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bibliotecosas: silva bibliotecaria de varia lección

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bibliotecosas: silva bibliotecaria de varia lección

bibliotecosas

Se muestran los artículos pertenecientes al tema bibliotecas en la literatura.

Un verso de Ginsberg

[...]
America why are your libraries full of tears?
[...]

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Allen Ginsberg (1926-1997)

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Vía Lautreamont

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Vida de biblioteca y de tristeza

 

Después de hojear con displicencia

nuevos y numerosos magazines,

algún libro de vieja y docta ciencia

páginas magnas y conceptos ruines,

 

cansado ya de la literatura,

de libros, de periódicos y estantes,

ambiciono la mágica aventura

que en el sendero aguarda a los errantes.

 

Vida de biblioteca y de tristeza,

de ensueños vanos, de esa gran pereza,

gris pajarraco de mirar sombrío,

 

no eres digna de mí, pues mi alma encierra

fuertes anhelos de cruzar la tierra,

y nostalgias insomnes del vacío.

 

Ernesto Albertos Tenorio

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Donne y la escatología bibliotecaria

John Donne (1572-1631), poeta, prosista y clérigo inglés, es un clásico de la literatura anglosajona bastante mal conocido por aquí. Sin embargo, es probable que muchos de nosotros pudiéramos citar unas líneas, o al menos una frase, de Donne (es más de lo que podríamos citar de tantos otros clásicos canónicos). Se debe al hecho de que Ernest Hemingway sonsacara un párrafo de las Devociones de Donne para encabezar una novela de singular fortuna cuya acción se enmarca en la guerra civil española, y, aún más, extrajera una frase de ese párrafo para darle título: Por quién doblan las campanas (y a la circunstancia de que la novela conociera una apreciable versión cinematográfica). La cita viene a ser más o menos de este tenor:

"Ningún hombre es una isla, completo en sí mismo. Cada hombre es un fragmento del continente, una parte del todo. Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, tanto si fuera un promontorio, como si fuera la casa de uno de tus amigos o la tuya propia: la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy unido a toda la humanidad, por eso nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti."

Seguro que muchos la recordabais casi literalmente. Es una reflexión tan noble y expresada en una forma tan hermosa que se hace difícil de olvidar.

Si retrocedemos un par de párrafos en esa misma meditación de Donne, nos encontramos con este otro símil, no menos digno y hermoso y que nos compete mucho más:

..."all mankind is of one author and is one volume; when one man dies, one chapter is not torn out of the book, but translated into a better language; and every chapter must be so translated. God employs several translators; some pieces are translated by age, some by sickness, some by war, some by justice; but God's hand is in every translation, and his hand shall bind up all our scattered leaves again for that library where every book shall lie open to one another."


Que viene a ser algo parecido a esto:

..."toda la humanidad es un único libro de un sólo autor; cuando un hombre muere, no se arranca un capítulo del libro, sino que se traduce a un lenguaje mejor; y todos los capítulos deberán ser traducidos de este modo. Dios emplea varios traductores; unos fragmentos son traducidos por los años, otros por la enfermedad, otros por la guerra, otros por la justicia, pero la mano de Dios está presente en todas las traducciones, y su mano volverá a encuadernar nuestras hojas esparcidas para esa biblioteca en la que todos los libros estarán abiertos los unos para los otros."

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P.S.: cada vez me cuesta más vencer la pereza para actualizar Bibliotecosas... esto no pinta nada bien :O(

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en mi pobre vida paria una buena biblioteca

Nairobi, 1976. A ritmo de tango, el cronopio universal añoraba en este poema la pequeña biblioteca de su piso del Barrio Rawson. Más detalles, foto de la biblioteca incluida, en esta web.

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RECHIFLAO EN MI TRISTEZA

Te evoco y veo que has sido
en mi pobre vida paria
una buena biblioteca.

Te quedaste allá,
en Villa del Parque,
Con Thomas Mann y Roberto Arlt y Dickson Carr,
con casi todas las novelas de Colette,
Rosamond Lehmann, Charles Morgan, Nigel Balchin,
Elías Castelnuovo y la edición
tan perfumada del pequeño
amarillo Larousse Ilustrado,
donde por suerte todavía
no había entrado mi nombre.

También se me quedó un tintero
con un busto de Cómodo,
emperador romano
cuya influencia en las letras
nunca me pareció excesiva.

Julio Cortázar, Nairobi 1976

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llorar por lo que sucedió hace miles de años

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[...] era inevitable que acabara oyendo o leyendo sobre los tres incendios de la biblioteca de Alejandría; dos accidentales, y el otro intencionado. Tenía nueve años cuando me enteré y me eché a llorar. [...]

Bradbury hablando de su inspiración para escribir Fahrenheit 451. Vía Maelmori

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La biblioteca de César Simón

LA BIBLIOTECA

Esta es la vieja biblioteca, que por extraños avatares de las guerras carlistas
vino a parar a este bajo techado de la cámara
-y el escritorio donde se firmaron sentencias de muerte-.
Existen tratados de metafísica,
cartularios, manuales de agricultura, poesías completas,
odas y dísticos, mapas con eolos y céfiros.
Paso vagamente las páginas. Y las cierro.
Los transporto del estante de la derecha al de la izquierda,
del de la izquierda al de la derecha;
saco de alguno de ellos recetas de un médico,
tarjetas enviadas por un confuso individuo a su mamá
desde Solingen. Voy a mirar los cepos.
Vigilo la parada del agua.
Hago café. Subo de nuevo hasta el desván. Me detengo
en el rellano. Olvidaba la llave,
la llave de la cripta, donde se amontonan las mecedoras.
He contemplado fijamente los libros. Están los gruesos,
los más gruesos, los crujientes, los blandos.
Fijamente los he contemplado, los blandos, los más blandos.
Los he vuelto a amontonar y arrojar en los cestos
una vez y otra, como medidas de áridos.
A veces me detengo junto a la biblioteca, esa es la verdad,
le doy algunas vueltas, manoseo su mapamundi,
Los Nueve años de vida errante, de Cabeza de Vaca,
el Fuero Juzgo.
Y los transporto del estante de la derecha al de la izquierda,
del de la izquierda al de la derecha.

César Simón

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SIMÓN, César. Una noche en vela: antología poética. Sevilla: Renacimiento, 2006. ISBN: 84-8472-193-0. 174 p.

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a las bibliotecas proletarias

En un par de días se cumplirá el LXXV aniversario de la proclamación de la II República Española. Uno contempla la Segunda República como la última utopía europea, el sueño social y algo ilustrado de quienes creyeron posible mejorar su país lanzando un pequeño ejército de maestros armados con bibliotecas humildes a cargo de improvisados bibliotecarios... Sirva de homenaje este Himno de las bibliotecas proletarias, una soflama de Alberti con la que acerté a tropezar en uno de los dioramas de la exposición de la BNE Biblioteca en guerra.

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HIMNO DE LAS BIBLIOTECAS PROLETARIAS

A luchar sin descansar,
trabajadores
¡Sí!
Que de la tierra y del mar
seremos vencedores.

A estudiar para luchar,
trabajadores.
¡Sí!
Que ni en la tierra ni en el mar
quedarán explotadores.

Y en el viento se sentirá latir
la bandera de la Revolución
¡Compañeros, uníos y seguid
la luz de los vencedores!

Y en el viento nuestra marcha abrirá
los caminos que van al porvenir
¡Proletarios, en pie para luchar
contra los explotadores!

A luchar sin descansar,
trabajadores
¡Sí!
Que de la tierra y del mar
seremos vencedores.

¡A estudiar para luchar,
trabajadores!

Acampemos bajo el sol
de las praderas
¡Sí!
Bajo la sombra y el temblor
de los montes y riberas.

Y a estudiar para saber
qué son los rios
¡Sí!
Qué son las nubes y el llover,
la luz, el aire y los fríos.

De los libros recoged y arrancad
letra a letra lo que nos lleve
al fin
¡Camaradas, llegó la pleamar
para la cultura obrera!

¡Todo es nuestro, las artes,
la razón de la ciencia,
la Historia Natural.

¡Proletarios, repetid la canción
de la primavera obrera!

Acampemos bajo el sol
de las praderas
¡Sí!
Bajo la sombra y el temblor
de los montes y riberas.

!Acampemos bajo el sol de las praderas!

Rafael Alberti

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Este bibliotecario de la figura enteca...

Este bibliotecario de la figura enteca,
de ojos adormilados y ridícula facha,
que con lecturas clásicas su cacumen empacha,
solemne y taciturno vive en la biblioteca.

Su faz descolorida parece una hoja seca,
que sólo se enrojece en cuanto se emborracha,
y andando entre los libros como una cucaracha,
se ha quedado ya el pobre con la cabeza hueca.

Marcha por las aceras con andares pausados,
saludando a las gentes con gestos estudiados,
que son un fiel trasunto de su pedantería,

y a veces, ante un grupo sentado en una banca,
en actitud de dómine, de improviso se arranca
con una perorata sobre filosofía.

Ernesto Albertos Tenorio

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Lo he capturado aquí (ojo, PDF) y me parece formidable :O)... Por lo visto el poeta (ignoro si de figura enteca) fue yucateca yucateco (me lo "apostilla" Magda :O)) y director de biblioteca, que ya son tecas ;O). Si alguno de los amigos mexicanos que paran por estos lares pudiera conseguirme un ejemplar de la obra cuyo asiento recojo debajo (en edición cualesquier), le quedaría sumamente agradecido :O)

ALBERTOS TENORIO, Ernesto. Cisnes negros, 1918-1949. Mérida, Yuc.: Edit. Club del Libro, 1949

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Vivían y me hablaban o Los bibliotecarios como seres humanos

"Estoy sentado en una pequeña habitación, una de cuyas paredes está totalmente cubierta de libros. Es la primera vez que tengo el placer de trabajar con algo que parezca una colección de libros. Puede que en total no sean más de quinientos, pero en su mayor parte representan mis propias preferencias. Es la primera vez, desde que iniciara mi carrera como escritor, que me hallo rodeado por un buen número de los libros que siempre ansiaba poseer. Sin embargo, considero que el hecho de que en el pasado haya realizado la mayor parte de mi tarea sin ayuda de una biblioteca fue más una ventaja que una desventaja.

Una de las primeras cosas que asocio con la lectura de los libros es la lucha que he debido librar para obtenerlos. No poseerlos, advierto al lector, sino tenerlos a mi alcance. Desde el momento en que esta pasión hizo presa en mi ser, no encontré otra cosa que obstáculos. Los libros que buscaba en la biblioteca pública siempre estaban cedidos, y, por supuesto, jamás tuve el dinero necesario para comprarlos. Obtener permiso de la biblioteca de mi barrio —tenía en esa época de dieciocho a diecinueve años de edad— para que me entregaran una obra tan “desmoralizadora” como The Confession of a Fool (La Confesión de un loco), de Strindberg, fue sencillamente imposible. En esa época los libros prohibidos para la gente joven eran decorados con estrellas —una, dos o tres— según el grado de inmoralidad que se les atribuía. Sospecho que todavía sigue este procedimiento. Ojalá sea así, porque no conozco nada mejor calculado para satisfacer el propio apetito que esta estúpida clasificación y prohibición."

[...]

Henry Miller (1950)

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Lo que precede son los jugosos párrafos iniciales del primer capítulo de la obra referenciada más abajo... El capítulo luce un título muy bien traído: Vivían y me hablaban.

A la fuente, que es lo pertinente :O)

MILLER, Henry. Los libros en mi vida. Madrid: Mondadori, 1988. ISBN: 84-397-1468-8

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P.S.: huys, me dejaba sin citar la dedicatoria de Miller:

A LAWRENCE CLARK POWELL
Bibliotecario de la Universidad de California
en Los Ángeles

Sin desperdicio la confesión del autor en el prefacio: "...le debo mi actual habilidad para contemplar a los bibliotecarios como seres humanos." :OD

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...queremos destruir las bibliotecas...

“Queremos destruir los museos, las bibliotecas, las academias de todo tipo, y combatir contra el moralismo, el feminismo y contra toda vileza oportunista y utilitaria."
Parece una boutade o un tagline, pero se trata del décimo “mandamiento” propugnado por Marinetti en el Primer manifiesto futurista (1909).

En fin, sabíamos ya que a los simbolistas los teníamos en contra... va a ser que los futuristas tampoco nos tienen querencia :O(
En general, me temo que para las vanguardias históricas, la identificación biblioteca / tradición / cementerio es un lugar común... Hay también corrientes filosóficas contemporáneas que contemplan las bibliotecas, archivos y documentos con cierta suspicacia (podríamos hablar de La arqueología del saber de Foucault o del Mal de archivo de Derrida...); por cierto, hace centurias que no posteo nada en Bibliotecas en la filosofía... muy mal, muy mal, muy mal: cerapio en conducta para el que suscribe ;O)
11/01/2006 13:13 Enlace permanente. bibliotecas en la literatura No hay comentarios. Comentar.

...a los libros de la biblioteca de Mantero...

Del mismo tenor que el de Martínez Sarrión (¿habremos descubierto un locus poeticus?) y, en mi opinión, igualmente precioso:

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A LOS LIBROS DE MI BIBLIOTECA

Sat mea sat magna est, si tres sint pompa libelli
quos ego Persephonae maxima dona feram
Propercio

Cuando muera, llevaros no podré
conmigo. Aunque en vosotros
aprendí tantas cosas,
jamás que a nadie permitieran
tener sus libros en el paraíso.
Pero yo, sin la fiesta
de nuestro asiduo diálogo de amor,
¿cómo podría ser yo mismo?
El paraíso, sin vosotros,
estará mutilado.

Y vosotros sin mí,
¿qué haréis sin mí, hijos míos?
¿Qué extrañas manos abrirán la luz
de vuestras páginas? ¿En qué
salones de irrisión acabaréis,
en qué antros callejeros
de mercader os brindará al tacaño?
Dispersa ya vuestra hermandad,
sollozaréis de soledad y frío.

Conmigo os llevaré.
Ya encontraré algún modo.
Por dejaros en la otra orilla
¿cobrará muchos óbolos Caronte?

Manuel Mantero

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MANTERO, Manuel. Equipaje: (2002-2004). Madrid: RD Editores, 2005. 220 p.

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P.S. (19/11/2005): Habemus locum: indubitable :O)... y de honda raigambre. José Antonio Millán pasó por aquí para apostillarlo. Indispensable la consulta de su anotación del 18 de octubre. ¿No es un lujo cuando alguien al que admiras pasa por tu casa para compartir un pedacillo de su saber? :O)

...de cómo poseer todo el conocimiento...

Vamos con un segundo post dominical, que luego me reconviene Catuxa (y con razón) porque no me prodigo...
Desde el principio de nuestra singladura, el tema de la biblioteca total, perfecta, ideal, se nos ha convertido en una especie de leit motiv, casi un telos... Hemos fatigado (que diría aquél) referencias sobre el tema en la literatura, la filosofía, la ciencia... a lo largo y ancho de la cultura. ¿Cuánto espacio ocuparía esa madre de todas las bibliotecas? ¿cómo se organizaría? ¿qué fondos la compondrían?
Y ahora... ¿precisaría albergar todos los libros posibles, o sólo los existentes? Y aún más: ¿y si bastara con sólo unos cuantos, una combinación equivalente al todo????

Esta última parece ser que tesis que apuntala el relato Lo que dicen los libros de Marcos Giralt Torrente, del que hemos ido entresacando el siguiente diálogo, que tiene lugar en la sala de lectura de una biblioteca de facultad.

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[…]
[…] me había puesto a hojear los libros desplegados en la mesa y que, no tanto porque aún me intrigara su desconcertante variedad como porque representaban un pretexto para llenar el silencio que se avecinaba, le pregunté cuál de ellos estaba leyendo.
[…]
- Supongo que no todos –añadí al ver que se alargaba demasiado en la contestación. Y luego, como matizando una frase que de pronto me sonaba indiscreta-: Supongo que no te interesarán todos por igual.
- ¿Leer? –inquirió al punto-. ¿Es que puedes tú leer todos los libros?
- ¿Todos los libros? […]
- Digo leer todos los libros en un sentido equivalente al que utilizaríamos para referirnos a un coleccionista de sellos –dijo tras unos segundos de espera-, a un coleccionista de sellos británico por ejemplo, que puede tener o anhelar tener, sin que en principio haya nada que se lo impida, un ejemplar de todos los sellos de la Commonwealth.
- Pero sabes bien que eso no es posible […]
- Sí, estoy de acuerdo –contestó él-. Aun así convendrás conmigo en que no deja de ser sino una imposibilidad sólo material. Insalvable quizá, pero material al fin y al cabo […]
[…] Lo mismo cabe decir de los cuadros de un pintor, de todos los cuadros pintados en un siglo y también, ¿por qué no de todos los cuadros que se han pintado en la historia, los que se conservan y no se han quemado o perdido […] Es sólo un problema espacial el que dificultaría reunirlos todos, un problema espacial y la voluntad, claro está, de pintores, coleccionistas y museos. Pero, dime, ¿ocurre igual con los libros?, ¿pueden leerse (no digo tener) todos los libros que se han escrito, todos los libros editados en español desde el siglo XVI?
[…]
No te esfuerces, nadie puede. Aun en el caso de que estuvieran todos a nuestra disposición, la vida es limitada y no tenemos tiempo; ni los mayores eruditos de quienes se dice que lo han leído todo, han tenido tiempo para tal cosa. En cambio –pareció dudar-, sí es posible obtener el conocimiento que nos proporcionaría esa lectura, por algo se dice que somos ángeles caídos. La dificultad no es de capacidad sino de procedimiento para adquirirlo, para recordar ese conocimiento.

