de la Lógica en el siglo XX es conocida como la paradoja del catálogo o del bibliotecario. Su formulación es más o menos la que sigue: supongamos que soy el bibliotecario de una gran biblioteca (mucho suponer, de acuerdo); en esta biblioteca hay una sección de catálogos: algunos de estos catálogos se incluyen a sí mismos y otros no, así que decidimos elaborar un catálogo de todos los catálogos que no se incluyen a sí mismos... ¿debemos incluir nuestro catálogo (el que estamos elaborando) o no? Si lo incluimos, el catálogo incluirá una referencia errónea, por incluir un catálogo que sí se incluye a sí mismo (habremos creado una edición fantasma), pero si no lo incluimos, nuestro catálogo estará incompleto, no podrá ser el catálogo de todos los catálogos que no se incluyen a sí mismos (falta el nuestro).
¿Alguien da más sobre bibliotecas y filosofía?

Estrenamos logo con solera: un diseño con 200 añitos...

Estrenamos logo con solera: un diseño con 200 añitos...

Habemus logo.
En un principio a nadie va a parecerle un diseño sorprendente: se trata de un motivo puramente tipográfico y el estilo de letra no parece tener nada peculiar... ¿o sí?
En realidad se trata de un logotipo de recia raigambre libresca: ha sido compuesto con el tipo de letra creado y empleado por el ínclito impresor aragonés Joaquín Ibarra (1725-1785). Para quien le interese, esta hermosa fuente puede conseguirse gratuitamente aquí. El proyecto de recuperación de la tipografía de Ibarra para el mundo digital, lo tenéis descrito en esta dirección.
Sin desperdicio.
(En la imagen, portada del Salustio de Ibarra... según muchos el libro mejor editado de la historia de la imprenta española)

literatura y bibliotecas: ¿porqué no Pratchett?

literatura y bibliotecas: ¿porqué no Pratchett?

Hasta para los que se precian de conocedores, el tema suele agotarse en tres o cuatro citas reiterativas: El nombre de la rosa, Canetti, El Club Dumas y el no por consabido menos excelso poema de Borges. (pulsa para preciarte de conocedor)
Obviamos uno de los bibliotecarios mejor perfilados de la literatura: el abnegado bibliotecario de la Universidad Invisible de Ankh-Morpork, personaje fundamental en la desopilante serie de novelas de Terry Pratchett ambientadas en el inefable "Mundodisco". 150 Kg. de músculo peludo capaz de trepar estanterías como rascacielos y sacar el grimorio más alto con el pie. Es naranja. Su vocabulario se reduce a un único vocablo (y no es ¡¡¡sssshhhhhhhhhh!!!, sino "Ooook").
No le ninguneemos: argüirán que los bibliotecarios seguimos sin tener sentido del humor y, lo que es peor... igual se enfada :O)

Sí, bueno... es un orangután. ¿Algún problema?