[…] gasté una de esas bromas que se gastan cuando se siente la imperiosa necesidad de hablar pero no se sabe qué decir. Algo como que los japoneses no habían inventado todavía la píldora mágica con la que engullir los libros sin que haya que leerlos previamente […]

- La solución es la combinación de unos cuantos elementos. No necesariamente todos –dijo.
- No entiendo
- Ante la imposibilidad de todo –aclaró- la combinación de unos elementos concretos, únicos, debe dar un resultado similar al todo.
[…]
- ¿Quieres decir que piensas en una selección de lecturas, en cuáles son las lecturas apropiadas para llegar a saber acerca de todo?
[…]
- No me has entendido. No me refiero a adquirir el mayor conocimiento posible, sino a todo el conocimiento. No hablo de una simple selección de lectura, sino de los libros que combinados y en un orden determinado permiten alcanzar todo el conocimiento, no el que concierne en exclusiva a un materia o disciplina concreta, sino a todo ¿entiendes?
[…]
Poseo la combinación de los libros que me darán todos los libros. Poseo uno a uno y en su orden los libros que me permitirán alcanzar todo el conocimiento que me proporcionaría leer todos los libros, no sólo los escritos o traducidos en español, sino todos.
[…]

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Bueno, y éste es un buen punto para dejar la trascripción, que no se diga que aquí reventamos nada a nadie. Si el cuerpo os pide más tenéis, como siempre, la referencia aquí mismo:

GIRALT TORRENTE, Marcos. Entiéndame. Barcelona: Anagrama, 1995. 126 p. ISBN: 84-339-0992-4""

...a veces se leen mutuamente...

[...]
El libro me miró fijamente con ojos fríos y anotó algo en una de sus páginas.
-¿Qué vienen a hacer aquí? –preguntó entonces.
-Eso no lo sabemos –intervine yo-. Ni siquiera sabemos dónde estamos.
-¿De verdad? –preguntó el libro-. Entonces se los voy a decir. Se encuentran en el umbral de la biblioteca perfecta.
-¡Pero eso es excelente! –grité-. Desde hace mucho estoy buscando un libro, que...
-Tranquilo –interrumpió el libro-. Aquí hay miles de libros. En realidad están todos los libros que nunca han sido escritos. Hay libros de vidrio, de madera, de plumas y de agua, libros en forma de caballo, de cuerda o de hongo, libros triangulares, piramidales, libros redondos, libros con miles de hojas finas, libros que ni siquiera tienen hojas, libros que contienen todos los principios, los finales o la parte del medio del resto de los libros; en suma, se puede decir que todo lo que se imagina está escrito aquí.
-Suena impresionante –reconoció el poodle-. Entonces la biblioteca debe ser inmensa.
-La biblioteca se compone de salas heptagonales con siete puertas y setenta estanterías, y éstas tienen siete metros de altura y pueden cobijar unos setecientos libros cada una. Una habitación se agrupa con las otras sin ruptura, tal como los panales de miel. En el cielo de cada sala hay una cámara de vigilancia. Los habitantes de la biblioteca son exclusivamente libros. Ninguno tiene un lugar fijo. A veces se encuentran por ahí, otras por aquí.
-¿Y qué hacen los libros todo el día?
-Van de una habitación a la otra, se quedan en una estantería por un tiempo hasa que se aburren y siguen su camino. A veces se leen mutuamente. Pero eso no ocurre muy a menudo. Cada libro piensa de sí mismo que es el mejor. Hay una gran competencia entre ellos. De pronto sucede que se desgarran uno a otro. Pero habitualmente actúan con prudencia, porque saben que los estamos vigilando.
-¿Quién los vigila?
El libro se calló un momento. Después dijo en un murmullo:
-Earl Grey.
-Earl...
-¡Sschhsst! –chilló el libro-. ¡Silencio! Nadie debe pronunciar el nombre de nuestro Maestro, ¡ni siquiera pensarlo! Él es omnipotente, omnisciente y semejante a Dios. Nada le costaría destruirnos.
[...]
De pronto reinó un silencio sepulcral.
-Un día –continuó el libro-aduana-, nadie sabe a qué hora exactamente, el Maestro abrirá la biblioteca para escoger el libro más digno. Cada uno de los libros se esfuerza por ser el más digno, en las palabras, en su tema y en los pensamientos. Es que el Maestro sabe leer nuestros pensamientos, los lee igual que a los libros.
[...]

Gion Mathias Cavelty

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CAVELTY, Gion Mathias. Ad absurdum o Un viaje al laberinto de los libros. Barcelona [etc.]: Andrés Bello, 1999. ISBN: 84-89691-66-5

...de Meléndez Valdés a sus libros...

- ODA XXXIV -

A MIS LIBROS (- 1814)

Fausto consuelo de mi triste vida,
donde contino a sus afanes hallo
blandos alivios, que la calma tornan
plácida al alma,

rico tesoro, deliciosa vena
do puros manan, cual el almo rayo
que Febo lanza esclareciendo el orbe,
santos avisos,

donde Minerva providente cela
sus maravillas, monumento ilustre
del genio excelso que feliz me anima,
libros amados,

do de los siglos la fugaz imagen,
donde, natura, tu opulenta suma,
del seno humano el laberinto ciego,
quieto medito,

nunca dejéis de iluminarme, nunca
en mi cansada soledad de serme
útil empeño, pasatiempo dulce,
séquito grato.

Vuestro comercio al ánimo regala,
vuestra doctrina el corazón eleva,
vuestra dulzura célica el oído
mágica aduerme,

cual reverdece la sonante lluvia
al seco prado y regocija alegre
la árida tierra, que su seno le abre,
madre fecunda.

Por vos escucho en el aonio cisne
la voz ardiente y cólera de Ayace,
los trinos dulces que el amor te dicta,
cándido Teyo.

Por vos admiro de Platón divino
la clara lumbre; y si tu mente alada,
sublime Newton, al Olimpo vuela,
raudo te sigo.

En la tribuna el elocuente labio
del claro Tulio atónito celebro;
con Dido infausta dolorida lloro
sobre la hoguera;

sigo la abeja que libando flores
ronda los valles del ameno Tíbur;
y oigo los ecos repetir tus andias,
dulce Salicio,

viéndome así del universo mundo
noble habitante, en delicioso lazo
con las edades que en hondo abismo
son de la nada.

Nunca preciados, do la suerte, oh libros,
lleve mi vida, cesaréis de serme,
ora me encumbre favorable, y ora
fiera me abata,

bien me revuelva en tráfagos civiles,
bien de los campos a la paz me torne,
siempre maestros de mi vida, siempre
fieles amigos.

Juan Meléndez Valdés (1754-1817)

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Mi ejemplar:
MELÉNDEZ VALDÉS, Juan. Poesías. Madrid: Espasa-Calpe, 1991. ISBN: 84-239-7217-8. 324 p.

...la biblioteca del paciente del doctor inverosímil...

Que aquí somos ramonianos y lo llevamos bien a gala es algo que a nadie se le oculta… La bagatela ("¡Viva la bagatela!", que decía aquél) del día la hemos tomado esta vez de El doctor inverosímil, en ejemplar que referenciamos abajo :O)

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LA BIBLIOTECA

Parecía una araña seca, de esas que cree uno que se van a mover, pero que después se ve que están muertas. Él había tramado toda aquella colección de libros que le envolvían, y, sin embargo, estaba muerto en medio de ellos. A la araña le sirve por último de mortaja su propia tela.
- Doctor, doctor… Yo me siento seco por dentro, completamente seco… No puedo ni tragar un poco de saliva de vez en cuando, esa poca saliva que es como el petróleo de nuestra vida.
- ¿Es que lee usted mucho? ¿Es que se está usted hasta las altas horas de la mañana trabaja que trabaja?
- Le voy a ser a usted franco… No… Estoy aquí siempre, sí, pero descabezo muchos sueños sobre los libros, y, sobre todo, miro sus lomos como el viejo verde que va a ver muslos de bailarinas a los Kursales.
- ¿Qué calefacción tiene usted?
- Calefacción por agua caliente.
- Entonces no es eso… ¿Es usted casado y vive una vida de pequeñas ruindades y mezquindades al lado de su esposa?
- No. Tampoco… Yo no soy más que un viejo lector… He coleccionado mis libros y nada más.
- ¿Y qué otros síntomas siente usted?
- Yo sólo siento que me van enterrando los días, que la tierra y el polvo me envuelven, que la caspa del tiempo cubre mi cabeza y me abruma…
Por las vidrieras herméticas entraba, tiñéndose con los colores de los cristales, una luz viva morada y rubia.
Los estantes de las librerías eran muy hondos y se quedaban con toda la luz, con los ruidos, con las palabras. Era como opaca y sorda la habitación por causa de las grandes librerías.
No sé por qué, mirando las librerías ya tuve la sospecha de que de aquellos recodos oscuros procedía aquella enfermedad que iba desustanciando y arruinando al pobre viejo.
Me acerqué a los estantes y quité un montón de libros de su sitio. Detrás había la espesa pelusa del polvo, esa lana que da como los carneros.
- ¿Pero cuánto tiempo hace que no limpian esta biblioteca?
- Muchos años… Porque no dejo que lo hagan, porque me lo desarreglarían todo.
- Deje que lo desarreglen… Esas apretadas anginas que usted padece, esa sequedad, ese empolvamiento interior en que siente usted que va siendo enterrado, todo eso procede de este polvo sutil que hay detrás de las librerías… El polvo peor del mundo, el más maligno, el más fino, el que sabe colarse mejor en el alma y ahogarla como una polilla, como una carcoma imposible de extirpar.

Ramón Gómez de la Serna. 1921

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Mi ejemplar:
Gómez de la Serna, Ramón. El doctor inverosímil. Barcelona: Destino, 1981. ISBN: 84.233.1110.4. 239 p.

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Más ramonismos en bibliotecosas:

...un libro de Caballero Bonald, por ejemplo...

UN LIBRO, POR EJEMPLO

De parte a parte rotas, como un puente
baldío, hojas
que fueron luz, hoy yacen ciegas,
desprendidas del sueño al que se asían
bajo el ojo feliz que las juntara.

Germen de un día, qué rebelión urgente
volcó en el tiempo, en su precario hondón
de constante ruindad.
Las letras,
las palabras, rangos perecederos,
con su luz momentánea, con sus frágiles nudos,
perdidas ya en un rapto de sospechas,
nada proclaman, ningún deseo fundan,
envolturas de un aire sin su mundo.

El libro aquel reposa en la madera
podrida de los años, convive acaso oscuramente
con el ávido sueño que en su fe se reclina.
Qué movimiento borrascoso
surge implacable desde el semillero
que se aferra a sus bordes, qué trámites de olvido
reducen a indigencia cuanto fue patrimonio
de un combativo pecho que lo irguió con su vida.

Una mano lo toca y se estremece el tiempo.
Se escucha allá en su fondo el vibrante estupor
de las cautivas hojas impregnadas.
(El libro está viviendo en virtud de esa mano.)
Después, palabra tras palabra,
piedra tras piedra, empieza a derrumbarse.
Ya es un eco en lo oscuro: lentas
sombras lo arrasan, ácidos del vacío
lo contagian de cautelosa herrumbre,
de erosión que primero fue entereza.

Un libro es un amor: un sustantivo mundo.
Lo no existente allí se transfigura.
Y al fin de su codicia es sólo amago
de caduca verdad, barrunto de evidencias,
reconstrucción de indicios cercenados.
Sólo se salva aquel que ya nació intangible.

José Manuel Caballero Bonald

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Caballero Bonald, José Manuel. Somos el tiempo que nos queda. Barcelona: Seix Barral, 2004. ISBN: 84-322-0880-9. 540 p.

...la biblioteca particular de Caballero Bonald...

Éste me resulta particularmente hermoso, no sé bien porqué... tiene algo como de belleza decantada, aquilatada... espero que os guste al menos la mitad que a mí :O)

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BIBLIOTECA PARTICULAR

Comparecen los libros en lugares
anómalos, se juntan
con indolente asimetría:
un tropel
de vestigios locuaces,
pendencieros, irresolutos, lerdos.

He pugnado con ellos
durante muchos años: los he visto nacer,
durar, languidecer. Han resistido
intemperies, saqueos, turbamultas.

Algunos llevan dentro
la ponderada prueba de mi envidia,
los más el distintivo
incorregible de la decepción

Mi error fue abrir un día un libro.

(Jack London, The Sea Wolf)

José Manuel Caballero Bonald

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Mi ejemplar:
CABALLERO BONALD, José Manuel. Somos el tiempo que nos queda: obra poética completa. Barcelona: Seix Barral, 2004. ISBN: 84-322-0880-9. 540 p.

fuimos cual polvo de los anaqueles...

Bueno, son endecasílabos, sí, pero es difícil encontrar un soneto más alejandrino :O)

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Nunca preguntes por Alejandría
caravanero perdido en la arena
náufrago mustio de amor y de pena
tórrido el sueño y la noche fría

Lánzate en brazos de antigua teoría
Traza en el suelo las hipotenusas,
y ángulos rectos, placer de las musas,
ebrias de lógica y de geometría

Siempre vivimos para los papeles
fuimos cual polvo de los anaqueles
bibliotecarios de melancolía

Tarde se ha hecho para la frontera
nunca logramos salir hacia fuera
siempre estuvimos en Alejandría

Jesús Mosterín

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Siempre estuvimos en Alejandría. Julia García Maza (ed.). Madrid; Valencia: Asociación de amigos de la Biblioteca de Alejandría; Edicions Alfons el Magnànim, 1997. ISBN: 8479521848.

...como pájaros con sus alas plegadas...

BIBLIOTECA

Son como pájaros con sus alas plegadas
y su pico al aire, solitarios,
en fila sobre los anaqueles. Sueñan,
esperan años, siglos, como mendigos silenciosos,
con la mano extendida; quizá monjes,
acodados en su sillería,
para un solemne oficio, tantos libros.
No son sino papel cosido, letras, pero
no ha habido déspota en el mundo
que no haya temblado en su presencia, porque
los ojos son, la boca, el ánima,
de todos los muertos de la tierra.
Miran y miden tu estatura,
si aún no eres un hombre
y necesitas conversación con Descartes,
los "Pensées" y quizás Safo,
tantos y tantos otros, llama
viva, consolación, acogimiento,
en tu hora oscura. Escucha
entonces: Niccolò Maquiavelo
se vestía los trajes con que visitaba a los príncipes,
para abrirlos a la caída de la tarde; toma
tú una candela y ve a su audiencia
para que te acompañen tantas vidas.
¡Es tan corta la tuya!
¡Tan pequeña!

José Jiménez Lozano

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Siempre estuvimos en Alejandría. Julia García Maza (ed.). Madrid; Valencia: Asociación de amigos de la Biblioteca de Alejandría; Edicions Alfons el Magnànim, 1997. ISBN: 8479521848.

Rimbaud y el bibliotecario

El bibliotecario del colegio lo ignoraba (sería injusto exigirle tal capacidad de previsión), pero el chaval, prácticamente un niño, que tenía delante era tan precoz como genial; la anécdota, que en cualquier otro caso no hubiera trascendido por su trivialidad, hoy es, para nuestra desventura, historia de la literatura con mayúsculas...

Se trata del bibliotecario del colegio de Rimbaud, displicente y reacio a levantarse de su silla para buscar los libros que le solicitaba Arturito, y la anécdota está en la génesis del poema "Los sentados", escrito en 1871. Afortunadamente el poema se convirtió en una invectiva genérica contra el apoltronamiento (la palabra "bibliotecario" no se menciona, aunque Rimbaud mismo narró la bien conocida anécdota "inaugural"). En cualquier caso, colegas, y hasta que no consigamos aducir testimonios a favor, me temo que a los simbolistas los tenemos en contra :O(

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LOS SENTADOS

Costrosos, negros, flacos, con los ojos cercados
de verde, dedos romos crispados sobre el fémur,
con la mollera llena de rencores difusos
como las floraciones leprosas de los muros;

han injertado gracias a un amor epiléptico
su osamenta esperpéntica al esqueleto negro
de sus sillas; ¡sus pies siguen entrelazados
mañana, tarde y noche, a las patas raquíticas!

Estos viejos perduran trenzados a sus sillas,
al sentir cómo el sol percaliza su piel
o al ver en la ventana cómo se aja la nieve,
temblando como tiemblan doloridos los sapos.

Los Asientos les brindan favores, pues, prensada,
la paja oscura cede a sus flacos riñones
y el alma de los soles pasados arde, presa
de las trenzas de espigas donde el grano cuajaba

Los Sentados, cual músicos, con la boca en sus muslos,
golpean con sus dedos el asiento, rumores
de tambor, del que sacan barcarolas tan tristes
que sus cabezas rolan en vaivenes de amor.

––¡Ah, que no se levanten! Llegaría el naufragio...
Pero se alzan, gruñendo, como gatos heridos,
desplegando despacio, rabiosos, sus omóplatos:
y el pantalón se abomba, vacío, entorno al lomo.

Oyes cómo golpean con sus cabezas calvas
las paredes oscuras, al andar retorcidos,
¡y los botones son, en su traje, pupilas
de fuego que nos hieren, al fondo del pasillo!

Mas tienen una mano invisible que mata:
al volver, su mirada filtra el veneno negro
que llena el ojo agónico del perro apaleado,
y sudas, prisionero de un embudo feroz.

Se sientan, con los puños ahogados en la mugre
de sus mangas, y piensan en quien les hizo andar;
y del alba a la noche, sus amígdalas tiemblan
bajo el mentón, racimos a punto de estallar.

Y cuando el sueño austero abate sus viseras,
sueñan, sobre sus brazos, con sillas fecundadas:
auténticos amores, mínimos, como asientos
bordeando el orgullo de mesas de despacho.

Flores de tinta escupen pólenes como tildes,
acunándolos sobre cálices en cuclillas,
como a ras de unos gladios un vuelo de libélulas
––y su miembro se excita al rozar las espigas.

Arthur Rimbaud

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RIMBAUD, Arthur. Poesías completas. Prado, Javier del, tr. y ed. lit. Madrid: Cátedra, 1996. ISBN: 84-376-1465-1

Valverde tiene un lector invisible

el_lector_invisible.jpgEL LECTOR INVISIBLE

Ya he contado alguna vez que uno es visitante asiduo de la Biblioteca Pública. En pocos sitios me siento tan a gusto, tan en casa. Hablamos de un lugar para todos, lleno de civismo, de silencio y de libros, ¿qué más se puede pedir? Como quiera que el número de revistas que llegan es cada vez menor y las mesas están repletas de estudiantes con cara de ángel y convocatoria de septiembre, me decido por el "servicio de préstamos" y me voy con mi ejemplar puesto. Rara vez hago esto. Me cuesta mucho trabajo leer un libro que no es mío, sobre todo porque siempre leo con un lápiz en la mano (reminiscencia judía, según Steiner) y los surayados y las anotaciones me están vedados en el volumen ajeno. Si no tengo más remedio, recurro a algún amigo de confianza o, claro está, a la biblioteca. No siempre está uno en disposición de comprar todos los libros que quisiera y a cierta edad y unas cuantas mudanzas a la espalda, ya se conoce, por una parte, el peligro que corre quien almacena libros, y, por otra, que la mejor biblioteca privada no es la que tiene más ejemplares. De un tiempo a esta parte vengo notando una curiosa coincidencia ...

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Y por hoy he decidido que os veis monísimos con la miel en los labios (que os dejo con las ganas, vamos) :O)
El que quiera más (no se arrepentirá), que haga lo del cántaro, que vaya a la fuente:

VALVERDE, Álvaro. El lector invisible. Mérida: Editora regional de Extremadura, 2001. ISBN: 84-7671-642-7. 132 p.

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¿Aún con ganas de más?

Poesía:
VALVERDE, Álvaro. Mecánica terrestre. Barcelona: Tusquets, 2002. ISBN: 84-8310-786-4. 128 p.

Narrativa:
VALVERDE, Álvaro. Alguien que no existe. Barcelona: Seix Barral, 2005. ISBN: 8432212008. 240 p.

con Cernuda en este vasto cementerio del pensamiento

BIBLIOTECA

Cuántos libros. Hileras de libros, galerías de libros, perspectivas de libros en este vasto cementerio del pensamiento, donde ya todo es igual, y que el pensamiento muera no importa. Porque también mueren los libros, aunque nadie parezca apercibirse del olor (quizá abunda por aquí literatura francesa, con sus modas que sólo contienen muerte) exhalado por tantos volúmenes corrompiéndose lentamente en sus nichos. ¿Era esto lo que ellos, sus autores, esperaban?

Ahí está la inmortalidad para después, en la cual se han resuelto horas amargas que fueron vida, y la soledad de entonces es idéntica a la de ahora: nada y nadie. Mas un libro debe ser cosa viva, y su lectura revelación maravillada tras de la cual quien leyó ya no es el mismo, o lo es más de como antes lo era. De no ser así el libro, para poco sirve su conocimiento, pues el saber ocupa lugar, tanto que puede desplazar a la inteligencia, como esta biblioteca al campo que antes aquí había.

Que la lectura no sea contigo, como sí lo es con tantos frecuentadores de libros, leer para morir. Sacude de tus manos ese polvo bárbaramente intelectual, y deja esta biblioteca, donde acaso tu pensamiento podrá momificado alojarse un día. Aún estás a tiempo y la tarde es buena para marchar al río, por aguas nadan cuerpos juveniles más instructivos que muchos libros, incluido entre ellos algún libro tuyo posible. Ah, redimir sobre la tierra, suficiente y completo como un árbol, las horas excesivas de lectura.

Luis Cernuda, 1942

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CERNUDA, Luis. Ocnos; seguido de Variaciones sobre tema mexicano. Madrid: Taurus, 1979. ISBN: 84-306-4098-3. 151 p.
12/02/2005 10:05 Enlace permanente. bibliotecas en la literatura No hay comentarios. Comentar.

...la bibliotecaria no cree lo que ve: un usuario comiendo poesía...

COMIENDO POESÍA

La tinta corre por la comisura de mi boca.

No hay una felicidad como la mía.

He estado comiendo poesía.

La bibliotecaria no cree lo que ve:

sus ojos están tristes

y camina con las manos metidas en el vestido.

Los poemas se han ido.

La luz es tenue.

Los perros están en la escalera del sótano y vienen subiendo.

Sus ojos blanquean,

sus patas rubias arden como la maleza.

La pobre bibliotecaria patalea y llora.

Ella no entiende.

Cuando me arrodillo y le lamo la mano, grita.

Soy un hombre nuevo.

Le gruño y le ladro.

Y retozo con júbilo en la penumbra libresca.

Mark Strand

(Versión de Miguel Ángel Zapata en colaboración con Richard Ford)

a los libros de martínez sarrión

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A LOS LIBROS DE MI BIBLIOTECA

Durarán más que tú,
pero nadie
posará con más gusto su mirada,
aspirará su olor a papel viejo
preferible al perfume más sutil,
recorrerá sus lomos,
los abrirá con igual mimo,
descubriendo tesoros olvidados,
textos, recortes que los complementan,
volviendo a colocarlos con amor
en el sitio cabal, para encontrarlos
-milicia silenciosa y no violenta-
no en más de tres minutos.

Habrá de pasar tiempo,
dejadme imaginarlo,
hasta que se acostumbren a otras manos:
ojalá no sean ásperas con ellos.

Antonio Martínez Sarrión

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MARTÍNEZ SARRIÓN, Antonio. Poeta en diwan. Barcelona: Tusquets, 2004. ISBN: 84-8310-980-8. 163 p.

las afinidades electivas

Tengo que reconocer que mi benemérita escuela de biblioteconomía y documentación no me había preparado para esto: ¡clasificaciones por afinidades!

No recuerdo ni cuándo ni dónde di con la primera referencia sobre el tema: alguien citaba un título decimonónico, el Libro de etiqueta de Lady Gough del que no he hallado noticia ulterior. Este manual victoriano por lo visto aconsejaba, en aras del decoro, “que los libros de autores varones no compartieran nunca estante en la biblioteca de un buen cristiano con los escritos por mujeres, salvo, eso sí, que los autores estuvieran casados entre sí.” (tal es el tenor de la cita que tengo copiada) :OD

Esta admonición hoy mueve a risa de puro mojigata, aunque somos conscientes de que las clasificaciones, incluso las que se pretenden más asépticas, no pueden evitar ser hijas del tiempo que las alumbró.

En su día condené la referencia por anecdótica y no había vuelto a considerar la posibilidad de una clasificación por afinidades hasta que di con el espléndido texto con el que quiero despedir el año, sonsacado de un relato libroso cuajado de sorpresas como ésta que ya habrá ocasión de postear ;O)

(para mejor entendimiento del extracto: un personaje A le cuenta al narrador los intentos de Carlos Brauer –el verdadero protagonista del relato– de organizar su desbordante biblioteca; los entrecomillados corresponden a las palabras de Brauer citadas por A).

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...Cuando se tiene una biblioteca como la de Brauer el fichero es imprescindible. Un hombre puede conquistar muchas lecturas, pero un conquistador se halla obligado a administrarlas.
...”Lo peor de todo”, me comentó, “lo que más trabajo me lleva, es el tema de las afecciones.”
Fue la primera señal de que algo no marchaba bien. Aquí mismo, donde está sentado usted, una tarde me explicó el trabajo que le llevaba no juntar sobre un estante dos autores peleados. No se atrevía a colocar un libro de Borges al lado de uno de García Lorca, por ejemplo, a quien el argentino calificó de “andaluz profesional”. Tampoco una obra de Shakespeare junto a otra de Marlow, dadas las insidiosas acusaciones de plagio entre los autores, aunque eso lo obligara a no respetar los números seriados de cada volumen en su colección. Tampoco, desde luego, un libro de Martin Amis y otro de Julian Barnes, luego que los dos amigos se pelearon, o ubicar a Vargas Llosa junto a García Marquez.
Callé, le digo, con tristeza, las señales de que mi amigo sufría una alteración mental. Me explicó que trabajaba en un sistema de números fractales, lo suficiente abierto para permitir el cambio de ubicación de los libros según criterios dinámicos (nunca conjeturales, enfatizó), porque al fin de cuentas nada había más voluble que las valoraciones literarias. De modo que si hallaba atendibles razones que rescataban una obra del olvido, o conquistaba una afinidad con otros textos, cambiaba su disposición en los anaqueles...
“Durante siglos hemos utilizado un sistema pedestre”, dijo entonces, “insensible al orden real de las afecciones. Quiero decir que Pedro Páramo y Rayuela son dos obras de autores latinoamericanos, pero para seguir el camino de una es necesario ir a William Faulkner y la otra nos lleva a Moebius...”
Nunca logré visualizar cómo era el sistema de clasificación de Carlos porque debí internarme para someterme a una operación y dejé de verlo por varios meses. Pero amigos comunes me pusieron al tanto de que trabajaba en su fichero, dedicaba muchas horas al estudio de las matemáticas complejas y, para asombro de la mayoría, advertían en él no solo signos de agotamiento, también de locura.
...

DOMÍNGUEZ, Carlos María. La casa de papel. Barcelona: Mondadori, 2004. ISBN: 84-397-057-7. 110 p.

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...la pulcritud y el orden de los biblioratos...

Acabo de encontrarlo aquí y según lo leo lo posteo...

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El Acomodador de las Facetas

Tu trabajo es el de acomodador;
eres el Acomodador de las Facetas.
Eres el archivista prolijo
que ordena los archivos
de los estantes del cerebro.
Te apasiona la pulcritud y
el orden de los biblioratos.
Mil temas extraerían
los psicólogos de tus archivos.
Cualquier cerebro es un
Inmenso Archivo,
pero no todos los portadores de cerebros
son archivistas.
Muy pocos se atreven a
ordenar su propia biblioteca mental.
Hay volúmenes un tanto tenebrosos,
otros espantan por su incoherencia,
otros avergüenzan,
otros nos da gusto ordenarlos,
observarlos, limpiarlos, ponerles
títulos y fechas.
Yo me afianzo en mi mundo interno
y me alejo del externo.
Y todo lo que hay que hacer
y todo lo que debería hacer hoy
no me intranquiliza.
Por lo menos exijo el derecho
de ser un loco tranquilo,
que me dejen en paz,
tanto los decadentes como los progresistas
y los optimistas;
yo sólo quiero ordenar mi biblioteca.
Hay cientos de volúmenes sin catalogar,
otros me atrevo a mirarlos de a poco,
con cautela y sobriedad.
Que cada cual ordene su biblioteca,
y cuando esté ordenada que se
vaya a un parque a tomar aire
y a fumar un cigarrillo.

Esteban Costa

El contemporáneo, blog de Esteban Costa

...en donde se descubre un libro que leía los rostros de quienes pasaban sus páginas...

LIBROS

Un libro que después de una sacudida confundió todas sus palabras sin que hubiera manera de volverlas a poner en orden.
Un libro cuyo título por pecar de completo comprendía todo el contenido del libro.
Un libro con un tan extenso índice que a su vez éste necesitaba otro índice y a su vez éste otro índice y así sucesivamente.
Un libro que leía los rostros de quienes pasaban sus páginas.
Un libro que contenía uno tras otro todos los pensamientos de un hombre y que para ser leído requería la vida íntegra de un hombre.
Un libro destinado a explicar otro libro destinado a explicar otro libro que a su vez explica al primero.
Un libro que resume un millar de libros y que da lugar a un millar de libros que lo desarrollan.
Un libro que refuta a otro libro en el cual se demuestra la validez del primero.
Un libro que da una tal impresión de realidad que cuando volvemos a la realidad nos da la impresión de que leemos un libro.
Un libro en el cual sólo tiene validez la décima palabra de la página setecientos y todas las restantes han sido escritas para esconder la validez de aquélla.
Un libro cuyo protagonista escribe un libro cuyo protagonista escribe un libro cuyo protagonista escribe un libro.
Un libro, dedicado a demostrar la inutilidad de escribir libros.

Luis Britto García, 1970

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Grandes minicuentos fantásticos. Selección de Benito Arias García. Madrid: Alfaguara, 2004. ISBN: 84-204-0023-8. 318 p.

el orden en la biblioteca de Britto García

No va a ser el último artículo que dedicaremos a este maestro venezolano de lo breve, ni siquiera a este libro (vid. infra)...

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EL ORDEN EN LA BIBLIOTECA

En mi biblioteca sólo hay dos clases de libros: los que sé que tengo pero no aparecen, y los que aparecen sin que yo supiera que los tengo. No menciono volúmenes prestados, de los cuales ninguno regresa. Nunca los declaro difuntos hasta que su cadáver no es desenterrado en una biblioteca ajena. Hay tomos insurgentes, que cogen el monte de las estanterías y burlan todo operativo de captura. Hay los fantasmas, que se desvanecen. Hay los repetidos, que compré dos veces por no saber dónde tenía guardado el mismo título, o por ignorar que a pesar del título distinto era el mismo libro. Están los tímidos, que la sirvienta deja con el lomo contra la pared y se resisten a revelar su identidad. Hay las ediciones solteronas o vírgenes que por su prestigio debemos frecuentar pero cuya sola vista acongoja. Hay la inmensa mayoría de la que no se puede decir ni bien ni mal y que nunca volveremos a tocar porque no siempre es puerta de la luz un libro abierto: puede ser ventana hacia el fastidio o fosa de un prestigio inventado por la crítica. Hay en fin los eternos, que no es necesario tener en la biblioteca porque los lleva uno en el alma como cicatrices. Si llego a poner orden en mi biblioteca lo pondré también en mi vida. Entonces todo habrá concluido.

Luis Britto García

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BRITTO GARCÍA, Luis. Andanada. Barcelona: Thule ediciones, 2004. ISBN: 84-933734-2-7. 172 p.

...en donde Juvencio Valle agoniza en la biblioteca...

El escritor chileno Juvencio Valle (1900-1999) fue funcionario de la Biblioteca Nacional de Chile donde culminó su carrera como Director de Bibliotecas, Archivos y Museos durante el gobierno de Salvador Allende.

Púlsese para acceder al infrascrito y otros poemas de Juvencio Valle

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Me Muero Irremediablemente

Me estoy muriendo en una Biblioteca
entre libros en fila,
testigos filósofos del hecho;
libros que desde lejos me contemplan,
mudos por fuera,
pero por dentro llenos de elocuencia,
y a quienes digo:
un momento Jorge Manríque,
San Juan de la Cruz, espérame,
Perdóname, Quevedo.

Pidió mi muerte a plazos
el director del establecimiento,
la decretó el Ministro a ciegas,
y las paredes frías
quedaron silenciosas;
el techo de cemento
todavía no se viene abajo,
los mármoles del piso
parecen lápidas.

Oídlo por mi boca:
me muero día a día.
Que lo digan simultáneamente
mi compañero Alfonso Montenegro,
mi amigo Juan Cavada,
la señora Emma,
las tres Marías de la Biblioteca
las dos Zulemas.
Y también los más jóvenes,
desde hoy sentenciados
a morir con el libro en la mano.

El alma se me cae en los tinteros,
nado en un mar de fichas y papeles,
archivadores, cartas,
máquinas de escribir, feroces máquinas
de sumar y multiplicar congojas,
timbres eléctricos,
gritos del emperador doméstico,
números, oficios:
me falta el aire azul,
me ahogo irremediablemente.

Soliciten una junta de médicos,
traigan sus instrumentales los doctores,
alargadme una rama,
llamad a los bomberos.
Aquí se necesitan
brujas en una escoba,
exorcismos violentos,
uñas de la gran bestia,
amuletos o cruces
para espantar el diablo en esta casa.

Píldoras para la libertad perdida,
cuerdas de salvataje,
una ventana abierta al sur,
un caballo ensillado,
una ráfaga.

Venid con yerbas frescas
para mi mal de adentro;
necesito con urgencia una botica,
yo todo me lo tragaré de golpe:
mis días están contados
pero aún pudiera ser tiempo.

Poned un radiograma a los poetas,
que los colegas sepan la noticia,
que nadie ignore cómo me encarnecen,
un cable que escuetamente diga:
"por disposición del jefe de Servicio
—un malo de la cabeza—
a esta hora se está muriendo,
irremediablemente,
Juvencio Valle
en la Biblioteca Nacional de Chile".

Juvencio Valle
09/12/2004 12:56 Enlace permanente. bibliotecas en la literatura No hay comentarios. Comentar.

...una fanfarria por los bibliotecarios...

Un poema de encargo, a cargo del poeta local Edwin Morgan, para ser leído en la sesión de apertura del sexagésimo octavo congreso de la IFLA (Glasgow, 2002). Como no hemos sido capaces de hallar traducción española, aportamos una propia, de seguro pedestre y cuajada de errores (se agradecerán enmiendas -incluimos el poema original-). Podéis rastrear también notas aclaratorias a los versos.

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LA BIENVENIDA

Una fanfarria por los bibliotecarios, en verso-
Sin notas sin valor, ya florida o escueta-
Es lo que el poeta se compromete a entregar,
El alistador-de-palabras, el dador-de-ritmos.
Los libros han venido, se han marchado y han vuelto de nuevo,
Aunque algunos se escriban con una pluma virtual.
Conservad vuestros elzeviros, pero anotad también los títulos del catálogo de Pantagruel:
La gaita de los prelados, El padrenuestro del simio,
O cualquier otro monstruo de la lista.
Borges concibió la gran formación estrellada,
El universo, que no es sino una biblioteca.
Reunid y dominad sus infolios infinitos
Y podréis pensar que conocéis lo que nadie más conoce.
Lo queremos todo; el universo mismo
Se expande, ¡estanterías más allá de las estanterías que borbotean en el Hubble!
Estrellas que revientan -de información- -de acceso- al alcance de la mano
Estamos en el límite mismo de una estación espacial
En la que la ignorancia no es dichosa, sino drástica,
En la que las curvas de aprendizaje aprenderán a ser elásticas,
En la que debemos buscar, encontrar y utilizar las cosas
Que nuestro motor de búsqueda -¡Oh, tened paciencia!- nos trae.
Digitalizad un Libro de horas iluminado,
No es lo mismo, pero ahí esta, es nuestro,
Y los tiempos muertos hace tanto reviven y nos observan
Mientras interrogamos sus cálculos.
Páginas, cintas, discos o medios desconocidos
Reposan en espera por doquiera una luz se arroje,
Para extender esa luz y que así todos vean
E ingresen paso a paso en la inmensidad.

En Glasgow, Londres, Europa, en todas partes-
Las palabras del poeta pueden desvanecerse en el aire
Pero son palabras de bienvenida. Que vuestros congresos
Florezcan reforzados con los saludos del bueno y viejo Mungo.
Quizá os escucha, mientras ronca a orillas del Clyde,
Con el árbol, el pájaro, el pez y la campana a su lado.
Bueno, podéis hallar su historia en un libro,
En una biblioteca, si sabéis dónde mirar.
De la celda de Mungo al ciberespacio, la realidad
Es un tango de hipertextualidad.
Que tengáis un hermoso baile esta semana, que liberéis
Vuestros tesoros-de-palabras, que traigáis vuestros corazones y vuestro surtido
De todo lo que una biblioteca es capaz de obrar.


Edwin Morgan (trad. provisional de Bibliotecosas)

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THE WELCOME

A fanfare for librarians, in verse -
With no bum notes, whether florid or terse -
That's what the poet engages to deliver,
The word-enroller and the rhythm-giver.
Books have come and gone and come again,
Though some are written by a virtual pen.
Guard your Elzevirs, but also log Titles from Pantagruel's catalogue:
The Bagpipe of the Prelates, The Ape's Paternoster,
Or any other monster from the roster.
Borges thought the great starry array,
The universe, was but a library.
Muster and master its infinite folios
And you could think you knew what no one knows.
We want it all; the universe itself
Expands, shelf beyond Hubble-bubbling shelf!
Starbursts of outreach - access - information -
We're on the very edge of a space station
Where ignorance will not be bliss but drastic,
Where learning curves must learn to be elastic,
Where we must search, and find, and use the things
That our search engine - oh, be patient! - brings.
Digitize a gilded Book of Hours,
It's not the same, but there it is, it's ours,
And long dead times revive and look at us
As we interrogate their calculus.
Page or tape or disk or means unknown
Lie in wait wherever light is thrown,
To spread that light for everyone to see
And step by step enter immensity.

Glasgow, London, Europe, everywhere -
The poet's words may vanish into air
But they are words of welcome. May your meetings
Flourish braced by good old Mungo's greetings.
Perhaps he hears you, snoring by the Clyde,
With tree and bird, fish and bell at his side.
Well, you may find his story in a book,
In a library, if you know where to look.
From Mungo's cell to cyberspace, reality
Is a tango of intertextuality.
Have a fine dance with it this week, unlock
Your word-hoards, take heart and take stock
Of everything a library can do


Edwin Morgan
14/11/2004 20:30 Enlace permanente. bibliotecas en la literatura No hay comentarios. Comentar.

...de bibliotecas es el coco andante...

Hoy toca soneto (a mí me gustan, a BiDo le gustan... así que seguimos haciendo acopio): otro recalcitrante de Estébanez a Gallardo (esto ya va a ser inquina). Un Adolfo de Castro lo insertó como propio en un folleto burlesco, pretendida biografía de Bartolomé José Gallardo, pero Alborg no duda en la atribución a Estébanez Calderón. De Alborg lo recoge también Francisco Mendoza Díaz-Maroto en su La pasión por los libros: un acercamiento a la bibliofilia.

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Traga-infolios, engulle-librerías,
desvalija-papelas, mariscante,
pescador, ratonzuelo, mareante,
Barbarroja y Dragut de nuestros días.

Más vejete que el viejo Matatías
murcia-murciando va mundo adelante,
de bibliotecas es el coco andante,
capeador, incansable en correrías.

Harto de hormiguear a troche y moche
y de hundir lo que birla desde mozo
en su cueva, insondable cual abismo,

En sueños se levanta a media noche,
coge sus libros y los echa al pozo,
y por garfiar, garfiña hasta a sí mismo.


Serafín Estébanez Calderón

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ALBORG, J. L. El romanticismo. Historia de la literatura española. Madrid: Gredos, 1980. ISBN: 84-249-3146-7. 934 p.

cortázar, el hombre irrazonable y los libros que matan...

Posteado originalmente en la excitante miscelánea El hombre irrazonable.

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En un pueblo de Escocia venden libros con una página en blanco perdida en algún lugar del volumen. Si un lector desemboca en esa página al dar las tres de la tarde, muere.

[...]

Julio Cortázar. Instrucciones-ejemplos sobre la forma de tener miedo

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...Salvador Novo ante una biblioteca...

BIBLIOTECA

Estos hombres, ¿pusieron lo mejor de sí mismos
en el papel?
Envueltos en silencio; alejados del mundo,
incapaces de hacerlo con azada ni espada,
empuñaron la pluma.
Era su forma resignada
de llenar el minuto vacío de sus vidas;
de sangrar las palabras atadas en su lengua;
de mirarse sin asco en el espejo
que su tinta opacaba;
desesperado intento de perdurar, clavados
cadáveres de insectos;
de no sentirse inútiles ni solos
una tarde, una noche, una hora como ésta;
de aguardar, de entregarse, de florecer sin fruto;
de confiar el fracaso de su muerte
al azar de otra vida
que en soledad, tendiera ¡alguna vez!
las manos y los ojos
a sorber su veneno y a entregarles el suyo.


Salvador Novo
07/11/2004 10:16 Enlace permanente. bibliotecas en la literatura No hay comentarios. Comentar.

...de los bibliotecarios...

DE LOS BIBLIOTECARIOS

Se trata de una misión nada fácil:
han nacido para explorar los anaqueles de cenizas y montañas de palabras
estallan entre infolios en las zonas más hondas de sus catálogos
Cada hombre, dicen ellos, tiene sus paraísos en estas historias
Consagradas al olvido del diluvio y ven caer la penumbra
desde las altas mariposas de la tarde
Eligen otras materias que clasifican sus memorias y ven la mente del hombre
de las cavernas y la mente del hombre de Dresde, de Xólotl,
y la mente de los hombres de la Catedral Sumergida y la mente
de los hombres de la bomba atómica, el hongo y el Cangrejo y Dallas
en un solo catálogo manifiesto
Las letras entonces comienzan a danzar ante sus ojos y la
imaginación
se agranda hasta el infinito círculo de los planetas para destruir
el sueño de las computadoras tristes
Ahora verán lo que pasa:
una misión nada fácil nace de sus dedos de exploradores
los infolios estallan en las zonas de cenizas y recogen
palabras como mariposas secas en la honda fronda de sus anaqueles
Cada paraíso, dicen, tiene sus bibliotecarios consagrados al olvido
de la penumbra y las materias de arroz pulimentado se consagran
al catálogo de las clasificaciones y recorren la mente del hombre
en submarinos, en bombas atómicas, en tortugas planetarias,
en velocípedos, en canoas indígenas, cuando los códigos lunares
destruyen los sueños de las bibliotecarias solteras
y la imaginación se agranda hasta París, en la danza
que las letras tejen entre sus ocios.

Alfredo Veiravé

...en donde se percibe "el añejo tufo de los libros"...

CARTA A UNA LIBRERÍA DE VIEJO

Desde los anaqueles silenciosos
y las mesas contritas de carcoma,
surge el añejo tufo de los libros.
Dormida mariposa

desahucia entre unos versos de Musset
la tisis del amor. Otras evocan
algún recuerdo familiar,
la tibia lumbre y la gatuna alfombra.

Quién que no es modera la impudicia
y en consentida ronda
desaliña los tomos con novelas
o versos de antológica prosodia.

El ojo visitante,
entre polvillo y carraspeo, boga
en cajoneras. Remos son las manos
en mares de tratados y de notas.

Con un fingido afecto que enternece,
ajenos a antinomias,
intercambian librero y erudito
vetustos manuscritos que valoran.

Lo que duele como un estiletazo
es descubrir esa dedicatoria,
en la primera página,
de puño y letra del autor, la loa

a la amistad franca y sencilla
que, irrespetuoso, el heredero viola
y olvida entre digestos y revistas
o vende cual bicoca.

Me gusta releerte palmo a palmo,
inventarme en un párrafo, una estrofa,
conversar con las artes
y las letras, metido en tu mazmorra.

Librería de viejo: las señales
del hombre con su forja.
Los pasos demorados y la pausa.
¿No mereces, amiga, ni una copla?


Luis Ricardo Furlan. Mundo de papel y tinta (poemas)

...en donde se descubre que el tema de los libros que nos acompañan a una isla desierta es bien antiguo...

...En su bondad, sabiendo
cuánto amaba yo mis libros, me surtió
de volúmenes de mi propia biblioteca
que yo estimaba en más que mi ducado.
...


William Shakespeare. La tempestad
06/11/2004 03:39 Enlace permanente. bibliotecas en la literatura No hay comentarios. Comentar.

...en donde se narran las andanzas y desandanzas de una cita de T. S. Eliot...

Etapas de un proceso de banalización:

Paso 1: los dos versos de marras (vid. Infra) se convierten en lugar común entre ponentes, articulistas y conferenciantes sobre gestión de la información, del conocimiento y temas afines.

Paso 2: citada muchas veces de memoria, nuestra cita se va “acomodando” al sentido que cada postulante quiere darle. Alguien descubre que con mudar un par de signos de puntuación, el sentido se modifica sustancialmente, ajustándose mucho mejor a su intención: es así como, por arte de birlibirloque, los versos
“Where is the wisdom we have lost in knowledge?
Where is the knowledge we have lost in information?”

quedan mistificados como
“Where is the wisdom? - Lost in knowledge
Where is the knowledge? - Lost in information”

desde luego de estilo más sentencioso y “publicitario”, un slogan, vamos, y como tal se emplea en un cartel que anuncia la creación de un nuevo Centro de Información.

Paso 3: un ingenio anónimo, concluyendo con razón que a este silogismo le falta un término, añade un colofón a modo de graffiti al cartel:
“Where is the information? – Lost in the library!”

Paso 4: esta divertida y subvertida versión, que para cualquier bibliobitacorista posee un evidente valor añadido, es la que recoge con acierto Catuxa como frase de la semana. Y parece que está empezando a difundirse, pero errando la atribución (más bien ignorando la cuando menos curiosa transmisión textual/hipertextual).

Paso... de que haya más pasos. En fin, que aquí va nuestra enmienda: el incipit del poema “La roca” (1934) de T. S. Eliot en su versión original y con su traducción castellana a cargo de un bibliotecario (ah, justicia poética :O))

Opening Stanza of T. S. Eliot's Choruses from the Rock

The Eagle soars in the summit of Heaven,
The Hunter with his dogs pursues his circuit.
O perpetual revolution of configured stars,
O perpetual recurrence of determined seasons,
O world of spring and autumn, birth and dying
The endless cycle of idea and action,
Endless invention, endless experiment,
Brings knowledge of motion, but not of stillness;
Knowledge of speech, but not of silence;
Knowledge of words, and ignorance of the Word.
All our knowledge brings us nearer to our ignorance,
All our ignorance brings us nearer to death,
But nearness to death no nearer to GOD.
Where is the Life we have lost in living?
Where is the wisdom we have lost in knowledge?
Where is the knowledge we have lost in information?
The cycles of Heaven in twenty centuries
Bring us farther from GOD and nearer to the Dust.


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Se cierne el águila en la cumbre del cielo,
el cazador y la jauría cumplen su círculo.
¡Oh revolución incesante de configuradas estrellas!
¡Oh perpetuo recurso de estaciones determinadas!
¡Oh mundo del estío y del otoño, de muerte y nacimiento!
El infinito ciclo de las ideas y de los actos,
infinita invención, experimento infinito,
trae conocimiento de la movilidad, pero no de la quietud;
conocimiento del habla, pero no del silencio;
conocimiento de las palabras e ignorancia de la Palabra.
Todo nuestro conocimiento nos acerca nuestra ignorancia,
toda nuestra ignorancia nos acerca a la muerte,
pero la cercanía a la muerte no nos acerca a Dios.
¿Dónde está la vida que hemos perdido en vivir?
¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información?
Los ciclos celestiales en veinte siglos
Nos apartan de Dios y nos aproximan al polvo.


T. S. Eliot (1934)
Traducción de Jorge Luis Borges (1937)

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mmm... ¿paso 5?

...en donde Perec sufre de vértigos decimales...

Las clasificaciones

Hay un vértigo taxonómico. Yo lo siento cada vez que mis ojos ven un índice de la Clasificación Decimal Universal (C. D. U.). No sé por qué sucesión de milagros hemos llegado, en casi todo el mundo, a convenir que:
668.184.2.099
designaría el acabado del jabón de tocador y
629.1.018-465
las alarmas para vehículos sanitarios, mientras que:
621.3.027.23
621.436:382
616.24-002.5-084
796.54
913.15
designan respectivamente las tensiones que no sobrepasan los 50 voltios, el comercio exterior de los motores Diesel, la profilaxis de la tuberculosis, el camping y la geografía antigua de la China y del Japón.


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PEREC, Georges. Pensar/Clasificar. Barcelona: Gedisa, 1986. 128 p. ISBN: 84-7432-255-3

de Estébanez Calderón a Gallardo: otro soneto bibliotecoso al canto

Este es conocidillo. Serafín Estébanez Calderón se lo dedica (más bien diríamos se lo perpetra) nada menos que a Bartolomé José Gallardo, bibliófilo, bibliógrafo y bibliotecario de la Biblioteca de Las Cortes (y eterno aspirante a la dirección de la Nacional). Cuenta la leyenda (negra) que Gallardo solía sentarse en la Biblioteca Nacional al lado de una ventana que daba al patio, por la que arrojaba los libros que le interesaban (en el patio había colocado previamente a un fámulo que le iba recogiendo la cosecha). Rodríguez Moñino no da crédito a la anécdota (aunque si non e vero, e ben trobato), como tampoco José Fernández Sánchez en su Historia de la bibliografía en España, que es la obra de la que compilo la cita. En cualquier caso, el soneto merece citarse por su mezcla de humor ácido y mal café:

Caco, cuco, faquín, biblio-pirata,
tenaza de los libros, chuzo, púa:
de papeles, aparte lo ganzúa,
hurón, carcoma, polilleja, rata.

Uñilargo, garduño, garrapata,
para sacar los libros cabría grúa,
Argel de bibliotecas, gran falúa,
armada en corso, haciendo cala y cata.

Empapas un archivo en la bragueta,
un Simancas te cabe en el bolsillo,
te pones por corbata una maleta.

Juegas del dos, del cinco y por tresillo:
y al fin te beberás como una sopa,
llenas de libros, África y Europa.


Serafín Estébanez Calderón

FERNÁNDEZ SÁNCHEZ, José. Historia de la bibliografía en España. Madrid: Compañía literaria, 1994. ISBN: 84-8213-006-4. 299 p.

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Habemus otro soneto más del mismo tenor: si gusta éste le dedicaremos otro post.
Respecto a Gallardo, aquí se puede descargar gratuitamente su Diccionario crítico burlesco.

El nuevo perfil del bibliotecario o En donde se demuestra que Yavannna tiene para dar y tomar...

por Yavannna (tres enes, conste)

Iulius me oferta la posibilidad de escribir un post para Bibliotecosas, así que aprovecharé la coyuntura y seré rauda y
veloz. Espero os guste.

Recientemente termino de leer La hermandad de la Sábana Santa; en dicho libro, cuyos protagonistas son del
Departamento del Arte (algo así como el CSI de obras artísticas) se hacen varias referencias al papel del bibliotecario, archivero y documentalista.

Sin ir más lejos el nombrado Departamento cuenta entre sus filas con una eficaz documentalista (con escasa aparición en la historia pero varios comentarios de otros protagonistas sobre su eficacia)

No obstante, el papel que más llamó mi atención fue el de un archivero, cuyo perfil se desmarca sobremanera de aquel al que tanto nos tienen acostumbrados. El susodicho archivero es toda una emiencia en búsquedas de información, lenguas y saberes en general, pero su imagen deja de ser la arquetípica para convertirse en un joven con piercing.

¿Será éste el nuevo prototipo del profesional de la información? ¿Cambiaremos a "la vieja" con moño y gafas por este nuevo perfil?

Os dejo con la descripción del susodicho archivero y ya me contaréis qué os parece:

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"El encargado del archivo municipal de Troyes era un joven con piercings en la nariz y tres pendientes en cada oreja que le confesó que se aburría como una ostra en ese trabajo, pero que al fin y al cabo había tenido suerte de encontrarlo puesto que era bibliotecario.

Ana le contó lo que buscaba, y Jean -que así se llamaba- se ofreció para ayudarla en la investigación.

- Así que cree que el visitado del Temple en Normandía era un antepasado de nuestro Geoffroy de Charny. Pero los apellidos no son los mismos.
- Ya, pero puede ser una variación de la grafía del apellido, no sería la primera vez que a un apellido se le cae o se le añade una letra.
- Desde luego, desde luego. Bien, esto no va a ser facil, así que se me echa una mano veremos qué encontramos.

Primero buscaron en los archivos informatizados, luego iniciaron la búsqueda entre los viejos legajos aún sin informatizar. Ana se maravillaba de la inteligencia de Jean. Además de bibliotecario era licenciado en filología francesa, así que el francés antiguo no tenía secretos para él.

- He encontrado una relación de todos los bautizados en la colegiata de Lirey. Es un documento del siglo XIX en el que un estudioso local decidió rescatar la memoria de su pueblo y se entretuvo en copiar los archivos eclesiásticos. Veremos si hay algo ..."


Navarro, Julia. La hermandad de la sábana Santa

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P.S. de Iulius: el título alternativo es mío: entre los múltiples pecados de Yavanna ;O) no está el orgullo.

en donde juaristi ensoneta a martín abad...

Soneto bibliotecoso al canto: de Jon Juaristi a Julián Martín Abad. No creo que ninguno de los dos necesite presentación, aunque el ripio de marras se pronunció en la presentación de una conferencia celebrada el pasado 6 de mayo en el foro complutense.

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Debió ser secretario de un Habsburgo
O poner pica en Flandes. Sin embargo,
Podemos alegar en su descargo
Que en tardo siglo lo forjó el Demiurgo.
Con la ley más estricto que Licurgo,
Colérico quizás -pero no amargo-,
Pastor de libros fue por tiempo largo
(que no de los carneros de Panurgo).
Apacentó los arduos manuscritos
En las majadas de los Recoletos
Y ordenó sus rebaños incompletos
Separando corderos de cabritos.
La Fama hace su nombre necesario:
Julián Martín Abad, Bibliotecario.


Jon Juaristi

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Estrambote bibliotecoso:
Me encanta ese final tan lapidario:
"Julián Martín Abad, Bibliotecario" :O)
09/10/2004 11:35 Enlace permanente. bibliotecas en la literatura No hay comentarios. Comentar.

cintio vitier ante la hoja en blanco

"...En la biblioteca dicen que no hay pájaros pero yo los he visto
Lo que no he visto es libros en el bosque..."
¿no es delicioso?

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LA HOJA

Quedará
lo que ella afirma no lo dice
su decir es no decir y no decir y no decir
no infinitamente sino
Tres Veces
tres infinitas veces
En su rostro escribo y es un rostro sin más rasgos
que mi escritura
que ella tornará blancor de mente, jeroglífico
de espuma,
nada
Una hoja tras otra no hacen un árbol
sino un libro un libro tras otro
no hacen un árbol sino una colección
de libros Una colección tras otra hacen
una biblioteca En la biblioteca dicen
que no hay pájaros pero yo los he visto
Lo que no he visto es libros en el bosque
Claro que el bosque mismo puede considerarse un libro etc.
Etcétera es la única palabra que la hoja abomina.


Cintio Vitier

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P.S.: unos ven pájaros y otros quirópteros... :O)

el quejido de la biblioteca

Otra deliciosa ramoniana.

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EL QUEJIDO DE LA BIBLIOTECA

Precisamente entre los numerosos tomos que abrigaban las paredes de la biblioteca era enjugado todo ruido como si le hubieran aplicado una densa pared de papel secante.
Tan extraño era el fenómeno de aquel «¡ay!» que conmovía a veces la nave atestada, que el lector impenitente se había achacado a sí mismo aquel suspiro al que encapirotaba la flor de un «¡ay!».
Pero lo evidente, lo último, lo acabado de desglosar era aquel ¡ay! insistente, escape enfisemático de los pulmones de las hojas.
¿Quizás el reloj? Pero el reloj estaba parado como un almanaque de hacía años.
Las rendijas de las ventanas también suelen hablar, lanzando sutiles cosas a través de sus labios semicerrados. Las observé, pero sólo emitían hojas de papel de viento sin ningún ruido.

El ¡ay! fantasmal y verdadero era un suspirar de lechuza escondida.

¿Quizás en la lámpara, como escape de la luz que espera la noche con ansia de que llegue cuanto antes? Observé la dirección de la lámpara para poder apreciar si salía de su globo el suspiro y el ¡ay!
Al poco rato comprobé que no, que el ¡ay! suspirado brotaba de detrás de mí de entre los propios libros.

Repasé los títulos por si encontraba alguno tan sentimental que fuesen sus páginas las sensibleras, pero todos eran libros históricos y de heraldía.
El ¡ay! a intervalos desiguales y largos reaparecía como si contase las treguas de un aburrimiento o una tristeza muy humana.
No podía trabajar con aquella espera del ¡ay! al filo de cuya próxima exhalación se sentía siempre otro ¡ay! Ya me dediqué a vigilar aquel ¡ay!, a apostar que volvía.

No pudiendo más, me levanté y salí en busca del bibliotecario.
El bibliotecario escuchó mis observaciones, y, atraído por el misterio, se dirigió conmigo hacia la biblioteca. Él no había podido oír aquel ¡ay!, porque nunca hacía estancias largas en aquel sitio enrarecido del palacio.
Los dos guardamos silencio, y a poco surgió el ¡ay! entonado, que parecía escapar, aplastado como un pensamiento, de entre las páginas de un libro.
-Sale de aquí-dije.
El bibliotecario se acercó a aquel plúteo y tomando en sus manos un libro con algo de devocionario para la primera comunión, me dijo:
-Aquí está el secreto... Este libro está encuadernado con el descote de una dama a la que quiso mucho el viejo marqués...
El suspiro estuvo desaparecido mientras miramos el libro, acariciando la tersura de la encuadernación con algo de mano muerta. El ¡ay! se había replegado al sentir la indiscreción.


GÓMEZ DE LA SERNA, Ramón. Caprichos. Madrid. Espasa-Calpe, 1962. 229 p.

entra herman hesse en la biblioteca del paraíso y encuentra a un bibliotecario de lo más guasón...

Aún no se me ha quitado la sonrisa de la boca. No os perdáis el peculiar afán del bibliotecario :O)
Recogido de esta página que asevera compilar poemas de juventud de Herman Hesse.

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ENSUEÑO

Érase un monasterio entre montañas.
Yo estaba allí invitado. Cuando todos
se fueron a rezar sus oraciones,
entré en la biblioteca. Al brillo del ocaso
vi refulgir mil lomos de pergamino ácrono
con inscripciones raras. Mis anhelos de ciencia
me llevaron al lado de los libros;
tomé uno al azar con entusiasmo y leí:
"El último paso para la cuadratura del circulo".
"¡Este libro -pensé al punto- lo he de llevar conmigo!"
Vi luego otro volumen en cuarto, piel y oro,
con el titulo en letra menuda, que decía:
"De cómo Adán comió también fruta de otro árbol"...
¿De otro árbol? ¡De cuál había de ser: del de la Vida!
Luego Adán es inmortal... "Mi estancia aquí -me dije-
no es en vano." Proseguí mi escrutinio
y percibí un infolio, que en lomo, canto y ángulos
ostentaba lucientes los colores del iris.
En él, pintado a mano, un rótulo rezaba:
"Correlación entre el sentido de los colores
y el de los sonidos. Aquí se demuestra
cómo cada tono musical es una réplica
a cada color, a cada refracción de los colores."
¡Oh, cómo coruscaban a mis ojos
los coros de los colores, colmados de promesas!
Me vino un presentimiento, confirmado
a cada nuevo tomo que cogía:
¡era la biblioteca del Paraíso!
Cuantas preguntas y problemas me acosaban
podrían encontrar allí respuesta;
calmaría la sed de saber que me abrasaba;
cualquier hambre seria satisfecha
con aquellas reservas de pan espiritual,
pues siempre que ponía los ojos en un libro
con rápida mirada interrogante,
su tejuelo me daba respuesta promisoria:
para todo apetito
existía allí el fruto que había de saciarlo;
el que, temblando, buscan estudiantes curiosos,
el que llena las ansias del maestro atrevido.
Allí estaba el sentido intimo y puro
de todo saber y ciencia, de toda poesía.
Allí estaba la virtud hechicera,
que sabe el modo exacto de plantear los problemas,
con sus claves y su vocabulario;
sutilísima esencia del espíritu
guardada en esotéricos libros magistrales:
aquel a quien ella concede el favor
de un momento de magia, conviértese en dueño
de las claves que sirven para todo linaje
de cuestiones y de misterios.


Entonces coloqué con mano trémula
sobre el atril uno de aquellos códices
y descifré la magia de su ideografía,
como cuando se intenta comprender en un sueño,
medio jugando, cosas antes nunca aprendidas,
y felizmente se acierta. Pronto yo, alado,
estaba de camino por sidéreos espacios del espíritu:
quedé inserto en el zodíaco, y en éste, ¡oh maravilla!,
todo lo que la intuición de los pueblos -heredera
de milenaria experiencia cósmica- ha percibido
alegóricamente como revelación,
concordaba con perfecta armonía,
y una y otra vez se correspondía
y tornaba a corresponderse en vínculos siempre renovados:
siempre alguna pregunta nueva y trascendental,
recién surgida alzaba el vuelo
hasta los antiguos saberes, símbolos y hallazgos;
así que, leyendo por espacio de minutos o quizá de horas,
rehice el largo camino de la Humanidad,
y dentro de mi alma acogí de consuno
el íntimo sentido de su ciencia más vieja y de su ciencia más nueva.
Leí y vi las figuras ideográficas,
ora apareadas, ora desplegadas,
ya formando corro, ya a la desbandada
o desembocando en nuevas formaciones,
cual imágenes simbólicas de caleidoscopio
incesantemente enriquecidas con nuevas significaciones.
Y como de mirar tan atento sintiese fatiga en los ojos,
hube de alzarlos por darles descanso;
entonces vi que no me hallaba salo:
en el mismo salón, cara a los libros,
se encontraba un anciano, quizá el archivero,
atareado y grave, rodeado de tomos;
¿qué sentido, qué objeto tenían sus afanes?
;En qué consistiría su acucioso trabajo?
Quise saberlo al punto: para mí ciertamente
era de entidad suma saberlo. Le observé:
con delicados dedos seniles requería
un volumen tras otro volumen, y leía
los rótulos obrantes en los lomos; soplaba
con sus pálidos labios sobre el titulo -¡un título
lleno de seducciones, garantía segura
de horas y más horas de exquisita lectura!-;
lo borraba con suaves presiones de su dedo,
y escribía riendo otro título nuevo;
daba unos pasos luego; cogía un nuevo libro
de este o de aquel estante, v asimismo
le cambiaba su título por otro diferente,
y así incansablemente.

Le contemplé, confuso, largo tiempo
con la mente reacia a comprender;
me volví a mi tratado, del que sólo leyera
unos pocos renglones; pero ya no encontré
la procesión de símbolos, portadora de dichas:
aquel mundo de signos, en el que apenas habíame adentrado,
parecía haber huido de mí, haberse disuelto
apenas revelada la rica significación del universo.
Sí; por un instante creí ver todavía
cómo perdía fuerzas, giraba, se nublaba
y se desvanecía sin dejar otro rastro
que los reflejos grises del nudo pergamino.
Sentí una mano que se apoyaba en mi hombro;
volvíme: el solícito anciano se hallaba a mi lado.
Me puse en pie, El, sonriendo, cogió mi libro
(un estremecimiento -helado escalofrío-
se adueñó de mi alma),
y, aplicándole al lomo la esponja de su dedo,
el titulo borróle; incontinenti,
con pluma concienzuda de calígrafo,
en el lugar del viejo escribió un nuevo titulo,
grávido de problemas y promesas
-flamantes, novísimas refracciones
de las más rancios problemas-.
Y luego, silencioso,
partióse con su pluma y con mi libro.


Herman Hesse

el embrujo de las palabras de concha

Aún a riesgo de ponerme estupendo, me pueden las ganas de abrir este post con otra taxonomía bibliotecoide a saber:

Modos (que son grados) de empleo de las bibliotecas en la literatura

- Incidental: la biblioteca aparece sin más en algún texto o contexto literario, sin intencionalidad aparente.
- Ambiental: con afán de ambientación narrativa o poética.
- Argumental: la trama gira en alguna medida en torno a bibliotecas o bibliotecarios.
- Conceptual: el más escaso y el que más nos interesa aquí en bibliotecosas; la condición "bibliotecosa" es el verdadero motor narrativo o poético; el trabajo bibliotecario o la condición bibliotecaria de un personaje están profundamente, estructuralmente, imbricados con la obra literaria.

Como nos relamemos cada vez que, como hoy, podemos aportar un buen ejemplo de este último uso.

El estupendo relato que transcribo es obra de Concha Gómez Cadenas, que además de brindar su anuencia (gracias, Concha) promete "leer con interés vuestros comentarios" (ya estáis aprovechando la ocasión): para mayor amabilidad habrá que rebuscar en las hagiografías :O).
Muchas Gracias también a Juan José, en cuya página (del todo recomendable) hice el hallazgo: accedió al préstamo cordialmente e incluso hizo la gentil gestión de contacto.
Que ustedes lo pasen bien.

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EL EMBRUJO DE LAS PALABRAS


Empecé el libro por la noche. Pensaba leer poco, sólo una aproximación que dejara la ilusión preparada para el siguiente encuentro. Todavía me quedaban restos de la novela anterior. Esa sensación de no haber terminado del todo con ella que hace que me sienta por unos momentos como un amante infiel. Abrí por ello el libro nuevo con cierta condescendencia, perdonándole antes de empezar el que posiblemente no lograra entusiasmarme.

Estaba hojeando las primeras páginas cuando lo vi: en el sobre de la biblioteca, había una cartulina amarilla. Contenía el nombre de una chica, Eugenia Lázaro seguido de una serie de números e iniciales, códigos de títulos, supuse, para controlar los préstamos. Me entretuve mirándolos, curioseando si existía alguna periodicidad en las fechas, intentando averiguar qué representaban aquellos datos. En definitiva dándole forma a la pereza de empezar el libro. Por fin deje la ficha en su sitio y arranqué la lectura.

Olvidé la ficha con rapidez. La novela me arrastró y me vi de pronto envuelto en su trama. El libro era bueno, de lo mejor que había leído hasta entonces. Me lancé encantado a vivir su historia, entré sin notarlo en ese estado de comunión con las letras en el que pierdes la noción de todo tiempo distinto al narrado. Amanecía cuando obligado por la necesidad de cerrar un rato los ojos lo guardé en el maletín que uso para el trabajo. No me resignaba a separarme de él. Lo terminé durante el almuerzo al día siguiente, mientras el resto de compañeros salen a comer y repiten una y otra vez las mismas conversaciones. Volví a leerlo más detenidamente en lo que quedaba de semana. ¿Cómo podía haberme resistido tanto tiempo al encanto de Lolita? No era la primera vez que tenía en mis manos la obra de Nabokof, pero siempre por un motivo u otro había postergado su lectura, y ahora me resultaba fascinante. Cuando el lunes decidí, con gran esfuerzo, separarme de él y devolverlo, me acorde de la ficha. Se la entregue a la bibliotecaria excusándome por no haberla llevado antes.

Creo que ese día fue la primera vez que desvié la vista de los papeles y me fijé en ella. Detrás de las gafas que parecía usar para estar a tono con el lugar, había una chica que me observaba descaradamente, como creyéndose resguardada por esa armadura de concha marrón. Yo, como siempre, pretendía perder poco tiempo y llevarme otra fantástica novela. Pero en ese momento no se me ocurría ninguna. Me sentía aún atrapado por la historia que acababa de dejar y no podía concentrarme. Además la manera de actuar de aquella chica me tenía intrigado, diría más, me intrigaba y fastidiaba ante todo que manejara ese libro, ¡Mi libro!, con tanta familiaridad. Primero describiendo con los dedos círculos sobre sus tapas, cualquiera pensaría que cosquillas en el lomo de su mejor mascota y después entreteniéndose en pasar las páginas lentamente, como saludándolas con gestos cifrados, quizá algún guiño extrañamente deformado por las lentes.

Me dirigí, todavía molesto, a las estanterías donde se exponen las novedades. Nada me resultaba atractivo. A falta de mejor criterio estaba casi decidido a coger otro ejemplar del mismo autor, cuando pensé que pudiera ser que la persona a quien se nombraba en aquel trozo de cartón poseyera un gusto especial. Se me ocurrió como de broma que quizá fuese mi alma gemela y por tanto yo compartiría seguro sus apetencias. Por mantener un poco esa ilusión, busqué otro título de los que estaban incluidos en su lista. Únicamente recordaba algo como: Sal guar 444. Tras un rato de frustrados intentos rastreando entre los anaqueles decidí pedir ayuda a la bibliotecaria. Por un momento barajé la posibilidad de darle alguna explicación que justificara mi demanda, pero lo descarté rápidamente. No se me ocurría nada coherente. De cualquier forma por la manera de mirarme entendí que sabía de donde había obtenido yo esos datos. Cuando me entregó “el guardián entre el centeno” de Salinger, sonreía de una forma cómplice.

En el mismo momento en que este volumen pasó de sus manos a las mías me invadió una gran ansiedad. Necesitaba inspeccionar su contenido. No podía esperar. Me senté en el primer banco que encontré, enfrente del mostrador de revistas muy próximo a la mesa donde ella trabajaba, y empecé a leer. No me gusta hacer esto, normalmente prefiero separar aquello que llevo a casa de lo que consulto allí. La lectura de una novela me parece un gesto más íntimo. Acababa de pasar la primera página cuando me vi obligado a dejarlo. Sentía todo el rato la mirada de la bibliotecaria siguiendo mi lectura, cerré el libro y me fui de allí. Confieso que me abrumaba pensar que pudiera interesar a una mujer. No soy una persona muy popular y acostumbraba a hacer una vida solitaria. Mis amigos o mejor dicho, mis compañeros habían optado por tratarme como a un lunático, una especie de monje al que deben obligan a trabajar de oficinista y que dedica sus horas libres a leer o a estudiar temas que nunca son de actualidad Yo me había acomodado a esta imagen y mis relaciones personales eran escasas, sin tener en cuenta las relaciones imaginadas que me hacían vivir algunos narraciones.

Terminé el segundo tomo esa misma noche. Aún no sé como pude contenerme para no ir inmediatamente a devolverlo y recuperar, de la forma que fuera, la ficha de Eugenia. Tan entusiasmado estaba que a duras penas esperé dos días saboreando de nuevo alguno de sus capítulos antes de volver a la biblioteca. Me atendió de nuevo la chica de las gafas. Armándome de valor le dije que los últimos prestamos me habían gustado mucho, que hacía tiempo que no leía nada tan de mi agrado y le pedí por favor que me dejara hojear la ficha de Eugenia. Hasta aquí todo resulto sorprendentemente fácil, demasiado fácil, pensé. La bibliotecaria no me dio las excusas que yo esperaba –Imposible, se trata de material de uso reservado, comprenda que es de carácter personal– para las que tenía preparados argumentos que intentaran convencerla. Curiosamente se mostró dispuesta a complacerme con la misma sonrisa del día anterior. Pero para aumentar mi perplejidad la ficha no estaba en su sitio. “Ni el más mínimo indicio de su paradero.” Recuerdo que dijo y esa frase me pareció sacada de un diálogo literario. De no recordar perfectamente como se la había entregado apenas unos días antes, hubiera dudado de su existencia y de la realidad de la escena que estaba viviendo. “Puede que se haya vuelto a quedar en alguna solapa.” Dijo y se ofreció a ayudarme a buscar algo bueno que llevarme. Me confesó que cuando le entregué la ficha, había estado un buen rato curioseando en ella y que recordaba varios títulos

Esta vez me llevé tres libros que tarde muy poco en leer. Reconozco que entonces estaba ya obsesionado, tanto por la lectura, que no dejaba de sorprenderme, como por la persona que la había seleccionado.

Llevaba varios días en los que apenas dormía, pasaba prácticamente la noche entera leyendo. Muchas mañanas el despertador me rescataba de una situación de semi-letargo, en la que ya no era capaz de reconocer las letras, pero tampoco dejaba de mirarlas. Si alguna de aquellas narraciones hubiera tratado sobre pócimas o embrujos, hubiese creído que me habían afectado por el mero hecho de leerlo. No, no eran cuentos de brujas. Eran relatos que variaban en su temática, en su estilo, en todo. Sólo coincidían en la capacidad de embrujarme. Decidí devolver los últimos ejemplares cuando esta situación empezó a ser preocupante por las consecuencias que tenía en el resto de mi vida. Cuando por ejemplo me dormí por tercer día consecutivo y mis tropiezos con el mobiliario de la oficina ya eran demasiados. Mis compañeros empezaban a murmurar o incluso a recomendarme unos días de descanso.

Tomé la decisión de volver a mi aburrida existencia y olvidar otras vidas que de alguna forma me habían poseído. Si era necesario abandonaría la narrativa y me dedicaría solamente a temas científicos, o sociales, o incluso políticos, cualquier cosa que me retornara al mundo normal, donde yo controlara mis pulsiones que serían mediocres y adaptadas al ritmo monótono y tedioso de mis días.

Por tercera vez en menos de un mes volví a la biblioteca.

Siempre estaba la misma bibliotecaria.

— ¡Cuánto tiempo! ¿Has estado enfermo?

— No... Vale, sí... Estoy algo cansado. Tengo que cuidarme –Respondí turbado.

— Bueno, perdona, Oye que si no te encuentras bien no te preocupes si no puedes devolver a tiempo algún...

— Ya ya –No la dejé terminar–.Yo hoy solo quería retornar estos –Le dije sintiéndome molesto por lo que para mí era demasiada intromisión.

— Lo siento, pensaba que aún estarías interesado por aquella serie...

— ¿Ha aparecido la ficha? –De nuevo le interrumpí bruscamente.

— No, pero yo, perdona, no sé, pensaba que podía ayudarte.

— ¿Ayudarme? –De pronto me volvía a parecer que aquella situación era irreal. Mi

confusión aumentaba por momentos. Dudaba entre el enfado o el agradecimiento.

— Te había preparado unos títulos de aquella lista... hice memoria... lo siento, no quería meterme donde no me llaman.

Ya no pude resistir. Necesitaba desahogarme con alguien. Descubrir algo sobre Eugenia.

— No, perdóname tú –dije haciendo un esfuerzo–. Agradezco tu interés. ¿Podemos quedar cuando termines y hablamos más tranquilamente. –Necesitaba salir y respirar aire fresco

No dudó al responderme.

— Vale, termino el turno dentro de dos horas.

Muy cerca de la biblioteca hay una cafetería tranquila. Esther –Así me dijo que se llamaba– me llevo allí. Yo había pasado un buen rato caminando y en ese tiempo había preparado la conversación, imaginando que llevaría la voz cantante. Sin embargo desde el primer momento fue ella quien tomó la iniciativa. Eligió sin dudar donde sentarnos y se ofreció a pedir las consumiciones. Por mi parte olvidé mi preparada actuación nada más verla salir de la biblioteca. Se había recogido el pelo de una forma distinta a la coleta estirada que usaba en el trabajo. Sujeto descuidadamente con una pinza en la nuca dejaba escapar casi media melena dándole un aspecto más informal y atractivo. Pero lo más llamativo era que se había cambiado las gafas sustituyendo las serias de montura marrón por un extraño modelo de dos colores, un ojo vestía de blanco y el otro de negro.

Había preparado dos nuevos tomos para mí. Se rió cuando le confesé mis temores. No le pareció nada extraño mi comportamiento, aunque cuando le conté mis fantasías sobre embrujos cambió bruscamente de tema.

— He estado investigando sobre Eugenia. ¿Sabes? Solo he encontrado dos personas que coinciden con los datos que me diste. Una de ellas es una niña de seis años, que es imposible que sea la que buscas. La otra no visita habitualmente la biblioteca, en cinco años sólo se ha llevado dos libros, y ninguno coincide con los de la lista.

— ¿Y tú por qué te has interesado tanto?

— Bueno, leí por primera vez a Nabokof cuando lo devolviste. Por la forma de dejarlo me pareció que te costaba desprenderte de él y sentí curiosidad. Me gustó mucho. Luego aquello que me contaste de la ficha y esa querencia por extraviarse. Demasiado intrigante, ¿No crees?. ¡Como para no intentar saber algo más de todo esto!.

— ¿Tienes entonces la ficha? –dije impaciente.

— No, y mira que la he buscado, lo único que he encontrado es las de esas otras dos Eugenias, la nuestra es como si no hubiese pasado nunca por la biblioteca.

— ¿Y esos de donde los has sacado? –Le dije señalando los nuevos ejemplares.

— Ya te lo expliqué –dijo, esta vez de manera cortante–. No pude evitar echar un vistazo en la ficha, curiosear... y estoy acostumbrada a retener estos códigos. Creo que sabría decirte todos los que hay en ella. Hoy he terminado de leer este. –Señaló un tomo que me había preparado.

— Aún así no entiendo...¿Cómo es que no los habías leído antes? Son libros magistrales.

— Supongo que como tú, porque nadie los había puesto en mi camino. O porque todavía me falta por conocer muchas de las mejores cosas que me esperan en la vida. –Dijo evitando mirarme a los ojos.

Esther solo tenía entonces 24 años, llevaba poco tiempo trabajando en la Biblioteca. Me contó que ella había pasado también muchas horas devorando aquellas historias y pensando en la relación que tenían con Eugenia y conmigo. Quise entender que me hacía responsable de trasmitirle aquella fiebre.

A esas alturas de la conversación yo me sentía totalmente confundido, por una parte Esther se mostraba segura, incluso desafiante cuando nombraba o señalaba los libros que llevaba y por otra, cuando me hablaba de su vida parecía una chica diferente, más bien recatada a pesar de su llamativo aspecto. Durante un rato me perdí pensando que aquellas gafas marrones que usaba en el trabajo parecían más acordes con la muchacha que en ese momento se justificaba por haberme abordado y por sentirse tímidamente ligada a Eugenia y a mí.

Volvimos a vernos muchas tardes más. Normalmente, yo la esperaba y nos quedábamos hablando hasta muy tarde. No dejaba de llamarme la atención su transformación. Nunca olvidaba cambiarse las gafas. Un día me atreví a insinuarle que no necesitaba resaltar su cara con esa armadura tan estrafalaria.

— ¿De verdad? En ese caso llévatelas, ya no me hacen falta –Y me pidió que se las guardara, que intentaría prescindir de ellas–. Realmente puede que no las necesite.

No entendí que quería decir, supuse que solo las necesitaba para leer.

— ¿Por qué quieres que te las guarde? ¿Tienen algún poder que hacer irresistible su uso? –Le dije bromeando.

— Bueno, es solo que me gustaría que las tuvieras tú.

No Insistí. Pensé que no me importaba realmente llevarme algo suyo, las pondría cerca del último libro que me acababa de proporcionar. De repente me agradaba la idea.

Desde ese día Esther sólo usaba las gafas marrones mientras estaba en la biblioteca, luego acudía a nuestra cita sin ellas, pero no por ello dejó de sorprenderme: Una tarde vino con los ojos pintados. Nunca la había visto maquillada. Se había trazado una gruesa línea negra enmarcando sus pestañas. Esta vez no hice ningún comentario, me sentía hipnotizado por aquella mirada.

Al principio seguíamos viéndonos en la cafetería, poco después nos trasladamos a mi casa. Para entonces ya había comprado todos aquellos títulos, eran uno de mis tesoros, como las colecciones que hacía cuando era niño. Esther lo enriquecía constantemente con sus opiniones. Pasábamos tardes y noches leyendo y comentando nuestros libros. El hecho de que Esther compartiera conmigo aquella obsesión me sirvió para retomarla de una forma menos acuciante. Incluso la fascinación que había sentido por Eugenia empezó a difuminarse, como cuando después de enamorarte de la protagonista de una novela, vas al cine y te quedas prendado de los ojos de la chica, y los mezclas con tu anterior sueño.

Seguramente el influjo de Esther empezó a notarse en mi comportamiento. Me seguía resistiendo a mantener largas conversaciones con las pocas personas que me rodeaban, pero empezaba a interesarme por ellas. Así me descubrí una mañana preguntando a mi compañera por sus hijos y mirando unas fotos que hasta hacía muy poco me habían parecido ridículas encima de su mesa. Me animaba incluso a participar en algún almuerzo y ese día tuve que contenerme cuando la compañera de las fotos me preguntó cordialmente si tenía alguna amiga (matizando la a final, de forma sugerente). Eludí darle una respuesta clara. Esta vez no pretendía mostrarme distante, pero no sabía como catalogar mi situación con Esther.

Mis sentimientos no tardarían mucho en aclararse: Una noche, Esther me pidió que la invitara. De nuevo ella tomaba la iniciativa. Yo, como siempre, había soñado y preparado mil formas de hacer avanzar aquella relación, pero nunca encontraba el momento adecuado. Supongo que temía que cualquier modificación en mi comportamiento la hiciera salir huyendo. Ese día como un estúpido no podía dejar de mirarla. No sólo me había dejado perplejo su propuesta, además su maravilloso aspecto me mantenía encandilado. La raya negra de los ojos perfectamente delineada, el pelo suelto, brillante y liso perdiéndose en su espalda y para mayor turbación los labios pintados como nunca, rojo intenso. –Desde luego, vamos primero a cenar –Atiné a decir y reaccioné a tiempo para sugerir el mejor restaurante que conocía. Ella lo corroboró encantada. De esta forma me encontré compartiendo una mesa en un rincón habitualmente reservado para otras parejas, donde yo nunca pensé que me sentaría. A pesar del magnífico escenario cenamos muy poco, pero eso si, bebimos más de la cuenta. Esther quiso brindar por algo mágico que nos unía, y yo la seguía atontado sin atender a aquellos misteriosos motivos de celebración. Solo pensaba en volver a casa y beberme esa boca que hablaba envolviendo las palabras en rojo y negro, rojo y negro... De la misma forma casi inconsciente que me había trasladado hasta allí volví a dejarme llevar para descubrirme como por arte de magia en el salón de mi casa. Esther inició la conversación tomando uno de aquellos libros. Se lo quité sin darle opción a continuar. Puede que fuera el alcohol, o la forma en que ella había estado apartándose una y otra vez el pelo de la nuca lo que hizo que por una vez me sintiera seguro y no la dejara hablar más.

Por la mañana me pidió que le devolviera sus gafas. Me hizo gracia su comentario –Ahora me tienes a mí –no hubiera podido pensar en nada más que en darle la razón. Esas gafas habían mantenido siempre su presencia junto a mi cama.

Desde ese día nuestras reuniones dejaron de ser tan literarias, bien es cierto que para entonces ya habíamos comentado varias veces la serie completa, y que empezábamos a creer que todo aquel asunto de la misteriosa Eugenia, había sido un buen motor de arranque, una romántica forma de reconocernos. Poco a poco fuimos dejando en un segundo, tercer, o cuarto término aquellas obras para centrarnos más en nosotros. Todos los días Esther acudía a mi casa cuando terminaba su jornada. Me encantaba encontrar los rastros de su presencia. Empezó dejando un poco de ropa. Enseguida el cuarto de baño se pobló de objetos femeninos y de un nuevo olor. La cocina fue tomada en una siguiente fase, cuando decidió de nuevo sorprenderme y me mostró llena de entusiasmo varias recetas dignas de la mejor celebración. Después empezamos a planear vacaciones en conjunto y ya por fin, a la vuelta de un viaje, nos pareció absolutamente normal que ella se mudara definitivamente. Si alguien me hubiese contado unos meses atrás que mi arraigada vida de soltero iba a convertirse sin ninguna resistencia en una estupenda convivencia me habría parecido una broma, o mejor un sueño. Ahora mi existencia se llenaba de razones para comportarme con la cordialidad que hasta entonces me había sido tan difícil mostrar, de hecho estaba deseando que aquella compañera que sembrada la mesa de fotos y que ahora ya incluía entre mis amigas, me preguntara algo sobre Esther para contarle detalles de su persona que a mí me parecían únicos y geniales. Como la forma de llegar a casa, llamándome nada más cruzar la puerta, con una alegría en la voz que me hacía creer siempre que entraba cantando. Fue fantástico el día que Esther apareció inesperadamente por mi oficina para concretar unos detalles del viaje que estábamos planeando. Me resultó tan sencillo y agradable presentarle a mis compañeros y en particular a Luisa, mi confidente, que me reproché no haberlo hecho antes. Recuerdo que me sentí como una persona verdaderamente importante, tan orgulloso estaba de ella.

Pero volviendo a Eugenia y sus títulos. No era un tema olvidado, hablábamos a menudo de aquellas narraciones, y aunque nuestra colección de novelas favoritas se había ampliada ostensiblemente aquellas que formaban parte de la ficha amarilla eran algo especial, diríase que éramos sus fieles cuidadores.

Habíamos reunido un total de nueve libros, algunos en ediciones especiales, estudios que desmenuzaban su contenido. Nosotros nos atrevíamos a enfrentarnos con especialistas para reparar cualquier daño que nos parecía que le pudieran hacer esas opiniones. Nos reíamos al darnos cuenta de las defensas tan emotivas que hacíamos –Déjalo ya Esther, que ni Nabokof, ni Lolita, ni Eugenia van a tener que sufrir estas críticas –Yo siempre incluía a Eugenia en la lista de agraviados, me sentía en deuda con ella. No la buscaba ya con aquella antigua obsesión, pero no podía resignarme a dudar de su existencia.

Me sorprendió cuando Esther se enfadó ese día y me acusó de pensar en Eugenia como en un ser mitológico.

— Si Eugenia apareciese no esperes que sea con forma de diosa, y ojalá que tenga más de cuarenta años, muchos más.

¿Celos? ¿Desde cuándo? Si Eugenia había sido como una hada madrina en nuestro encuentro. No entendía nada, aún así desde ese momento intenté no nombrarla ni incluirla en la conversación. Pero, literario o real, el personaje de Eugenia seguía allí. Habíamos asociado aquellos libros a esa persona y a su ficha extraviada.

Sin embargo poco después algo despertó de nuevo el interés por Eugenia. Esther logró descifrar el código de un último libro que completaría mi colección. En la relación que Esther había conseguido, aparecían unos datos que no coincidían con ningún ejemplar existente en la biblioteca y que después de buscar inútilmente abandonamos pensando que se trataba de un error, algo que seguramente ella no recordaba correctamente.

Esther localizó por casualidad un título que coincidía con aquel al actualizar los datos en el ordenador. Había un fichero viejo, que alguien había olvidado informatizar y entre unos pocos libros no devueltos apareció claramente la referencia de este. Consiguió así descubrir a su autor, que sorprendentemente era Eugenia Lázaro. Parecía imposible contactar con la editorial pero nada iba ahora a detenernos. Retomamos la búsqueda más excitados que nunca. Desempolvamos catálogos y listados, llamamos por teléfono o visitamos de nuevo comercios, librerías y hasta imprentas. Por fin dimos con ella.

Era una editorial que se dedicaba a facilitar la autopublicación de autores que no encontraban quien lanzara sus creaciones. El editor nos contó que hacían tiradas muy cortas de cien o doscientos ejemplares y que él intentaba ayudar en la distribución, aunque nos confesó que en este caso, no había puesto mucho empeño porque no le pareció que aquel libro mereciera la pena, y ciertamente apenas se vendió. No conocía personalmente a Eugenia porque toda la operación la habían hecho utilizando medios informáticos y ella había preferido mantener el anonimato. Nos facilitó un ejemplar y nosotros evitamos decirle que creíamos que había cometido un terrible error, que a nuestro juicio aquel libro sería una obra maestra, la culminación de una lista mágica.

El editor no se equivocaba. Nos defraudó terriblemente, aunque Esther al principio lo defendía, movida –pensaba yo– por la ilusión, o la esperanza de poner un broche final en mi tesoro, o para demostrarme que era capaz de defender a Eugenia a pesar de sus celos. De cualquier forma aquel fiasco hizo que Eugenia desapareciera definitivamente de mi vida. Siempre sospeché que en el fondo Esther se sintió ganadora en una guerra privada, había luchado honestamente y no por ello mostró ningún tipo de alegría ante la supuesta victoria.

Ese mismo año nos casamos, era algo que ya estaba planeado y que, al menos para mi, corría al margen y de forma preferente ante cualquier otro asunto. Y este mismo carácter ha seguido teniendo nuestra vida en común hasta el día de hoy.

Pero la historia no termina aquí. Muchos años después, una tarde en la que Esther no estaba en casa mientras ordenaba papeles y carpetas encontré un manuscrito con la letra redonda y clara de Esther sólo que firmado con el nombre de Eugenia. Era ni más ni menos que la pésima ultima novela de aquella lista.

Nunca supe de la afición de mi mujer por la creación literaria, ni se me ocurría que esto para ella fuera algo que le causara vergüenza y por tanto debiera de ocultar. Entendía todavía menos su relación con la historia que he contado, ni porqué incluía entre unas obras geniales uno supuestamente suyo y que podría salir mal parado en la comparación. Si lo que quería era que lo leyese hubiese sido más fácil pedírmelo de una forma más normal. Y ¿Por qué todo aquél enredo sí además ya había sido un fracaso en su intento de publicación?. Y lo que más roía mi cerebro era el por qué no me lo había contado después de tanto tiempo. No reconocía en estas imágenes a la mujer que vivía conmigo. Todo lo anteriormente relatado había ocurrido al menos diez años atrás de ese momento, y desde luego nos unían muchas más cosas que una lista de libros.

Decidí pedirle explicaciones cuando volviese y continué ordenando. El motivo por el que todavía no lo he hecho es por que después de este descubrimiento hice otro. Era un tomo que parecía infantil, con un título gracioso. “El embrujo de las letras”, y en cuya portada se veía a una bruja clásica de cuento con el pelo enmarañado y ropajes negros consultando algo entre volúmenes llenos de polvo y con una olla hirviente cerca, de donde salían entre bocanadas de vapor letras de caracteres antiguos. Era un dibujo que parecía hecho para niños, con un fondo muy colorista, y unas formas poco agresivas. Lo ojeé movido por esta portada tan sugerente, y descubrí que lejos de ser literatura infantil, se trataba de un ensayo que parecía serio y metódico sobre formas de seducción. Desde trucos sobre como escribir cartas al amado, hasta otros encantamientos y conjuros más complicados, usando para ello herramientas como las palabras, las letras, la tinta, y diferentes objetos relacionados con la literatura. No me sorprendió encontrar también las gafas bicolores ocultas detrás del libro.

Escondí todo lejos de donde lo había encontrado, y ahora terminaré de escribir y ocultaré también estos folios en otro sitio distinto pero donde pueda recuperarlos, por si algún día pierdo la memoria y confundo a Esther con Eugenia o necesito reponer el embrujo de las palabras.

Concha Gómez Cadenas

...en la biblioteca más extensa del universo, mi único libro de poemas que escribí para ti...

CAMPOS, Javier. "La biblioteca de Alejandría". Revista virtual de cultura iberoamericana. http://www.qcc.cuny.edu/ForeignLanguages/RVCI/jcamposlabiblioteca.html

LA BIBLIOTECA DE ALEJANDRÍA

En estas bibliotecas
tan infinitas como hace milenios lo fue la de Alejandría,
adorada Alba
¿dónde quedarán estos versos?

es decir,

¿En qué diminuto estante
de una más diminuta sección
de la biblioteca más extensa del universo
mi único libro de poemas que escribí para ti?

Y mi nombre ¿quién acaso lo recordará
cuando a la velocidad de la luz
en un archivo igualmente sólo de luces
alguien pase sin siquiera teclear nunca
el título de este poema
quedar iluminado o indiferente
por alguna línea pasajera?

¿Y quién será por casualidad
-dentro de una millonésima de probabilidades-
el pasajero virtual
que hojeará al azar en una pantalla de un computador
alguna vez
en el año 3492
aquel perdido libro mío
y mire (pero no lo leerá) despreocupado quizás
lo que escribí pensando en ti?

[...]


Javier Campos

más bukowski bibliotecoso y una nota al pie sobre navegabilidad

Otra, extractada (copia-pega, vamos) de: La página de Charles Bukowski de Sergi Puertas[1]

DÍAS COMO NAVAJAS, NOCHES LLENAS DE RATAS

Siendo muchacho dividí en partes iguales el Tiempo
Entre los bares y las bibliotecas;
cómo me las
Arreglaba para proveerme de
Mis otras necesidades es un rompecabezas; bueno,
Simplemente no
Me preocupaba demasiado por eso-
Si tenía un libro o un trago entonces no pensaba demasiado
En otras cosas- los tontos crean su propio
Paraíso.
En los bares, pensaba que era rudo, quebraba
Cosas, peleaba
Con otros hombres, etc...
En las bibliotecas era otra cosa: estaba callado,
Iba de sala en sala, no leía tantos libros enteros
Sino partes de ellos: medicina, geología,
Literatura y Filosofía.
Psicología, matemáticas, historia,
Otras cosas me aburrían.

[...]

Mis hermanos, los filósofos, me hablaban como
Nadie
Venido de las calles o alguna otra parte; llenaban
Un inmenso vacío.
Qué buenos muchachos, ah, ¡qué buenos
Muchachos!
Sí las bibliotecas ayudaron; en mi otro templo,
Los bares,
Era otra cosa, más simplista, el
Lenguaje y el camino era diferente...
Días de bibliotecas, noches de bares.

[...]


Charles Bukowski

[1] Nota para los estudiosos de la navegabilidad, usabilidad, accesibilidad y adláteres: la página de Charles Bukowski de Sergi Puertas "se lee mejor navegando con vino barato en el cuerpo" o así lo asegura el susodicho... ¿alguien se anima a hacer un análisis al respecto? :O)

la marquesa y el libro prestado

Absolutamente insoslayable: un "must have" como se dice ahora. Simpatiquísimo de puro ripioso (a mí mslgr, que dirían por ahí).

Me da que figuraría esplendoroso como admonición impreso en marcapáginas de regalo bibliotecoso, o, mejor aún, en los bolsillos de hojas de préstamo donde todavía existan.

No lo he visto referenciado en ninguno de los sitios al uso, y me chincha porque no recuerdo de dónde lo tomé: lo conservo copiado con la autora como único dato (igual algún compinche bitacorista me lo dilucida).

{_por_lo_bajini}Ah, como nadie comente este post yo me retiro a la paz de esos desiertos y allá se las compongan.
He dicho.{/_por_lo_bajini}

“Es el libro prestado
casi objeto sagrado;
y aunque parezca engorro,
le debes poner forro,
pues el que te lo envía,
si no lo puso, fue por cortesía.
Ábrase con esmero,
léase muy ligero,
y luego, empaquetado,
con bien escrito sobre y bien dictado,
haz la devolución,
pues por falta de buena dirección
un criado aturdido
deja un libro perdido.
Pero es lo preferente,
y te lo recomiendo eficazmente,
que aun siendo in folio, como puede ser,
no se eternice el libro en tu poder”


Marquesa de Pardo de Figueroa

la petite claudine en la biblioteca invisible de los libros imaginarios

¿Biblioficciones por partida doble, metabibliografía fantástica...? Ahora mismo estoy espesito y no sé qué nombre asignarle a esto que acabo de encontrar gracias a élla.

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P.S. (5/9/04): catorze lo vio primero y Andrea le dio el mot juste: "investigación bibliográfica creativa". Sí que estabas espesito, Iulius, sí que sí...

andrea en véaseademás y los gemelos de Dewey

Un post en véaseademás, de esos que dan que pensar, me ha hecho revolver librejos para recuperar una referencia que viene a demostrar lo fino que hilaba Andrea.
Melvil Dewey, el insigne prócer bibliotecoso, va a resultar que tiene, a lo que parece, su “reverso tenebroso” (cf. este artículo mismamente: explotación laboral, negocios dudosos, racismo, abuso sexual...). Hay una novela que se hace eco de estas flaquezas non-sanctas del personaje. Probablemente encontraremos ocasión de hablar de ella aquí, por hoy baste decir que el protagonista es bibliotecario de una biblioteca pública estadounidense y que dedicó su juventud de estudiante a investigar la biografía de Dewey. Hemos entresacado el siguiente diálogo:

[...]
- El artículo que escribí trataba de la apropiación por parte de Dewey del sistema de taquigrafía de Lindsley. Al profesor Sharansky le gustó suficiente como para presentarlo a un premio y, lo crea o no, gané. Conseguí una pequeña beca de viaje para asistir a una conferencia nacional sobre biblioteconomía, donde me dieron unos gemelos como los que usaba Dewey. Cada uno tenía grabada una R sans serif en negrita, que significaba ‘Reforma’.

Jesson me miró las muñecas.

- No los llevo, no me los he puesto nunca.
- ¿Por qué?
- En una charla de la conferencia revelaron algunos detalles bastante desagradables sobre mi héroe. Yo ya conocía su chovinismo, por supuesto. En la facultad todo el mundo aprende que en sus esquemas de clasificación dedicó más espacio a asociaciones cristianas de jóvenes locales que a todo el budismo oriental. Lo que no sabía es que era un fanático. Resulta que creó un club privado y él mismo dictaba las normas de admisión: ‘No se aceptarán bajo ningún concepto judíos o forasteros o tísicos o cualquier otra persona que pueda molestar a personas cultivadas’.
- Parece como si el señor Dewey aplicara su patrón de clasificación a algo más que a los libros – comentó Jesson.
- El conferenciante lo llamó el prejuicio DUI: Discriminación mediante el Uso de la Influencia. Por lo visto, Dewey, cuando no estaba persiguiendo a judíos o a negros, encontraba tiempo para fastidiar a sus colegas de sexo femenino. Incluso le demandaron por acoso, lo cual ya es decir, en 1906. El conferenciante distribuyó unas copias de los papeles del juicio e incluso proyectó una diapositiva del corsé de ballenas roto que una de las víctimas de Dewey aportó como prueba.
- Desde luego, su ídolo estaba muy ocupado.
- Ex ídolo. La conferencia me demostró que las erres de los gemelos significaban racista y raptor. No hace falta decir que yo me quedé deshecho. Había tomado a Dewey por algo que no era, un error que, según mi mujer, cometo a menudo. Opina que mis mayores fallos los tengo juzgando a la gente.
- ¿Aún los conserva?
- ¿Los fallos?
- Los gemelos
- No, los tiré. Los fallos son más difíciles de eliminar.

[...]

KURZWEIL, Allen. La gran complicación. Barcelona: Diagonal, 2001. 355 p. ISBN: 84-95808-23-4

andrés neuman y claudia en la biblioteca

¿Algún ámbito más propicio al flechazo que la biblioteca? Se admiten disensiones...

NEUMAN, Andrés. El tobogán. Madrid: Hiperión, 2002. 68 p. ISBN: 84-7517-727-1

CLAUDIA EN LA BIBLIOTECA

Rebuscas en los libros
con un extraño afán de jardinera.
Delicada y ansiosa, de perfil me pareces
distinta en ese modo de curvar las rodillas
y de tensar los muslos
debajo del vaquero;
muerte lenta
contemplar, sin tocarlo,
el pequeño tatuaje en tu cintura.
Será mejor sufrir que detallar los pechos:
¿quién se atreve a cruzar
los toboganes
que unen la palabra con su objeto?
Así que huyo
y finjo distracción;
si volvieras la vista a quien te escribe
desaparecerías, y es demasiado pronto.
Sigue leyendo, Claudia.
Haces bien en amarte.


Andrés Neuman

cortázar, bibliotekarios y explosión documental

cortazar.jpgUn post en Bibliotekarios trae a colación a Cortázar y me obligo a buscarle hueco aquí al grandísimo cronopio.
Divagábamos hace bien poquito sobre bibliotecas de escala planetaria: la pura hipótesis se torna divertida y descabalada realidad ante la multiplicación de lo impreso en esta pequeña gran fábula.

FIN DEL MUNDO DEL FIN

Como los escribas continuarán, los pocos lectores que en el mundo había van a cambiar de oficio y se pondrán también de escribas. Cada vez más los países serán de escribas y de fábricas de papel y tinta, los escribas de día y las máquinas de noche para imprimir el trabajo de los escribas. Primero las bibliotecas desbordarán de las casas; entonces las municipalidades deciden (ya estamos en la cosa) sacrificar los terrenos de juegos infantiles para ampliar las bibliotecas. Después ceden los teatros, las maternidades, los mataderos, las cantinas, los hospitales. Los pobres aprovechan los libros como ladrillos, los pegan con cemento y hacen paredes de libros y viven en cabañas de libros. Entonces pasa que los libros rebasan las ciudades y entran en los campos, van aplastando los trigales y los campos de girasol, apenas si la dirección de vialidad consigue que las rutas queden despejadas entre dos altísimas paredes de libros. A veces una pared cede y hay espantosas catástrofes automovilísticas. Los escribas trabajan sin tregua porque la humanidad respeta las vocaciones y los impresos llegan ya a orillas del mar. El presidente de la República habla por teléfono con los presidentes de las repúblicas, y propone inteligentemente precipitar al mar el sobrante de libros, lo cual se cumple al mismo tiempo en todas las costas del mundo. Así los escribas siberianos ven sus impresos precipitados al mar glacial, y los escribas indonesios, etcétera. Esto permite a los escribas aumentar su producción, porque en la tierra vuelve a haber espacio para almacenar sus libros. No piensan que el mar tiene fondo y que en el fondo del mar empiezan a amontonarse los impresos, primero en forma de pasta aglutinante, después en forma de pasta consolidante, y por fin como un piso resistente, aunque viscoso, que sube diariamente algunos metros y que terminará por llegar a la superficie. Entonces muchas aguas invaden muchas tierras, se produce una nueva distribución de continentes y océanos, y presidentes de diversas repúblicas son sustituidos por lagos y penínsulas, presidentes de otras repúblicas ven abrirse inmensos territorios a sus ambiciones, etcétera. El agua marina, puesta con tanta violencia a expandirse, se evapora más que antes, o busca reposo mezclándose con los impresos para formar la pasta aglutinante, al punto que un día los capitanes de los barcos de las grandes rutas advierten que los barcos avanzan lentamente, de treinta nudos bajan a veinte, a quince, y los motores jadean y las hélices se deforman. Por fin todos los barcos se detienen en distintos puntos de los mares, atrapados por la pasta, y los escribas del mundo entero escriben millares de impresos explicando el fenómeno y llenos de una gran alegría. Los presidentes y los capitanes deciden convertir los barcos en islas y casinos, el público va a pie sobre los mares de cartón a las islas y casinos, donde orquestas típicas y características amenizan el ambiente climatizado y se baila hasta avanzadas horas de la madrugada. Nuevos impresos se amontonan a orillas del mar, pero es imposible meterlos en la pasta, y así crecen murallas de impresos y nacen montañas a orillas de los antiguos mares. Los escribas comprenden que las fábricas de papel y tinta van a quebrar, y escriben con letra cada vez más menuda, aprovechando hasta los rincones más imperceptibles de cada papel. Cuando se termina la tinta escriben con lápiz, etcétera; al terminarse el papel escriben en tablas y baldosas, etcétera. Empieza a difundirse la costumbre de intercalar un texto en otro para aprovechar las entrelineas, o se borra con hojas de afeitar las letras impresas para usar de nuevo el papel. Los escribas trabajan lentamente, pero su número es tan inmenso que los impresos separan ya por completo las tierras de los lechos de los antiguos mares. En la tierra vive precariamente la raza de los escribas, condenada a extinguirse, y en el mar están las islas y los casinos, o sea los transatlánticos, donde se han refugiado los presidentes de las repúblicas y donde se celebran grandes fiestas y se cambian mensajes de isla a isla, de presidente a presidente y de capitán a capitán.

CORTÁZAR, Julio. Historias de cronopios y de famas. Barcelona: Edhasa, 1998. 144 p. ISBN: 84-350-1512-2

Buenas salenas :O)

¿¿¿Física y bibliotecas??? Entropía, Perec, Catorze y véaseademás

Nos participa Catorze desde véaseademás que, conforme a la ultimísima astrofísica, va a ser que los agujeros negros son bibliotecas...
Ganas me dan de postular un nuevo tema aquí en bibliotecosas: Física y bibliotecas o quizá Bibliotecas en la Física... Buscando avales para tal empresa, hallo sólo un literato:

"Una biblioteca que no se ordena se desordena: es el ejemplo que me dieron para explicarme qué era la entropía y varias veces lo he verificado experimentalmente".

PEREC, Georges. Pensar/Clasificar. Barcelona: Gedisa, 1986. 128 p. ISBN: 84-7432-255-3

(Seguiremos dando la gaita con Perec, escritor bibliotecoso donde los haya)
22/07/2004 09:51 Enlace permanente. bibliotecas en la literatura No hay comentarios. Comentar.

el ramón erudito

ramon.gifAl talento poliédrico y bienhumorado del gran Ramón casi ningún asunto le fue ajeno. Valga como muestra este jocundo relatín bibliotecoso (hoy algún pedantón al paño hablaría de "microrrelato" o algo así, género del que Ramón bien pudiera reclamarles la autoría).

EL LADRÓN ERUDITO

El ladrón se había dado cuenta de que el dinero estaba disimulado en algún libro de la biblioteca. ¡Pero había tantos!
Comenzó por los más altos y le fue ganando la apetencia de leer, la ansiedad de adivinar.
La casa era una casa de campo y estaba abandonada. Tenía tiempo para sus pesquisas.
Se adentró en las páginas escritas por los que prefieren escribir a robar y gastan en eso sus largas noches.
Él notaba que la realidad resultaba así más robada que por él mismo.
Hubo un momento en que sin haber encontrado los billetes estaba ya en los libros de las estanterías bajas, y entonces se sintió tan preparado que hizo unas oposiciones.


Ramón Gómez de la Serna

(Aquí debería ir la fuente: un ejemplar añoso y amarillo de la Colección austral que permanece, como el grueso del monto de mis librejos, en el domicilio paterno... Prometo actualizar este post con la referencia en cuanto la tenga)

P. S. (1/8/2004): lo prometido es deuda,
GÓMEZ DE LA SERNA, Ramón. Caprichos. Madrid. Espasa-Calpe, 1962. 229 p.
20/07/2004 10:47 Enlace permanente. bibliotecas en la literatura No hay comentarios. Comentar.

biblioficciones: la biblioteca del capitán Nemo

verne.gifPuestos a hacer taxonomía, cabe quizá discriminar dos tipos de “Bibliotecas en la literatura” (o en la filosofía): bibliotecas “reales” que sirven de motivo, lugar o pretexto al texto literario (cf. la Biblioteca Pública de Los Ángeles añorada por Bukowski) y bibliotecas de ficción pura, invenciones dentro de la invención (cf. la Biblioteca de la Universidad Invisible de Ankh-Morpork en las astracanadas de Terry Prattchet): biblioficciones.
Una de las “biblioficciones” más inquietantes que conozco es la biblioteca del Nautilus: una colección cerrada, predeterminada en cuanto a número de volúmenes (12.000), unánimes estos en cuanto a encuadernación... ¿de qué es signo esta biblioteca? ¿de la inquebrantable determinación de su dueño y señor? ¿de sus inflexibles convicciones? ¿de su inexorable desarraigo de misántropo o, por el contrario, de su añoranza de exiliado?
Una biblioteca tan insondable como la personalidad del propio Nemo...

Era la biblioteca. Altos muebles de palisandro negro, con incrustraciones de cobre, soportaban en sus anchos estantes un gran número de libros encuadernados con uniformidad. Las estanterías se adaptaban al contorno de la sala, y terminaban en su parte inferior en unos amplios divanes tapizados con cuero marrón y extraordinariamente cómodos. Unos ligeros pupitres móviles, que podían acercarse o separarse a voluntad, servían de soporte a los libros en curso de lectura o de consulta. En el centro había una gran mesa cubierta de publicaciones, entre las que aparecían algunos periódicos ya viejos. La luz eléctrica que emanaba de cuatro globos deslustrados, semiencajados en las volutas del techo, inundaba tan armonioso conjunto. Yo contemplaba con una real admiración aquella sala tan ingeniosamente amueblada y apenas podía dar crédito a mis ojos.
-Capitán Nemo -dije a mi huésped, que acababa de sentarse en un diván-, he aquí una biblioteca que honraría a más de un palacio de los continentes. Y es una maravilla que esta biblioteca pueda seguirle hasta lo más profundo de los mares.
-¿Dónde podría hallarse mayor soledad, mayor silencio, señor profesor? ¿Puede usted hallar tanta calma en su gabinete de trabajo del museo?
-No, señor, y debo confesar que al lado del suyo es muy pobre. Hay aquí por lo menos seis o siete mil volúmenes, ¿no?
-Doce mil, señor Aronnax. Son los únicos lazos que me ligan a la tierra. Pero el mundo se acabó para mí el día en que mi Nautilus se sumergió por vez primera bajo las aguas. Aquel día compré mis últimos libros y mis últimos periódicos, y desde entonces quiero creer que la humanidad ha cesado de pensar y de escribir. Señor profesor, esos libros están a su disposición y puede utilizarlos con toda libertad.
Di las gracias al capitán Nemo, y me acerqué a los estantes de la biblioteca. Abundaban en ella los libros de ciencia, de moral y de literatura, escritos en numerosos idiomas, pero no vi ni una sola obra de economía política, disciplina que al parecer estaba allí severamente proscrita. Detalle curioso era el hecho de que todos aquellos libros, cualquiera que fuese la lengua en que estaban escritos, se hallaran clasificados indistintamente. Tal mezcla probaba que el capitán del Nautilus debía leer corrientemente los volúmenes que su mano tomaba al azar.
Entre tantos libros, vi las obras maestras de los más grandes escritores antiguos y modernos, es decir, todo lo que la humanidad ha producido de más bello en la historia, la poesía, la novela y la ciencia, desde Homero hasta Victor Hugo desde Jenofonte hasta Michelet, desde Rabelais hasta la señora Sand. Pero los principales fondos de la biblioteca estaban integrados por obras científicas; los libros de mecánica, de balística, de hidrografía, de meteorología, de geografía, de geología, etc., ocupaban en ella un lugar no menos amplio que las obras de Historia Natural, y comprendí que constituían el principal estudio del capitán. Vi allí todas las obras de Humboldt, de Arago, los trabajos de Foucault, de Henri Sainte-Claire Deville, de Chasles, de Milne-Edwards, de Quatrefages, de Tyndall, de Faraday, de Berthelot, del abate Secchi, de Petermann, del comandante Maury, de Agassiz, etc.; las memorias de la Academia de Ciencias, los boletines de diferentes sociedades de Geografía, etcétera. Y también, y en buen lugar, los dos volúmenes que me habían valido probablemente esa acogida, relativamente caritativa, del capitán Nemo. Entre las obras que allí vi de Joseph Bertrand, la titulada Los fundadores de la Astronomía me dio incluso una fecha de referencia; como yo sabía que dicha obra databa de 1865, pude inferir que la instalación del Nautilus no se remontaba a una época anterior. Así, pues, la existencia submarina del capitán Nemo no pasaba de tres años como máximo. Tal vez -me dije-; hallara obras más recientes que me permitieran fijar con exactitud la época, pero tenía mucho tiempo ante mí para proceder a tal investigación, y no quise retrasar más nuestro paseo por las maravillas del Nautilus.


(No dispongo ahora mismo de mi ejemplar de Veinte mil leguas de viaje submarino, un volumen de bolsillo de Bruguera al que le llueven las hojitas del uso, para la cita he utilizado la edición digital de librodot.com)

P.S.: alguien se ha dado un "paseo por las maravillas del Nautilus" y le ha sacado una fotito a la biblioteca de marras. Cortesía de librarianschic`s Fotolog :O)

giacomo, colinas y waldstein

giacomocasanova.jpg¿Cuántos bibliotecarios pueden preciarse de rebasar la centena de amantes?
Nuestro colectivo puede presumir al menos de uno -bien alto el pabellón bibliotecoso :O)-. Nos avala nada menos que el celebérrimo Giacomo Girolamo Casanova (1725-1798), que pasó los últimos años de su vida apasionada/apasionante como bibliotecario del Conde de Waldstein, redactando sus gloriosas Memorias entre registro y registro.
La anécdota la glosa el poeta Antonio Colinas en un poema exquisito y delicado. Los interesados tenéis una buena edición digital del poeta a cargo de la Fundación Juan March.
Ahí va el poema (ganas me daban de abrir un tema nuevo sobre "bibliotecas en el erotismo", no lo descarto...):

GIACOMO CASANOVA ACEPTA EL CARGO DE BIBLIOTECARIO QUE LE OFRECE, EN BOHEMIA, EL CONDE DE WALDSTEIN

Escuchadme, Señor, tengo los miembros tristes.
Con la Revolución Francesa van muriendo
mis escasos amigos. Miradme, he recorrido
los países del mundo, las cárceles del mundo,
los lechos, los jardines, los mares, los conventos,
y he visto que no aceptan mi buena voluntad.
Fui abad entre los muros de Roma y era hermoso
ser soldado en las noches ardientes de Corfú.
A veces, he sonado un poco el violín
y vos sabéis, Señor, cómo trema Venecia
con la música y arden las islas y las cúpulas.
Escuchadme, Señor, de Madrid a Moscú
he viajado en vano, me persiguen los lobos
del Santo Oficio, llevo un huracán de lenguas
detrás de mi persona, de lenguas venenosas.
Y yo sólo deseo salvar mi claridad,
sonreír a la luz de cada nuevo día,
mostrar mi firme horror a todo lo que muere.
Señor, aquí me quedo en vuestra biblioteca,
traduzco a Homero, escribo de mis días de entonces,
sueño con los serrallos azules de Estambul.

COLINAS, Antonio. Sepulcro en Tarquinia. Barcelona: Lumen, 1976.
68 p. ISBN: 84-264-2709-X

Bukowski en la biblioteca

Profundamente hermoso: profundamente humano. Conmueve más si cabe viniendo de quien viene: de una pluma bastante más vital que libresca. Debiera ser una referencia bibliotecaria principal sobre el tema, pero no veo que lo aludan por ahí. El poema es largo y no lo voy a citar in extenso, transcribo unos fragmentos para solaz y esparcimiento del que los lea. Por supuesto, la fuente por delante:

BUKOWSKI, Charles. 20 poemas. Ceriani, Cecilia (trad.), Santoro, Txaro (trad.). Madrid: Mondadori, 1998. 67 p. ISBN: 84-397-0204-3

EL INCENDIO DE UN SUEÑO

la vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles
ha sido destruida por las llamas
aquella biblioteca del centro.
con ella se fue
gran parte de mi
juventud.

la vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles
seguía siendo
mi hogar
y el hogar de muchos otros
vagabundos.
discretamente utilizábamos los
aseos
y a los únicos que
echaban de allí
era a los que
se quedaban dormidos en las
mesas
de la biblioteca; nadie ronca como un
vagabundo
a menos que sea alguien con quien estás
casado.

bueno, yo no era realmente un
vagabundo, yo tenía tarjeta de la biblioteca
y sacaba y devolvía
libros,
montones de libros,
siempre hasta el límite de lo permitido

siempre esperaba que la bibliotecaria
me dijera: “qué buen gusto tiene usted,
joven”.

pero la vieja
puta
ni siquiera sabía
quién era ella,
cómo iba a saber
quién era yo.

maravilloso lugar
la Biblioteca Pública de Los Ángeles
fue un hogar para alguien que había tenido
un
hogar
infernal

la vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles
muy probablemente evitó
que me convirtiera en un
suicida,
un ladrón
de bancos,
un tipo
que pega a su mujer,
un carnicero o
un motorista de la policía
y, aunque reconozco que
puede que alguno sea estupendo,
gracias
a mi buena suerte
y al camino que tenía que recorrer,
aquella biblioteca estaba
allí cuando yo era
joven y buscaba
algo
a lo que aferrarme
y no parecía que hubiera
mucho.

y cuando abrí el
periódico
y leí la noticia sobre el incendio
que había destruído
la biblioteca y la mayor parte de
lo que en ella había

le dije a mi
mujer: “yo solía pasar
horas y horas
allí…”.

literatura y bibliotecas: ¿porqué no Pratchett?

images.jpgHasta para los que se precian de conocedores, el tema suele agotarse en tres o cuatro citas reiterativas: El nombre de la rosa, Canetti, El Club Dumas y el no por consabido menos excelso poema de Borges. (pulsa para preciarte de conocedor)
Obviamos uno de los bibliotecarios mejor perfilados de la literatura: el abnegado bibliotecario de la Universidad Invisible de Ankh-Morpork, personaje fundamental en la desopilante serie de novelas de Terry Pratchett ambientadas en el inefable "Mundodisco". 150 Kg. de músculo peludo capaz de trepar estanterías como rascacielos y sacar el grimorio más alto con el pie. Es naranja. Su vocabulario se reduce a un único vocablo (y no es ¡¡¡sssshhhhhhhhhh!!!, sino "Ooook").
No le ninguneemos: argüirán que los bibliotecarios seguimos sin tener sentido del humor y, lo que es peor... igual se enfada :O)

Sí, bueno... es un orangután. ¿Algún problema?


Plantilla basada en http://blogtemplates.noipo.org/

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